La complejidad como evidencia: Conversación con Benjamin Carbonne sobre su obra

Con Juan Pablo Torres Muñiz

En el arte, la representación del cuerpo humano ha devenido, con frecuencia, en un campo de experimentación formal o en un vehículo para discursos identitarios prefabricados. Sin embargo, su potencia original reside en otra parte: en la capacidad de la anatomía para encarnar, mediante su expresividad y su misma deformación, conflictos hondos de nuestra época. La obra de Benjamin Carbonne se inscribe en esta tradición crítica alimentándose sin complejos de la historia de la pintura —del gesto expresionista a la densidad matérica— para alumbrar una visión propia, brutal.

Carbonne pone en cuestión, ante todo, la noción de libertad como un mero ejercicio de facultades dadas. En sus lienzos, la libertad es una fuerza que debe imponerse activamente sobre las fuerzas limitantes del sujeto, configurando una realidad nueva que niega todo idealismo previo. Esta lucha es dolorosa: sus rostros y cuerpos, a menudo atormentados o distorsionados por el dolor, son el testimonio del desencanto y el sufrimiento inherentes a todo acto de autoconstitución. La identidad que emerge no es la de los discursos sociales, sino una arraigada en la evidencia de la carne, en la fuerza que la atraviesa, tanto a nivel individual como colectivo.

Conversamos con él al respecto…

¿Por qué la pintura para el tratamiento de tus visiones, de tus cuerpos?

Bueno, no se trata para mí de visiones como puedes preguntarme. La pintura es en mí una disciplina que comencé hace más de treinta años. Continuando con su práctica, los acontecimientos de la vida me llevaron hacia el cuerpo humano y su anatomía. Dejé que este tema entrara en mi cotidianidad y, por su complejidad, me gustó desde el principio. Aprender un tema y transcribirlo a través de un medio representa para mí una oportunidad de echar un vistazo a lo que ignoramos.

Los cuerpos, la carne y la oscuridad plantean aquí un juego complejo, además —si se me permite la redundancia— sombrío… ¿De dónde proviene esta visión? ¿A qué nos remite?

Por mi parte, la complejidad debe ser una evidencia cuando se trata de creación. La creación es un acto que contiene nuestra condición humana, un conjunto de hechos exteriores y una toma en consideración evidente de nuestra realidad, que es en sí misma compleja y en movimiento permanente —si uno se interesa en ella, por supuesto—. Mientras el aprendizaje es permanente y puede, por elección, ser lineal, la creación, en cambio, requiere una intervención personal íntima y densa en cada instante.

Al reducir mi pintura únicamente al blanco y negro y mi tema a la anatomía, «ese juego» me permite alejarme de las elecciones técnicas y otras decisiones sobre los temas. Lo que ve el espectador le pertenece y le pertenece únicamente a él.

La forma de lo que presento debe corresponderse a un inventario de lo que puedo decir, y jamás de lo que puedo pintar. No tengo ninguna visión en el sentido programático del término; trabajo desde un estado, no desde una intención fija.

En tu obra, está claro que conviene hablar de imágenes a propósito del cuerpo, pero ¿podríamos decir también de imágenes en el cuerpo o, incluso, desde el cuerpo?

Para las imágenes —si es que se trata de imágenes— sí.

Su procedencia es el afuera, el adentro, la ausencia y todo tipo de definiciones que explican, de una forma u otra, la existencia del cuerpo.

La superficie del cuerpo, los sentimientos del cuerpo, las mentiras del cuerpo y cualquier otra traducción que alcance al acto de depositar la pintura: ¡Ver un cuadro sin ver el cuerpo presente, pero sentir que se trata del cuerpo!

¿En qué medida tu trabajo artístico representa mucho más una invitación que una provocación, y en qué medida consideras que su oscuridad seduce para abrir el paso a preguntas más importantes?

¿Una invitación a qué? ¡¿Una provocación a qué?!

La invitación es más una propuesta que una provocación inútil y vana.

No pinto para provocar, sino para invitar al espectador a encontrarse allí donde quizás aún no ha ido.

