Quién dice qué: Sobre la manipulación mediática como parte misma de la geopolítica

Por Juan Pablo Torres Muñiz

Casi todo mundo quiere respuestas cortas, pide resúmenes, exposiciones esquemáticas, supuestamente objetivas, ya no de diez minutos sino de menos de cinco, como si de veras fuera tan fácil de explicar lo que se pide. Es que le se imponen a muchos las ganas de decir lo propio en redes a propósito de la convulsa coyuntura geopolítica, jugar a que toman partido, fingir que la realidad no los coge desprevenidos; en fin, lucirse al día, «en todas». Bien, no es posible. Pero respecto a la forma en que esta misma tendencia, el febril afán de opinión, así como, por supuesto, su manipulación, constituyen elementos importantes de la pugna de poderes que vaya que nos afecta a todos, sí que caben aproximaciones relativamente breves. (He aquí, una de ellas.)

[Contexto]

Iberoamérica representa un escenario geopolítico de alta complejidad, marcado por tensiones históricas entre soberanía nacional, influencias externas y procesos democráticos internos, pero también y, sobre todo, un espacio de enorme interés más allá de sus fronteras. Esto es, en definitiva, algo mucho más concreto e importante que cualquier pregón de valoración propia y, ni se diga ya, de rollos identitarios que, para colmo, prefieren el término mercantil anglosajón, de factura francesa: Latinoamérica, para referirse a lo nuestro.

En 2026, las políticas de intervención internacional, particularmente en telecomunicaciones y medios digitales, han intensificado el rumor y los debates sobre libertad de expresión, censura y manipulación informativa, pero no la discusión seria ni la exposición concienzuda de sus mecanismos, modos de operación ni, por supuesto, sus múltiples implicaciones. Las dinámicas no son nuevas; responden a patrones globales de poder, donde actores como Estados Unidos, la Unión Europea y fundaciones privadas interactúan con gobiernos locales, muy a menudo exacerbando divisiones internas. No son precisamente pocos quienes se preguntan qué hay de las restricciones en telecomunicaciones impulsadas por plataformas como Meta, las limitaciones al acceso de datos sobre entidades como Open Society Foundations (OSF) y su presunta vinculación con separatismo, y la manipulación de noticias en torno a manifestaciones y «revoluciones de colores».

Pues, veamos.

[Intervención internacional y telecomunicaciones]

Aunque no mucha gente se refiera a ellas como tales, las intervenciones internacionales en telecomunicaciones fueron alguna vez herramientas diplomáticas; hoy, sin embargo, a menudo nada más que con cinismo, se las llama abiertamente mecanismos de control digital. Vox populi, tal cual. Y un acierto. Plataformas globales como Meta (propietaria de Facebook, Instagram y Threads) juegan un rol de pivote decisivo en el manejo de las relaciones internacionales, pero también y, sobre todo, de la tensión interna de los estados.
En enero de 2025, Mark Zuckerberg anunció cambios en las políticas de moderación de contenido de Meta, argumentando que sistemas complejos habían llevado a «demasiada censura» y errores en la remoción de contenido inofensivo. Sonaba bien. Aunque ya se había filtrado a través de redes como Telegram, más de un dato revelador sobre el propósito del anuncio. Zuckerberg criticó «tribunales secretos de censura» en nuestro continente y Europa. La alusión al Supremo Tribunal Federal (STF) de Brasil era bastante evidente. Para entonces, Meta ya había implementado un sistema automatizado de seguimiento y rastreo (específicamente, desde octubre de 2024). Menos planilla para pagar, más eficacia; la marcha de los tiempos. Pero este sistema, dizque más objetivo, opera simplemente para el control de espectros de conducta apropiada conforme se lo programa. De modo que no se necesita ser precisamente conocido ni mucho menos famoso para acabar en la mira, digamos, o bajo la calificación de «sospechoso», para ver activarse bastante pronto sistemas de control algorítmico. Desde hacer mucho menos visibles publicaciones no alineadas al ideario imperante, hasta simplemente ver eliminada una cuenta, cuando no algo más grave, nada de esto depende ya, principalmente, como hace no mucho, de un juicio humano apelable.

Zuckerberg aclaró que los cambios iniciales aplican solo a EE.UU., manteniendo su fact-checking en «Latinoamérica» por ahora. (Podemos ahorrarnos comentarios a este respecto en específico; más adelante veremos bien por qué.)

Los cambios anunciados tienen implicaciones profundas. Más de 170 organizaciones de sociedad civil condenaron la decisión de Meta, argumentando que simplifica la moderación y se alinea con agendas autoritarias, como las del gobierno Trump, potenciando entornos propicios para la así llamada extrema derecha. Curiosamente, esta manifestación de disidencia proviene, en buena medida, de entidades auspiciadas directa o indirectamente, o por la Embajada de EEUU o por Open Society (que se opone a la línea gubernamental actual). El resultado es, en última instancia, el mismo: una división mayor alrededor de una zona gris cada vez más grande, con el consecuente enconamiento de discursos que, en lugar de hacer crítica, elevan tanto la opinión escéptica, junto con la cínica, lo mismo que la ingenua, entusiástica, al barullo difuso, una marea mucho más manejable de lo que parece, si bien desde una distancia suficiente. Dicho en términos más sencillos: este reclamo refiere a una confrontación interna de EEUU que, de todas maneras, juega en favor de intereses por completo ajenos a los nuestros, tanto como usuarios de redes, como ciudadanos de otros estados; de hecho, —siempre— en contra de los estados a los que pertenecemos. Y he aquí la cuestión, debido a que la dinámica de estados e imperios es, en esencia, dialéctica.

