EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 25

¿Y esa memoria, entonces, la de cuanto no fue dicho y, sin embargo, obró entre nosotros, más de una vez, cambios hondos, profundas consecuencias, dónde queda?, tal es la cuestión que, no sólo quedaba por responder, sino, antes incluso, por formular del modo más pertinente, uno acorde al momento en que, de pronto, asomaba — atisbo de su alcance, en lo que sí que se dijo y cuanto, por otras vías: gestos, ademanes, pugnó por una expresión propia, un apunte en el papel, el lienzo — con y contra el silencio o, como dicen, en el aire, el ambiente, ahí, cuando la omisión acusa que efectivamente hubo un tiempo en que se supo bien la respuesta, pues asentimos más de una vez, tantas, de hecho, Willy y yo, tras apenas un gesto mínimo, y no cupo equívoco posible, por ejemplo, tras un breve intercambio de señas a propósito de las reglas del nuevo juego, y entonces cada quien sabía muy bien qué le tocaba hacer y, cuando brotaba de uno u otro el impulso individual, la idea de actuar de tal o cual forma sin anuncio, era sencillo dilucidar si cabía o no, qué era y qué no trasgresión de una regla sin articulación verbal…, la memoria de eso, esa memoria, digo — ¿dónde?

Y río, porque nada de esto implica para nada, ni remotamente, abrirle la puerta a ningún idealismo; la elocuencia de esa clave olvidada no alude, ni mucho menos, a ninguna suerte de conocimiento ancestral que tanto necio, más y más cada día, necios y más neciamente pretenden, pone, dizque en su sitio, a la razón; para nada, por el contrario, conlleva a la cuestión de cómo es que antes ya, hubo quien supo traducir esa realidad en términos transmisibles, comprensibles, dignos de problematización que luego fueron asumidos, ay, sentido común; de modo que nada de eso, y fue lo que entonces me llevó a curiosear en Piaget, con eso de la evolución de nuestra especie, reiterada en cada sujeto, más o menos fiel, como el recorrido de una serie de estadíos, indispensable para, finalmente, en la madurez del individuo, permitir que se planteen nuevos problemas, con pie a nuevos estadíos, y el apellido francés me lo topé varias veces: documentales y álbumes, pero, en todo caso, me topé con él menos que con los indicios del principio de fondo, esa reconstrucción, que no calza con ninguna teoría de ninguna gramática general universal, como supe después que decía Chomsky, sino acaso con una semiótica preñada de generalidades…, y fue así como acabé relacionando lo que decían los científicos en la tele y las revistas de mi padre con las oraciones de mi madre y los juegos y el silencio y el misterio de la noche el sueño cuando olvidaba al fin la finitud verdadera — motivo de urgencia —