En cuanto a la oscuridad, no es en ningún caso el discurso de la pintura que propongo. Voy allí donde el gesto no nos es familiar,

allí donde lo que brilla no es más que una superficie aparente,

allí donde la luz es una respuesta,

allí donde lo que «nos parece ser» no es más que un trampantojo.

¡No es a la obra a la que corresponde seducir!

Es al espectador a quien le corresponde dejarse alcanzar por lo que siente, y hacer un inventario de su existencia. ¡No nos equivoquemos de objetivo!

Los tejidos se manifiestan a través de juegos de luz, claroscuro y un contraste misterioso… ¿Cómo percibes tú mismo la relación entre la luz y los cuerpos que expones, que presentas de manera tan personal?

Es una relación que surge por sí misma, sin que la puesta en forma, así como la luz que condiciona al cuerpo, sean premeditadas.

Porque se trata efectivamente, en estas representaciones, de condiciones que el individuo se impone a sí mismo, lo que significa que en cada una de las pinturas exista el instante preciso durante el cual fueron creadas. Es, pues, una creación lo que ocurre, no una anticipación. La relación entre luz y cuerpo es, por tanto, indisoluble de la vida que uno se da.

¿Consideras que tu obra dialoga con la de otros artistas anteriores (quizás influencias) y contemporáneos?

Dialoga forzosamente con mis contemporáneos y con la historia de nuestras sociedades.

Provengo del pasado, impregnado de lo que me ha precedido, pero también del presente que ocurre ante mis ojos y en otras partes. Respiro lo que viene de otros lugares sin verlo, por lo tanto, es innegable que la expresión que se deposita en el lienzo sigue siendo una acción que tiende a traducir mi existencia: El diálogo tiene lugar en el instante en que el hombre se implica.

¿Qué prevés ahora para el resto de tu carrera?

El resto se va haciendo en el mismo instante en que respondo esto. Es en el momento presente donde todo ocurre y se decide. Lo demás vendrá sin que yo me proyecte en ello, y mi vida de pintor seguirá las elecciones que se vayan escribiendo a lo largo del camino.

 

(VERSION —ORIGINALE— EN FRANÇAIS)

 La complexité comme évidence: Conversation avec Benjamin Carbonne sur son œuvre

Traduction par Rebeca Sanz

Dans l’art, la représentation du corps humain est souvent devenue un champ d’expérimentation formelle ou un véhicule pour des discours identitaires préfabriqués. Pourtant, sa puissance originelle réside ailleurs: dans la capacité de l’anatomie à incarner, par son expressivité et sa déformation même, les conflits profonds de notre époque. L’œuvre de Benjamin Carbonne s’inscrit dans cette tradition critique en se nourrissant sans complexe de l’histoire de la peinture —du geste expressionniste à la densité de la matière— pour éclairer une vision propre, brutale.

Carbonne remet en question, avant tout, la notion de liberté comme un simple exercice de facultés données. Sur ses toiles, la liberté est une force qui doit activement s’imposer contre les forces limitantes du sujet, configurant une réalité nouvelle qui nie tout idéalisme préalable. Cette lutte est douloureuse: ses visages et ses corps, souvent tourmentés ou déformés par la douleur, sont le témoignage du désenchantement et de la souffrance inhérents à tout acte d’auto-constitution. L’identité qui émerge n’est pas celle des discours sociaux, mais une identité ancrée dans l’évidence de la chair, dans la force qui la traverse, tant au niveau individuel que collectif.

Nous nous sommes entretenus avec lui à ce sujet…

 

Pourquoi la peinture pour le traitement de tes visions, de tes corps?

Alors ce ne sont pas pour moi des visions comme tu peux me le demander. La peinture est chez moi une discipline que j’ai commencée il y a plus de trente ans. En continuant sa pratique les évènements de la vie m’ont amené vers le corps humain et son anatomie. J’ai laissé entrer ce sujet dans mon quotidien qui par sa complexité, m’a plu d’entrée.  Apprendre un sujet et le retranscrire par un medium est l’occasion de jeter un œil sur ce qu’on ignore.

Les corps, la chair et l’obscurité posent ici un jeu complexe, en plus –si je puis me permettre la redondance– sombre… D’où provient cette vision? Vers quoi cela nous renvoie-t-il?