En Brasil, la supuesta relajación de moderación de contenidos ha exacerbado la polarización, donde medios capturados por élites económicas ya intervienen en conflictos políticos. En países como Colombia y México, donde Meta domina el flujo informativo, la censura algorítmica ha silenciado las —pocas— voces marginales verdaderamente independientes, mientras permite propaganda políticamente correcta, simplemente populista: ruido que genera la sensación de libertad pero que no entraña ningún riesgo para quien se sirve de la confusión.

Las intervenciones indirectas de EE.UU., donde empresas tecnológicas actúan como extensiones de intereses estatales son muchas, desde siempre. En España, la misma moderación de Meta ha afectado debates sobre independencia catalana, con remociones de contenido. Algunos —pocos— ven en ello censura externa.

¿Implicaciones para Iberoamérica? Erosión de la soberanía digital, aumento de vulnerabilidades a ciberataques y desinformación extranjera, y un desequilibrio en el acceso a información, favoreciendo a élites conectadas con el globalismo occidental. El contraste, visto desde donde nos encontramos, es decir, respecto a nuestra soberanía, no es tal: Mientras algunos sujetos críticos ven esto como alineación con agendas liberales pro-EE.UU., los defensores —conscientes o inconscientes— del mercado pletórico, argumentan que reduce «censura estatal» en regímenes autoritarios. Sin embargo, reconocer a qué se debe y cómo funciona permite disponerse a una gestión más inteligente de nuestra información y nuestras comunicaciones.

La restricción al acceso de datos sobre organizaciones como Open Society Fundation (OSF) ilustra las tensiones entre transparencia y narrativas geopolíticas.

OSF, fundada por George Soros, ha invertido en Iberoamérica desde los 1990s, enfocándose, supuestamente, en democracia, transparencia y derechos minoritarios, con oficinas en Brasil, Colombia y México.  En 2025, OSF lanzó una estrategia de reforzamiento de sus políticas habituales, inspirada en «buen vivir», invirtiendo miles de millones de dólares en justicia racial, género y seguridad pública, priorizando comunidades indígenas y afrodescendientes, todo a través de paraísos fiscales, de modo que resulta especialmente complicado rastrear la forma en que dichos fondos llegan a destino, de qué destino específico se trata y para qué tipo de actividad. Lo cierto es que no se requiere ser precisamente genial para advertir que estas iniciativas aparentemente nobles tienden, sistemáticamente, a la dificultad de la gobernabilidad a través de la pluralidad relativista, la imposibilidad de sistematización de coordinaciones sostenibles para ningún estado pequeño, el separatismo, la exacerbación de los enfrentamientos debido a los rollos identitarios, el debilitamiento de instituciones nucleares como la familia y los clanes pequeños, el control de la natalidad y la exacerbación de la individualidad como motivo para el consumo irreflexivo, todo ello por encima y a menudo contra cualquier auténtica intención de rescate de folclore, tradición y cultura.

En España, documentos filtrados (DCLeaks) sugieren con bastante claridad el respaldo de entidades como DiploCat y CIDOB, asociadas al independentismo catalán desde 2012, y aunque OSF niega apoyo directo, también al referéndum de 2017.  En Iberoamérica, OSF ha apoyado acceso a información pública en países como El Salvador y Brasil, promoviendo leyes contra corrupción. Sin embargo, nótese de qué países se trata y cuán poco afines son al wokismo que, por cierto, sirve mejor que ninguna otra al debilitamiento de la soberanía de los estados. Y es que buena parte del arsenal anti corrupción también se presta a su proliferación a través de la simple selectividad de objetivos. Ahora bien, la misma organización ha intervenido ya en Bolivia, Colombia, Venezuela y Argentina, mas no sólo a través de múltiples ONGs, sino directamente con embajadas.

Los bloqueos a consultas en Meta sobre OSF —puedes hacer la prueba ahora mismo, poniendo el nombre de la fundación, seguido de algún término problemático (que no lo sería para otra entidad, en cuyo caso verías noticias al respecto)— evidencian, cuanto menos, un sesgo considerable, y ello, pese a que ha sido algo debilitado en los últimos años por el enfrentamiento de la organización de Soros con Netanyahu y el frente neoconservador estadounidense, que, pues, hace lo suyo.

El llamado periodismo independiente en la región lo es cada vez menos. Open Society lo respalda como pro-democracia, siempre que, tanto para bien como para mal, desequilibre la soberanía del país del que se informa y en el que se informa, reforzando, por otra parte, la identificación del individualismo consumista como libertad verdadera.

