EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 21
Hubo, sin embargo, una presencia, alguien más — importante, enormemente, y has omitido referirte a él…, hasta ahora…, pero es que a todo le llega su momento; ahora — por contraste; no puedes negarte, una vez desatado el nudo, por gracia de la idea violentamente conexa de fortuna y vejez, brota la evidencia, invencible: carcoma, llaga, costra, pliegue y sombra — contra la luz láctea — la belleza, bella, no obstante, porque hay fin; así es, así es, bien lo sabemos, Ana, que emerge, de una u otra forma — aquí, mediante de tu obra — aquí, — tu obra — el otro lado, el envés de los pétalos, donde las telarañas cobijan cadáveres aún, y gotea lodo salpicado del exceso, cuando la fuente de vida ahoga…
Sosa, un apellido en lugar de nombre de pila, mas no para llamarlo, sino apenas para referirse a él, y esto, lo menos posible, — prudente distancia, cuanta más, mejor — piel quemada bajo capas persistentes de mugre, como hollín, humo cristalizado; pelaje opaco y harapos negros, como lo demás, cenizo denso, — la edad, incierta: un adulto avejentado, sin duda, pero quién sabe, también cabría — un joven miserable, pero el andar lerdo… — lejos de los niños, cuidado, lo suficiente como para que no les llegue el hedor a miseria y licor barato — por cada poro, atiesando los bigotes, la barba, extraviando la mirada, esquiva al sol, a un frente verdadero, sumisa al destino de un tranco tras otro, suelas deshechas rodando sobre el asfalto del que parece nutrirse su oscuridad, calentarse apenas en invierno, reclamar un ardor definitivo en verano; Sosa, sin embargo, distante, tras los buenos días, buenas noches, y el gracias por la comida puesta ahí, en su rincón, entre los sillares pulidos, grises de su esencia, donde pasaba la mayoría de las noches, las seguras, tras peregrinar — en lo hondo de las calles, un valle de voces afán industrioso, gente que pelea como él dejó de hacerlo hace un tiempo al caso irrelevante, un siempre que duele y se hace patrimonio, historia sin contar, acaso secreta para siempre, incluso para los caseros, sus familiares, que por eso le permiten la vuelta cuando alcanza a reconocerse a sí mismo beneficiado por ese espacio, por la compañía de los perros de la quinta, por el calor de sus cuerpos en el rincón entonces compartido, por su silencio —
perros, hermanos canes, nobleza del abandono, mirada que sabe, no sólo parece que sí, aunque sea tan poco, tan poco — entre hombres, tantos, atravesando sus rumbos — la locura voces órdenes y lamentos — bajo el mismo sol, la misma luna, atentos al viento, a veces, a veces…
Y esa era la idea que tenía de pobreza de miseria de elección de un camino no por la marca del vicio menos digno de mención junto con los sueños que debió de acompañar alguna vez idealista y finalmente traicionar trituradora realidad — Esa era la posibilidad latente todo el tiempo de desvío por miedo en el miedo con el miedo empoderado en caso la consciencia de la finitud acabara con uno tan peligrosa como su desconocimiento o peor el empeño en negarla voluntad de himnos loas y solicitud de milagros la fe — la fe