La complexité doit pour ma part, être une évidence quand il s’agit de création. La création est un acte qui contient notre condition humaine, un ensemble de faits extérieurs, et une prise en compte évidente de notre réalité, qui est elle-même complexe et en mouvement permanent – si l’on s’y intéresse bien sûr. Autant l’apprentissage est permanent et peut par choix être linéaire, autant la création, elle, nécessite une intervention personnelle intime et dense à chaque instant.

En réduisant ma peinture au seul noir et blanc et mon sujet à l’anatomie, «ce jeu» me permet de m’éloigner des choix techniques et autres décisions des sujets. Ce que voit le spectateur lui appartient et lui appartient uniquement.

La forme de ce que je présente, doit être un état des lieux de ce que je peux dire et jamais de ce que je peux peindre. Je n’ai aucune vision au sens programmatique du terme, je travaille depuis un état pas depuis une intention figée.

Dans ton œuvre, il est clair qu’il convient de parler d’images à propos du corps, mais pourrait-on aussi dire, d’images dans le corps ou, même, depuis le corps?

Pour les images —si images il s’agit— oui.

Leurs provenances sont le dehors, le dedans, l’absence et toutes sortes de définitions qui relatent, d’une façon ou d’une autre, l’existence du corps.

La surface du corps, les sentiments du corps, les mensonges du corps et tout autre traduction qui atteint l’acte de déposer la peinture : Voir un tableau sans voir le corps présent, mais sentir qu’il s’agit du corps!

Dans quelle mesure votre travail artistique représente-t-il bien plus une invitation qu’une provocation, et dans quelle mesure considérez-vous que son obscurité séduit pour ouvrir la voie à des questions plus importantes?

Une invitation à quoi? Une provocation à quoi!

L’invitation est davantage une proposition qu’une provocation inutile et vaine.

Je ne peins pas pour provoquer mais pour inviter le spectateur à se rencontrer là où peut-être il n’est pas encore allé.

Quant à l’obscurité elle n’est en aucun cas le discours de la peinture que je propose. Je vais là où le geste ne nous est pas familier,

là où ce qui brille n’est qu’une surface d’apparence,

là où la lumière est une réponse,

là où ce qui nous «semble être» n’est qu’un trompe l’œil.

Ce n’est pas à l’œuvre de séduire!

C’est au spectateur de se laisse atteindre par ce qu’il ressent, et faire un état des lieux de son existence. Ne nous trompons pas de cible!

Les tissus se manifestent à travers des jeux de lumière, du clair-obscur et un contraste mystérieux… Comment perçois-tu toi-même la relation entre la lumière et les corps que tu exposes, que tu présentes de manière si personnelle?

C’est une relation qui surgit d’elle même sans que la mise en forme ainsi que la lumière qui conditionne le corps soit une préméditation.

Car il s’agit bel et bien dans ces représentations de conditions que s’impose l’individu ce qui signifie que dans chacune des peintures existe l’instant précis durant laquelle elles ont été créés. C’est donc bien une création et non pas une anticipation qui s’opère. La relation entre lumière et corps est donc indissociable à la vie que l’on se donne.

Considères-tu que ton œuvre dialogue avec celle d’autres artistes antérieurs (peut-être des influences) et contemporains?

Elle dialogue forcément avec mes contemporains et l’histoire de nos sociétés.

Je suis issue du passé, imprégné de ce qui m’a précédé, mais aussi du présent qui s’opère devant mes yeux et ailleurs. Je respire ce qui vient d’ailleurs sans le voir, donc il est indéniable, que l’expression qui se dépose sur la toile, reste une action qui tend à traduire mon existence: Le dialogue a lieu à l’instant où l’homme s’implique.

Que prévois-tu maintenant pour la suite de ta carrière?

La suite est en train de se faire à l’instant même où je vous écris. C’est dans le moment présent que tout s’opère et se décide. Le reste viendra sans m’y projeter, et ma vie de peintre suivra les choix qui s’écriront au fil du chemin.