[Revoluciones de Colores]

¿A qué refiere el término? A protestas que llevan a cambios de régimen, a menudo atribuidas a orquestación externa, manipuladas informativamente para alterar equilibrios políticos. Actualmente, la manipulación involucra IA, deepfakes y redes sociales para desacreditar gobiernos. Dado que crear audios e imágenes falsos es más sencillo que nunca, y lo será todavía más a corto plazo, la alerta habría de atronar en medios, pero, ya ven, no es el caso. En cambio, las «guerras mediáticas» entre izquierdas y derechas reestructuran de a pocos clivajes políticos. De la cronificación de la inestabilidad —una amenaza permanente en países como Perú— a las guerras híbridas —el mejor ejemplo, lo recientemente ocurrido en Venezuela—, de lo que se trata es de dividir la región en beneficio de EE.UU., pero también, cómo no, de Rusia y China. El carácter genuino de buena parte de las marchas y manifestaciones, así como el de algunos alzamientos, pasa a un segundo plano desde el momento en que es posible acelerarlos, desacelerarlos, coronarlos o llevarlos al fracaso acorde la conveniencia de quienes finalmente «mueven los hilos».

Políticamente, estas dinámicas erosionan la democracia viable en nombre del fundamentalismo democrático, fomentando, según conviene, autoritarismo reactivo o golpes. Económicamente, la inestabilidad disuade la inversión de quien no controla, efectivamente, el caos; exacerba la desigualdad social y, en consecuencia, la polarización aumenta, lo mismo que sus manifestaciones más violentas, como en protestas manipuladas, tanto en uno como entro bando; es decir, infiltrando gente entre manifestantes, así como entre policías. Nada que no se sepa y, sin embargo, de lo que casi nadie habla en medios.

[Caso Venezuela]

El reciente conflicto militar entre Estados Unidos y Venezuela, culminado en la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026, representa un caso paradigmático de intervención unilateral estadounidense bajo el pretexto del combate al narcoterrorismo. La operación Absolute Resolve (como la han llamado fuentes militares estadounidenses) involucró ataques aéreos en Caracas y otras instalaciones, resultando en la detención de Maduro y su esposa Cilia Flores, quienes fueron trasladados a Nueva York para enfrentar cargos por tráfico de drogas y corrupción.   Trump anunció que EE.UU. «dirigiría» Venezuela indefinidamente hasta una transición, incluyendo control sobre su industria petrolera.  Esta narrativa se enmarca en una escalada previa: desde septiembre de 2025, EE.UU. impuso bloqueos navales y aéreos, con 35 ataques a embarcaciones venezolanas, causando al menos 115 muertes.

La cobertura mediática ha sido polarizada, reflejando divisiones ideológicas globales y manipulaciones narrativas. Medios como CNN y The New York Times enfatizaron el aspecto de «narco-terrorismo», presentando la captura como un triunfo contra el crimen organizado, con Trump posicionado como un líder decisivo.  Esto alinea con narrativas previas de la administración Trump, que designó al Tren de Aragua (TdA) como organización terrorista extranjera, vinculándolo a Maduro para justificar la intervención como defensa de la seguridad nacional estadounidense. Sin embargo, informes disidentes de la línea oficial, vertidos a través de Chatham House y The Guardian, cuestionan la legalidad, argumentando que viola la soberanía venezolana y el Derecho Internacional, sin mandato de la ONU ni justificación bajo el Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas (como si la teoría pudiera imponerse a la realidad material y nunca antes la fuerza de la razón hubiera dado paso a la razón de la fuerza). Al Jazeera y el Doha Institute destacan la operación como «secuestro» orquestado, con énfasis en bajas civiles y la muerte de parte del equipo de seguridad de Maduro, incluyendo 32 cubanos.

En términos de manipulación, la cobertura minimiza las críticas internacionales y se enfoca en el «éxito táctico». En redes sociales como X, los intercambios de palabras revelan la institucionalización de la hipocresía: millones de usuarios notan que mientras Gaza recibe atención constante, Venezuela es objeto de «liberación» sin escrutinio similar a intervenciones pasadas…, ni mucho menos el ruido de la tristemente popular Greta (Tumberg).

Acaso nos veamos antes una suerte de revolución de colores invertida, donde la intervención se justifica por inestabilidad post-electoral (Maduro reclamó victoria en 2024 pese a evidencias de fraude), pero ignora emigración venezolana (8 millones) y corrupción endémica. Lo cierto es que la se fortalece la percepción de hegemonía estadounidense, se exacerban las divisiones en foros como la OEA y, de este modo, se prepara el terreno para nuevas intervenciones…, no necesariamente en nuestro continente, pero con su situación como ejemplo.

