EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - XXXVI

Qué es lo que importa, finalmente. Cuán a menudo nos lo planteamos… Menuda cuestión. Una erotema. Y no. Somos, en realidad, las únicas criaturas conocidas conscientes de que cuanto solemos llamar realidad, dicho de otro modo, cuanto nos dicen nuestros sentidos, así como la forma misma que tenemos de concebir nuestro mundo y el universo resultan de y en una simplificación grosera, útil, claro, pero sólo hasta cierto punto, cuando finalmente es desmentida por multitud de ecuaciones debidamente respaldadas por experimentos y finísimas mediciones, gracias a las que ciertamente, pese a multitud de errores, vivimos más y mejor. Sabemos que lo que llamamos presente constituye un supuesto, la fragua de una determinada situación, que depende, cómo no, de nuestro punto de vista; es decir, un cronotopo y sus circunstancias y poco más, con nosotros de protagonistas; con mucho mayor rigor y, sin embargo, el mínimo suficiente para el abordaje del asunto, el resultado de la suma de todas las probabilidades de interacción de energía, campos electromagnéticos al margen de los relojes y los calendarios, en la que innumerables realidades —sin más— se anulan unas a otras, se cancelan —matemáticamente hablando— hasta arrojar, al final, la que podríamos calificar, dados ya a cierto esquematismo didáctico —y algo, también, de cinismo utilitario—, la más eficaz o, mejor todavía, la menos problemática, costosa…, la menor. Sabemos, o sea, es ya patrimonio nuestro, en general, por más que prolifere a ritmo creciente, hormonada por el mercado pletórico, que requiere de la mayor cantidad posible de inocentes no-niños, es decir, ignorantes, y adolescentes de todas las edades, la más orgullosa ignorancia; dicho de otra forma, poseemos ya una comprensión enormemente más precisa del tiempo que la de nuestros ancestros de hace poco más de dos siglos —que qué son en nuestra cuenta, incluso si consideramos apenas la aparición de las instituciones que nos hacen realmente quienes somos, y ya ni se diga, la aparición de nuestro genoma fundamental—, no como una linealidad, sino la forma en que interpretamos esta misma configuración múltiple que hace de cada cosa, hecho, suceso y situación, no sólo único, sino objeto de representaciones que superan por mucho la lógica de la captura fotográfica, así como, desde luego, la idea de simultaneidad: la realidad.

De modo que cada escena no sólo representa una época, un momento, acaso un tránsito decisivo, sino que es, en definitiva, el resultado de la infinita operatoriedad de los elementos de la vida —si por vida, además, preferimos entender la dinámica del cosmos que atisbamos—, en torno a nosotros, pero también a través de nosotros mismos. Y, entonces, cómo no acusar el vértigo, cómo no. Y cómo no reír, luego, con el alivio de nuestra cortedad de horizontes, al margen de las ciencias, con la plasticidad de enfoques que permite en sí la realidad misma, con el abrigo posible que ampara el tiempo cuando nos proponemos, aparte entender su ilusión y agradecerla, aprovecharla para proyectarnos al futuro, con tanto éxito, además. Cómo no reír de nuestro frecuente ridículo. Mas, antes, cómo no sonreír con la derrota del más elemental pesimismo. Y cómo no desconfiar de los afanes de trascendencia que postulan entre otras locuras, no ya ignorar los afectos propios —que no conduce sino a una patología—, sino, peor, la auto-inmolación; cómo no rechazar la miseria de quien asume un rol nada más instrumental en la maquinaria de supervivencia de un sistema remotísimo, que huye, de hecho, de toda reflexión del talante presente, y adopta el ideario cierta e inequívocamente utilitarista, que reduce la complejidad de los estados y los imperios, entidades vivas, a aparatosas presas para una fingida simbiosis debajo de la cual, el individuo actúa como célula cancerígena, impulsada sin freno por el afán de aprovechamiento, la miseria egoísta que niega todo sentido, que, por otra parte, más y más a menudo se disfraza para seducir como coqueta gesta antiheroica.

Cada rostro. El perfume. Su rastro. Componentes de una memoria. Porque está bien, llamemos así, con toda modestia, al mundo entero: magnífica composición de la persona, mucho más que un tejido de historias, del que brota ella misma, encarnación de su testimonio: el hombre material, de materia cognoscible, en su triple entidad: corpórea y física, psíquica y sensible, racional, comunicable, todo junto como obra.

Un yo que no sea sólo eso.

Lo que veo ahí, querida amiga. Con el dolor que acarrea, que responde por sí mismo: vivo.