EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 22
Poco más de dos años después de haberlo visto por primera vez, cuando representaba ya, Sosa, incluso en sueños, esa forma de oscura disposición de la realidad, que atisbada usualmente de lado, fugaz, como su mirada, el perfil esquivo a cada marcha, ida y vuelta de la calle, cuando encarnaba, incontrovertiblemente, un destino probable, más que una simple posibilidad remota de pesadilla, una imagen de la que fuera más o menos sencillo sacudirse, — fue la conversación…, apenas unos días luego de la revelación de la finitud, definitiva, lomo del envés de la noche, vuelto al roce amenazante inocente sin culpas…
Madre pregunta
qué quieres hacer, a qué quieres dedicarte — Tienes apenas seis años
Dudas y dudas, te vuelves a verlo a él, a tu padre, a ver si alguna señal suya te facilita la respuesta, y sonríe: investigar, viajar, — oceanografía, paleontología, astronomía, piensas — pero antes, sí
sobre todo, lo que lo vincula todo — su abstracción: articulaciones, líneas, formas, volúmenes…, una forma de preservarlo todo —
Dibujar.
Y entonces se vuelve — ceñuda; calla, pero no se va, demora, — rigidez simple la boca — y unos ojos cuyo brillo se afila en clave de negación — porque espera que le pregunten qué ocurre, como de hecho pasa pues él, papá, también exhibe el gesto de su hijo, heredado, la duda, entonces, sin temor, ¿qué será? ¿qué pasa?
— Que
me preocupa, serás pobre, — aquí es así, eso, y lo que yo quiero para ti es lo mejor, siempre; si fuera alguna de las otras cosas que haces, y las haces bien, ay, pero… eso, bueno, — y se yergue y se marcha mirada al frente ninguna duda ha dicho ha sido manifestada la idea su mundo una afirmación severa lo justo porque así dice
amar
Soñé entonces con los perros con andar — como el de Asís que me contaron
confiado de la piedad una vocación — Ella creía en eso — Padre decía hermanos decía — dizque —
Calles distintas de día sólo de día y el sol pesaba y los pies ardían y los perros continuaban al mismo paso Sosa los perros
Sin detenerme las manos callosas dispuestas nada más a dar darlo trabajo todo lo que cupiera qué hasta los huesos tendones el bocado de la boca — Las manos
atravesadas de llagas y en cada una un estigma algo parecido orificios negros cristal de miseria — estacas lápices el fruto — y alrededor papeles carteles hojas anuncios trazos dígitos todo nada más para el día lo inmediato voces el dinero
sobrevivir
Y me volvía hacia los perros a mis pies ellos no saben leer yo apenas ahora
¿cómo confiar? y ¿en quién? las calles las calles el sol los pies las horas y el miedo el bocado de la boca
sin parar ni medir las propias sombras evidencias del correr del día del fin — el fin del cuerpo el hambre la sed el dolor ¿en quién confiar? — Los perros
de modo que el tiempo es menos todavía mucho menos y se va se escurre
entre venus y el celeste halo de las lágrimas — Ilusión de alivio
el cuerpo los perros los cuerpos carne tendones los pasos que queman