[Otros frentes]

El conflicto entre EE.UU., Israel e Irán, intensificado desde 2024, culminó en la Guerra de los 12 Días en junio de 2025, con ataques israelíes a centros de investigación nuclear iraníes, seguidos de intervención estadounidense. Israel inició ataques el 13 de junio de 2025 contra Natanz, Fordow e Isfahán, matando líderes militares y científicos, bajo el argumento de prevenir un «avance nuclear» iraní. EE.UU. intervino el 21 de junio, bombardeando con bunker-busters tres sitios determinados, supuestamente para retrasar el programa iraní por meses, según la IAEA, algo que Irán pronto desmintió. Lo cierto es que, luego de la intervención estadounidense, en buena medida provocada por los bombardeos de Irán sobre Israel, con los que demostraron la ineficacia del famoso Domo de Hierro contra armamento hipersónico, el montaje de ataques y supuestas pausas a la avanzada de enriquecimiento de uranio en el país islámico dio paso a la paz…, hasta hace unos días. Trump reanudó la «máxima presión», combinando negociaciones nucleares (las primeras directas desde 2018) con amenazas de cambio de régimen, en favor de las masas que salieron a las calles en contra del ayatolá.

La cobertura mediática es multifacética, con énfasis en narrativas estratégicas. Medios como CFR y Britannica destacan el debilitamiento del «eje de resistencia» iraní (Hamas, Hezbollah, Assad), presentando la situación como de una virtual victoria israelí-estadounidense, lo que altera el equilibrio regional en favor de la implantación de un régimen democrático en la hoy teocracia. Al Jazeera y Euronews se enfocan en protestas iraníes en contra de Occidente, acusando a EE.UU., Israel y Europa de librar una «guerra total» contra Irán, con Pezeshkian denunciando ataques estratégicos y el debilitamiento intencional de la economía del país como una forma de «declaración de guerra». ISW y Axios reportan la preocupación israelí por la reconstrucción iraní de misiles balísticos (a un ritmo de 300 por mes), sugiriendo la amenaza de nuevos bombardeos en 2026, con Netanyahu presionando a Trump para que tome cartas en el asunto antes de que la tensión vuelva a llevarlos al límite de considerar el empleo de su armamento nuclear (Acción Sansón). Cobertura en YouTube (ILTV, PBS) resalta las tensiones posteriores al cese al fuego, con Trump advirtiendo a Irán e Israel tramando ataques al interior de Irán para debilitar el régimen, en respaldo de la población descontenta.

La manipulación es evidente: Medios que podemos calificar de pro-occidentales minimizan daños civiles iraníes (más de 900 muertos hasta el momento) y enfatizan el «éxito» en la degradación de las capacidades ofensivas del país islámico. En X, pululan distracciones mediáticas (por ejemplo, lo tocante a archivos de Epstein que ocultarían preparativos de intervención en Siria), así como la hipocresía en la cobertura de la crisis de Gaza Vs. la de Irán, con los principales activistas woke bien callados esta vez. Asimismo, abundan comentarios a propósito de la equivalencia de la situación dada en Venezuela y la de Medio Oriente, disparates, por decir lo menos. Como fuere, la fragmentación corre más o menos pareja en la justificación de la escalada militar, como complemento de lo que en realidad ocurre con las revoluciones de colores, haciendo énfasis en amenazas nucleares.

¿Implicaciones para Iberoamérica? Además de las económicas, evidentes, debido sobre todo a la lucha por la preminencia del dólar y el comercio de petróleo, con EEUU como principal potencia en el hemisferio sur, las muchas que implican las políticas de intervención directa por estos lares de parte de los tres protagonistas de la lid por el dominio global. Venezuela se encuentra bajo control estadounidense y, aunque también se habla mucho de lo que pasará con Groenlandia en los próximos meses, pero hay que tener en cuenta que ya mismo, el gobierno de Trump se hará cargo de la construcción de un nuevo complejo portuario en el Callao, en Perú, país donde también se construirá un nuevo megapuerto par al de Chancay (actualmente, el más importante del Pacífico sudamericano, obra clave de la que China es la principal beneficiaria). Y es que, como hemos comentado antes en otros textos, y aquí mismo, la tensión por los recursos naturales y el control de posiciones clave para el comercio, además de la fidelización de mercados en estados débiles, deudores crónicos, se da en las narices de quienes, entre tanto, discuten por si debería penarse con multa o cárcel que alguien insulte a una mascota.

[Redes]

Quienes lo tienen claro y pueden permitírselo, saben que deben invertir y lo hacen.
Desde 2024, Israel ha transformado su estrategia de redes sociales en una auténtica máquina de influencia, enfocada en contrarrestar narrativas anti-israelíes, especialmente luego del ataque de Hamas en octubre de 2023. Las inversiones en control de plataformas superan los 8 mil millones de dólares en contratos, aparte las campañas que usan bots, influencers y AI para «inundar» TikTok, Instagram y X con contenido estratégico. El Proyecto Esther recluta influencers estadounidenses, pagando hasta $7,000 por post, con un presupuesto particular para creadores enfocados en la llamada Generación Z. Firmas como Havas y Clock Tower X (dirigida por ex-asesor de Trump) producen contenido personalizado, entrenando AI como ChatGPT para sesgos pro-israelíes y alcanzan actualmente un promedio de 50 millones de impresiones mensuales.