 

(ENGLISH VERSION)

Complexity as Evidence: A Conversation with Benjamin Carbonne about His Work

Translation by Tiffany Amber Elías Trimble

In art, the representation of the human body has often become a field of formal experimentation or a vehicle for prefabricated identity discourses. Yet, its original power lies elsewhere: in the capacity of anatomy to embody, through its expressivity and its very deformation, the deep conflicts of our era. The work of Benjamin Carbonne is part of this critical tradition, feeding unapologetically on the history of painting—from the Expressionist gesture to the density of matter—to illuminate a vision that is his own, brutal.

Carbonne calls into question, above all, the notion of freedom as a mere exercise of given faculties. On his canvases, freedom is a force that must actively impose itself against the limiting forces of the subject, configuring a new reality that denies any prior idealism. This struggle is painful: his faces and bodies, often tormented or distorted by pain, bear witness to the disenchantment and suffering inherent in every act of self-constitution. The identity that emerges is not that of social discourses, but an identity anchored in the evidence of the flesh, in the force that runs through it, both individually and collectively.

We spoke with him about this…

Why painting for the treatment of your visions, your bodies?

Well, they are not «visions» for me, as you might ask. Painting is for me a discipline I began over thirty years ago. As I continued practicing it, life events led me towards the human body and its anatomy. I let this subject enter my daily life, and due to its complexity, it pleased me from the start. Learning a subject and transcribing it through a medium is an opportunity to cast an eye on what we ignore.

Bodies, flesh, and darkness create a complex game here—plus, if I may allow the redundancy, a somber one. Where does this vision come from? What does it refer us to?

For my part, complexity must be evidence when it comes to creation. Creation is an act that contains our human condition, a set of external facts, and an evident taking into account of our reality, which is itself complex and in permanent movement—if one takes an interest in it, of course. Just as learning is permanent and can by choice be linear, creation, on the other hand, requires an intimate and dense personal intervention at every moment.

By reducing my painting to only black and white and my subject to anatomy, «this game» allows me to move away from technical choices and other subject decisions. What the spectator sees belongs to them, and to them alone.

The form of what I present must be an inventory of what I can say, and never of what I can paint. I have no vision in the programmatic sense of the term; I work from a state, not from a fixed intention.

In your work, it is clear that one should speak of images concerning the body, but could one also speak of images in the body or, even, from the body?

For images—if images they be—yes. Their origins are the outside, the inside, absence, and all kinds of definitions that relate, in one way or another, the existence of the body.

The surface of the body, the feelings of the body, the lies of the body, and any other translation that attains the act of depositing paint: Seeing a painting without seeing the body present, but feeling that it is about the body!

To what extent does your artistic work represent much more an invitation than a provocation, and to what extent do you consider that its darkness seduces in order to open the way to more important questions?

An invitation to what? A provocation to what!

The invitation is more of a proposition than a useless and vain provocation. I do not paint to provoke, but to invite the spectator to encounter themselves where perhaps they have not yet gone.

As for darkness, it is in no way the «discourse» of the painting I propose. I go where the gesture is not familiar to us, where what shines is merely a surface appearance, where light is a response, where what «seems to be» is merely a trompe l’oeil.

It is not the work’s job to seduce! It is up to the spectator to let themselves be reached by what they feel, and to take stock of their existence. Let us not mistake the target!

Tissues manifest themselves through plays of light, chiaroscuro, and a mysterious contrast… How do you yourself perceive the relationship between the light and the bodies you exhibit, which you present in such a personal way?

It is a relationship that arises by itself, without the shaping or the light that conditions the body being premeditated. For it is indeed, in these representations, a matter of conditions that the individual imposes on themselves, which means that in each of the paintings, the precise instant during which they were created exists. It is therefore a creation that takes place, not an anticipation. The relationship between light and body is thus inseparable from the life one gives oneself.

Do you consider that your work dialogues with that of earlier artists (perhaps influences) and contemporaries?

It necessarily dialogues with my contemporaries and the history of our societies. I come from the past, steeped in what preceded me, but also from the present unfolding before my eyes and elsewhere. I breathe in what comes from elsewhere without seeing it, so it is undeniable that the expression deposited on the canvas remains an action that tends to translate my existence: The dialogue takes place at the moment when man involves himself.

What do you now foresee for the rest of your career?

The «rest» is happening at this very moment as I write to you. It is in the present moment that everything occurs and is decided. The rest will come without me projecting into it, and my life as a painter will follow the choices that are written along the way.