EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 24
Ver, ver…, allá afuera, cada rasgo, cada gesto. Rostros. Cada uno con tantas, tantas claves — para quien alcanza a descifrarlas, sino en el contexto mismo del que aquellas surgen, caso en el que se ha de atender a mucho más que a una sola persona, en uno probable o un conjunto, a partir de lo que se desliza más allá de la contención del rostro, de todo el cuerpo, o de la abstracción momentánea de quien entonces pierde la noción exacta del paso siguiente que ha de dar.
Justamente cuando aprendí a escribir, se iba de la quinta mi único amigo al margen del jardín de infantes, mi vecino, Willy, sordomudo.
Jugábamos todas las tardes. Tras el almuerzo, sus padres volvían a trabajar y, como confiaban en los míos, en Brígida, lo dejaban quedarse con nosotros. Willy era un año mayor que yo. Nos entendíamos muy bien. Recuerdo que nos enojamos una vez el uno con el otro, pero sólo una, y duró apenas unos minutos. El resto, era todo entendernos en el juego, y armando juguetes con nuestras propias manos. Sus papás, comerciantes de golosinas, dejaban a nuestra disposición decenas de cajas de cartón de distintos tamaños. Lapiceros, tijeras y goma eran suficientes para, con tanto material, montar mundos enteros. Autos. Aviones. Barcos. Naves espaciales. Pirámides. Animales, móviles, de hecho. Edificios de oficinas, pistas, tumbas, fuertes, montañas. Todo en silencio… —
Mi querido Willy.
Por entonces, las historias, todas las que aprendía, las contaba mediante viñetas, en largas secuencias. Pronto llegó el momento de imaginar la realización de una suerte de enciclopedia como las que tenía papá: todo cuanto alcanzase a saber, representado así en términos personales, ocupando miles de hojas de papel. Entonces, recuerdo que creí que, una vez dominara la palabra escrita, continuaría con la empresa tal cual me había figurado desde un principio, que, como fuera, las imágenes proyectaban una realidad de la que la palabra carecía, que su elocuencia era limitada por contraste…, y acaso se debía a que Willy y yo no la usábamos, a que cuanto aprendía por mis padres procuraba transmitírselo a Willy con gestos, señas y dibujos.
Mi buen amigo me acompañaba con sus propios dibujos o moldeando plastilina, que le pedía a sus padres una y otra vez… Era enormemente hábil con ella. A menudo representaba lo que yo dibujaba en asombrosas figuras tridimensionales. Pensé en cómo integrar algo así a la enciclopedia, pero me pareció que las esculturas requerían su propio espacio, acaso una forma distinta de colección, aunque análoga.
Cuando escuchaba música, marcaba el ritmo de las canciones en su hombro, para compartirla con él. No podía extrañar a nadie que me conociera de niño, que, joven, me pusiera a tocar la batería…
Bueno, y Willy se fue. Su familia se marchó, y no recuerdo ningún adiós.
Acaso, el vacío — fue pronto colmado por un mar de palabras que resonaban desde el papel, — más hojas, decenas, cientos, más y más. Vivas, con una vida del tiempo diferente —