Esta gestión es proactiva: De «hasbara» reactiva a «comunicación estratégica», usando algoritmos para demonizar oponentes (por ejemplo, islamofobia) y promover victimizaciones según convenga. Netanyahu describió las redes, explícitamente como «arma principal» para soporte estadounidense, priorizando TikTok y X. El resultado es un reforzamiento de la polarización global, que afecta la percepción en Iberoamérica donde narrativas pro-Palestina crecen, y podría inspirar estrategias similares en conflictos regionales.

[¿Y nosotros?]

Bien. Hay medios alternativos. No son pocos. El contraste de información es indispensable. Conocer los motivos de la manipulación de uno u otro medio, también, permite tomar decisiones, esbozar una gestión adecuada. La higiene mental requiere, además, tomarse mucho más en serio el apartamiento prudente de dispositivos electrónicos cada que es posible, visitarlos del modo más selectivo. Felizmente, hay quienes efectivamente proponen espacios de discusión de información y, aunque se pretende silenciarlos, no ha sido posible, al menos por ahora. De modo que la sugerencia aflora sola: dejar de esperar respuestas simples, resúmenes que calzan en el scrolling habitual. Y tener claro que es aquí mismo que se juega el juego, no lejos ni nada más en titulares que poco nos afectan. Cerrar los ojos no hace de la realidad menos real, ni, por supuesto, la borra.

 

 

 

Referencias bibliográficas:

– Al Jazeera. (2026, enero 3). US captures Venezuela’s Maduro in raid, vows to ‘lead’ country. Al Jazeera.

– Axios. (2025, junio). Israel’s strikes on Iran’s nuclear sites: What we know. Axios.

– Britannica. (2025). Iran-Israel conflict: Historical overview. Encyclopædia Britannica.

– Chatham House. (2026, enero). The legality of US intervention in Venezuela. Chatham House.

– CNN. (2026, enero 3). Trump announces capture of Maduro: A win against narco-terrorism. CNN.

– Council on Foreign Relations (CFR). (2025). The Iran nuclear crisis and US-Israeli response. Council on Foreign Relations.

– Doha Institute. (2026, enero). US raid on Venezuela: Implications for international law. Doha Institute for Graduate Studies.

– Euronews. (2026, enero). Iran protests escalate amid US-Israeli threats. Euronews.

– Havas Group. (2024). Annual report on digital campaigns. Havas.

– ILTV Israel News. (2025, junio). [Video]. The 12-day war: Israel vs. Iran. YouTube.

– Institute for the Study of War (ISW). (2025, julio). Iran’s missile program post-strikes. Institute for the Study of War.

– International Atomic Energy Agency (IAEA). (2025, julio). Report on Iran’s nuclear facilities after attacks. IAEA.

– Meta Platforms, Inc. (2025, enero). Changes to content moderation policies. Meta Newsroom.

– Netanyahu, B. [@netanyahu]. (2024, octubre 15). Social media as our primary weapon [Post]. X.

– Open Society Foundations (OSF). (2025). Annual report: Investments in Latin America. Open Society Foundations.

– PBS NewsHour. (2025, junio). [Video]. US involvement in Iran-Israel conflict. YouTube.

– The Guardian. (2026, enero 4). US raid on Maduro: A violation of sovereignty? The Guardian.

– The New York Times. (2026, enero 3). Maduro captured: Details of the US operation. The New York Times.

– Varios autores (Organizaciones de sociedad civil). (2025). Joint statement on Meta’s moderation changes in Latin America. Access Now.

– Usuarios varios en X. (2025-2026). [Posts sobre hipocresía mediática en conflictos]. X.

– Usuarios varios en X. (2024-2025). [Posts sobre Project Esther y campañas israelíes]. X.

– Varios autores. (2016). DCLeaks: Soros funding in Catalonia. DCLeaks (archivado en Wayback Machine).

– Varios autores. (2025). Reports on color revolutions in Latin America. Journal of International Affairs, 78(2), 45-67.

Nota: Las citaciones de X se agrupan por tema para evitar redundancia, ya que involucran múltiples posts. Las fechas de acceso se basan en el momento actual (16 de enero de 2026).

 

ENGLISH VERSION

Who Says What: On Media Manipulation as an Intrinsic Part of Geopolitics

Translation by Tiffany Amber Elías Trimble

Almost everyone wants short answers, asks for summaries, schematic expositions, supposedly objective ones, no longer ten minutes but less than five, as if what is being asked for were truly so easy to explain. The desire to say one’s piece on social media about the convulsive geopolitical juncture is imposed on many—to play at taking sides, to pretend that reality doesn’t catch them off guard; in short, to show off daily, «in all of them.» Well, it’s not possible. But regarding the way this same tendency, the feverish eagerness for opinion, as well as, of course, its manipulation, constitute important elements of the power struggle that, indeed, affects us all, relatively brief approaches are indeed possible. (Here is one of them.)

[Context]

Ibero-America represents a geopolitical scenario of high complexity, marked by historical tensions between national sovereignty, external influences, and internal democratic processes, but also and, above all, a space of enormous interest beyond its borders. This is, in short, something much more concrete and important than any proclamation of self-assessment and, let alone, of identity spiels that, to top it off, prefer the Anglo-Saxon mercantile term, of French make: Latin America, to refer to what is ours.

In 2026, international intervention policies, particularly in telecommunications and digital media, have intensified rumor and debates about freedom of expression, censorship, and information manipulation, but not serious discussion nor the conscientious exposition of its mechanisms, modes of operation nor, of course, its multiple implications. The dynamics are not new; they respond to global patterns of power, where actors like the United States, the European Union, and private foundations interact with local governments, very often exacerbating internal divisions. There are not exactly few who wonder about the restrictions in telecommunications driven by platforms like Meta, the limitations on access to data about entities like Open Society Foundations (OSF) and their alleged link to separatism, and the manipulation of news around protests and «color revolutions.»

[International Intervention and Telecommunications]

Although not many people refer to them as such, international interventions in telecommunications were once diplomatic tools; today, however, often with nothing but cynicism, they are openly called digital control mechanisms. Vox populi, just like that. And a correct one. Global platforms like Meta (owner of Facebook, Instagram, and Threads) play a decisive pivotal role in managing international relations, but also and, above all, in the internal tension of states.

In January 2025, Mark Zuckerberg announced changes to Meta’s content moderation policies, arguing that complex systems had led to «too much censorship» and errors in removing harmless content. It sounded good. Although revealing information about the purpose of the announcement had already been leaked through networks like Telegram. Zuckerberg criticized «secret censorship tribunals» on our continent and in Europe. The allusion to Brazil’s Federal Supreme Court (STF) was quite evident. By then, Meta had already implemented an automated tracking and tracing system (specifically, since October 2024). Less paperwork to pay, more efficiency; the march of the times. But this system, supposedly more objective, simply operates to control spectrums of appropriate behavior as it is programmed. So one does not need to be precisely known, much less famous, to end up in the crosshairs, let’s say, or under the classification of «suspicious,» to see algorithmic control systems activate quite soon. From making non-aligned posts to the prevailing ideology much less visible, to simply seeing an account deleted, when not something more serious, none of this depends mainly anymore, as not long ago, on an appealable human judgment.

Zuckerberg clarified that the initial changes apply only to the U.S., maintaining its fact-checking in «Latin America» for now. (We can spare specific comments on this; later we will see well why.)

The announced changes have profound implications. More than 170 civil society organizations condemned Meta’s decision, arguing that it simplifies moderation and aligns with authoritarian agendas, like that of the Trump government, fostering environments favorable to the so-called far right. Interestingly, this expression of dissent comes, to a large extent, from entities sponsored directly or indirectly, either by the U.S. Embassy or by Open Society (which opposes the current governmental line). The result is, ultimately, the same: a greater division around an increasingly large gray area, with the consequent embitterment of discourses that, instead of making critique, elevate skeptical opinion, along with the cynical one, as well as the naive, enthusiastic one, to the diffuse uproar, a tide much more manageable than it seems, albeit from a sufficient distance. Said in simpler terms: this grievance refers to an internal U.S. confrontation that, in any case, plays in favor of interests completely alien to ours, both as social media users and as citizens of other states; in fact, —always— against the states to which we belong. And here is the issue, because the dynamic of states and empires is, in essence, dialectical.

In Brazil, the supposed relaxation of content moderation has exacerbated polarization, where media captured by economic elites already intervene in political conflicts. In countries like Colombia and Mexico, where Meta dominates the information flow, algorithmic censorship has silenced the —few— truly independent marginal voices, while allowing politically correct, simply populist propaganda: noise that generates the sensation of freedom but entails no risk for those who benefit from the confusion.

The indirect interventions of the U.S., where technology companies act as extensions of state interests are many, always. In Spain, the same moderation by Meta has affected debates about Catalan independence, with content removals. Some —few— see in this external censorship.

Implications for Ibero-America? Erosion of digital sovereignty, increased vulnerabilities to cyberattacks and foreign disinformation, and an imbalance in access to information, favoring elites connected with Western globalism. The contrast, seen from where we are, that is, regarding our sovereignty, is not such: While some critical subjects see this as alignment with pro-U.S. liberal agendas, the —conscious or unconscious— defenders of the full market argue that it reduces «state censorship» in authoritarian regimes. However, recognizing what it is due to and how it works allows for preparation for more intelligent management of our information and our communications.

The restriction on access to data about organizations like Open Society Foundation (OSF) illustrates the tensions between transparency and geopolitical narratives.

OSF, founded by George Soros, has invested in Ibero-America since the 1990s, focusing, supposedly, on democracy, transparency, and minority rights, with offices in Brazil, Colombia, and Mexico. In 2025, OSF launched a strategy to reinforce its usual policies, inspired by «good living,» investing billions of dollars in racial justice, gender, and public safety, prioritizing indigenous and Afro-descendant communities, all through tax havens, so that it is especially complicated to track how these funds reach their destination, what specific destination that is, and for what type of activity. The truth is that one does not need to be precisely brilliant to notice that these apparently noble initiatives tend, systematically, to make governance difficult through relativistic plurality, the impossibility of systematizing sustainable coordinations for any small state, separatism, the exacerbation of confrontations due to identity spiels, the weakening of nuclear institutions like the family and small clans, birth control, and the exacerbation of individuality as a motive for thoughtless consumption, all above and often against any authentic intention to rescue folklore, tradition, and culture.

In Spain, leaked documents (DCLeaks) suggest quite clearly the support of entities like DiploCat and CIDOB, associated with Catalan independence since 2012, and although OSF denies direct support, also to the 2017 referendum. In Ibero-America, OSF has supported access to public information in countries like El Salvador and Brazil, promoting anti-corruption laws. However, note which countries these are and how little affinity they have with wokism, which, by the way, serves better than any other to weaken state sovereignty. And it is that much of the anti-corruption arsenal also lends itself to its proliferation through the simple selectivity of targets. Now, the same organization has already intervened in Bolivia, Colombia, Venezuela, and Argentina, not only through multiple NGOs but directly with embassies.

The blocks to queries on Meta about OSF —you can test it right now, putting the foundation’s name, followed by some problematic term (which wouldn’t be for another entity, in which case you would see news about it)— evidence, at the very least, a considerable bias, and this, despite it having been somewhat weakened in recent years by the confrontation of Soros’s organization with Netanyahu and the American neoconservative front, which, well, does its thing.

So-called independent journalism in the region is increasingly less so. Open Society supports it as pro-democracy, provided that, for better or worse, it unbalances the sovereignty of the country being reported on and in which it is reported, reinforcing, on the other hand, the identification of consumerist individualism as true freedom.

[Color Revolutions]

What does the term refer to? To protests that lead to regime change, often attributed to external orchestration, informationally manipulated to alter political balances. Currently, manipulation involves AI, deepfakes, and social media to discredit governments. Since creating fake audio and images is easier than ever, and will be even more so in the short term, the alarm should be thundering in the media, but, as you see, it is not the case. Instead, the «media wars» between left and right gradually restructure political cleavages. From the chronicization of instability —a permanent threat in countries like Peru— to hybrid wars —the best example, what recently happened in Venezuela—, what it’s about is dividing the region for the benefit of the U.S., but also, of course, Russia and China. The genuine character of a good part of the marches and demonstrations, as well as that of some uprisings, takes a back seat from the moment it is possible to accelerate them, decelerate them, crown them, or lead them to failure according to the convenience of those who finally «pull the strings.»

Politically, these dynamics erode viable democracy in the name of democratic fundamentalism, fostering, as convenient, reactive authoritarianism or coups. Economically, instability deters investment from those who do not, effectively, control the chaos; exacerbates social inequality and, consequently, polarization increases, as do its more violent manifestations, as in manipulated protests, on both one side and the other; that is, infiltrating people among demonstrators, as well as among police. Nothing that is not known and yet, about which almost no one speaks in the media.

[Venezuela Case]

The recent military conflict between the United States and Venezuela, culminating in the capture of Nicolás Maduro on January 3, 2026, represents a paradigmatic case of unilateral U.S. intervention under the pretext of combating narco-terrorism. Operation Absolute Resolve (as U.S. military sources have called it) involved airstrikes in Caracas and other facilities, resulting in the detention of Maduro and his wife Cilia Flores, who were taken to New York to face charges for drug trafficking and corruption. Trump announced that the U.S. would «lead» Venezuela indefinitely until a transition, including control over its oil industry. This narrative fits within a prior escalation: since September 2025, the U.S. imposed naval and aerial blockades, with 35 attacks on Venezuelan vessels, causing at least 115 deaths.

Media coverage has been polarized, reflecting global ideological divisions and narrative manipulations. Media like CNN and The New York Times emphasized the «narco-terrorism» aspect, presenting the capture as a triumph against organized crime, with Trump positioned as a decisive leader. This aligns with previous narratives of the Trump administration, which designated the Tren de Aragua (TdA) as a foreign terrorist organization, linking it to Maduro to justify the intervention as defense of U.S. national security. However, dissenting reports from the official line, conveyed through Chatham House and The Guardian, question its legality, arguing that it violates Venezuelan sovereignty and International Law, without a UN mandate nor justification under Article 51 of the United Nations Charter (as if theory could impose itself on material reality and never before the force of reason had given way to the reason of force). Al Jazeera and the Doha Institute highlight the operation as an orchestrated «kidnapping,» with emphasis on civilian casualties and the death of part of Maduro’s security team, including 32 Cubans.

In terms of manipulation, the coverage minimizes international criticism and focuses on the «tactical success.» On social media like X, exchanges of words reveal the institutionalization of hypocrisy: millions of users note that while Gaza receives constant attention, Venezuela is the object of «liberation» without similar scrutiny to past interventions…, nor much less the noise of the sadly popular Greta (Thunberg).

Perhaps we will see sooner a sort of inverted color revolution, where the intervention is justified by post-electoral instability (Maduro claimed victory in 2024 despite evidence of fraud), but ignores Venezuelan emigration (8 million) and endemic corruption. The truth is that the perception of U.S. hegemony is strengthened, divisions in forums like the OAS are exacerbated, and, in this way, the ground is prepared for new interventions…, not necessarily on our continent, but with its situation as an example.

[Other Fronts]

The conflict between the U.S., Israel, and Iran, intensified since 2024, culminated in the 12-Day War in June 2025, with Israeli attacks on Iranian nuclear research centers, followed by U.S. intervention. Israel began attacks on June 13, 2025, against Natanz, Fordow, and Isfahan, killing military leaders and scientists, under the argument of preventing an Iranian «nuclear advance.» The U.S. intervened on June 21, bombing three determined sites with bunker-busters, supposedly to delay the Iranian program by months, according to the IAEA, something Iran soon denied. The truth is that, after the U.S. intervention, largely provoked by Iran’s bombings on Israel, with which they demonstrated the inefficacy of the famous Iron Dome against hypersonic weaponry, the setup of attacks and supposed pauses to the advancement of uranium enrichment in the Islamic country gave way to peace…, until a few days ago. Trump resumed «maximum pressure,» combining nuclear negotiations (the first direct ones since 2018) with threats of regime change, in favor of the masses that took to the streets against the ayatollah.

Media coverage is multifaceted, with emphasis on strategic narratives. Media like CFR and Britannica highlight the weakening of the Iranian «axis of resistance» (Hamas, Hezbollah, Assad), presenting the situation as a virtual Israeli-American victory, which alters the regional balance in favor of implanting a democratic regime in the current theocracy. Al Jazeera and Euronews focus on Iranian protests against the West, accusing the U.S., Israel, and Europe of waging a «total war» against Iran, with Pezeshkian denouncing strategic attacks and the intentional weakening of the country’s economy as a form of «declaration of war.» ISW and Axios report Israeli concern over Iran’s reconstruction of ballistic missiles (at a rate of 300 per month), suggesting the threat of new bombings in 2026, with Netanyahu pressuring Trump to take action before tension takes them again to the limit of considering the use of its nuclear weaponry (Samson Action). Coverage on YouTube (ILTV, PBS) highlights post-ceasefire tensions, with Trump warning Iran and Israel plotting attacks inside Iran to weaken the regime, in support of the discontented population.

Manipulation is evident: Media we can qualify as pro-Western minimize Iranian civilian damages (over 900 dead so far) and emphasize the «success» in degrading the Islamic country’s offensive capabilities. On X, media distractions abound (for example, concerning Epstein files that would hide preparations for intervention in Syria), as well as hypocrisy in the coverage of the Gaza vs. Iran crisis, with the main woke activists quite silent this time. Likewise, comments abound regarding the equivalence of the situation in Venezuela and that in the Middle East, nonsense, to say the least. Be that as it may, fragmentation runs more or less parallel in justifying military escalation, as a complement to what actually happens with color revolutions, emphasizing nuclear threats.

Implications for Ibero-America? Besides the economic ones, evident, due above all to the struggle for the preeminence of the dollar and oil trade, with the U.S. as the main power in the southern hemisphere, the many that involve policies of direct intervention in these parts by the three protagonists of the struggle for global dominance. Venezuela is under U.S. control and, although there is also much talk about what will happen with Greenland in the coming months, one must keep in mind that right now, the Trump government will take charge of the construction of a new port complex in Callao, in Peru, a country where a new megaport will also be built parallel to that of Chancay (currently, the most important in the South Pacific, a key project from which China is the main beneficiary). And it is that, as we have commented before in other texts, and here, the tension over natural resources and control of key positions for trade, in addition to the loyalty-building of markets in weak, chronically indebted states, occurs under the noses of those who, meanwhile, argue about whether insulting a pet should be penalized with a fine or jail.

[Networks]

Those who understand it clearly and can afford it, know they must invest and do so. Since 2024, Israel has transformed its social media strategy into a true influence machine, focused on countering anti-Israeli narratives, especially after the Hamas attack in October 2023. Investments in platform control exceed 8 billion dollars in contracts, apart from campaigns that use bots, influencers, and AI to «flood» TikTok, Instagram, and X with strategic content. Project Esther recruits American influencers, paying up to $7,000 per post, with a particular budget for creators focused on the so-called Generation Z. Firms like Havas and Clock Tower X (led by ex-Trump advisor) produce personalized content, training AI like ChatGPT for pro-Israeli biases and currently reach an average of 50 million monthly impressions.

This management is proactive: From reactive «hasbara» to strategic communication, using algorithms to demonize opponents (for example, Islamophobia) and promote victimizations as convenient. Netanyahu explicitly described networks as a «main weapon» for U.S. support, prioritizing TikTok and X. The result is a reinforcement of global polarization, affecting perception in Ibero-America where pro-Palestinian narratives grow, and could inspire similar strategies in regional conflicts.

[And Us?]

Well. There are alternative media. Not a few. Contrasting information is indispensable. Knowing the motives for manipulation by one medium or another, too. Mental hygiene, let’s say, also requires taking much more seriously the prudent distancing from electronic devices whenever possible. As if that were not enough, there are those who effectively propose spaces for information discussion and, although attempts are made to silence them, it is not possible, at least for now. So it’s about stopping expecting simple answers, summaries that fit into the usual scrolling. And knowing that it is right here that the game is played, not far away nor just in headlines. Closing one’s eyes does not make reality less real, nor, of course, erases it.