EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 20
Ecos — El abrazo de una época, su conflicto — eran los jóvenes que tuve la suerte de ver dejar la adolescencia, disfrutar de su vitalidad, errar, arrepentirse, desbarrar de vuelta, ora con soberbia, ora con vergüenza por pura ingenuidad, para retornar al ruedo, a su mundo que así, crecía y crecía, todo ante mis ojos, cuyo reflejo no les significaba ninguna culpa, ni mucho menos — eran los ex alumnos de mis padres: chicas y chicos que los querían y me hacían quererlos más todavía a mí, contento de que fueran míos, y los visitaban ahí, en la sencilla casa de la quinta cada tanto, de modo que un día sí y otro también, mi hermana pequeña y yo nos veíamos entre ellos, escuchando sus historias, o cantando con ellos cuando entonaban acompañados de guitarras, canciones que hasta hoy me sustraen del transcurso regular del día…; pero había más, porque por entonces — más allá de la casa, eran las escuelas donde trabajan mamá y papá, respectivamente, donde íbamos de la mano con ellos, mi hermana y yo, y acabábamos en el patio entre los chicos, a su cuidado, juegos y juegos, buena parte de los cuales no entendíamos, riendo más por contagio que por haber pescado la gracia de cuanto se decía y, sobre todo, se omitía entre miradas significativas los unos respecto de los otros, — al principio, al principio, hasta que fue obvio que entendíamos y el disimulo quedó nada más para lo que ocultaban también entre sí, por pudor.
Cuando llegó el momento de que fuera yo también al colegio, me tocó donde enseñaba Literatura mi padre, mientras a mi hermana, asistir al nido de la escuela donde mi mamá enseñaba Ciencias Naturales, así que se trató más bien de una continuidad, vuelta a cada lugar aunque bajo una nueva faceta; entonces, los patios y las graderías me parecían inmensos y saludar a las chicas que iban del pabellón de las aulas a las canchas de vóley formaba parte de un ritual sencillo que me hacía sentirme un poco menos solo; no es que careciera de amigos de mi edad, que los tenía, varios, sino del precio de haberme acostumbrado a cierta carga dramática en cada intercambio, algo absurdo tratándose de trompos y canicas, de canciones, — la música, sobre todo, sus letras, e historias, viajes, cosas vistas a través de ojos ajenos, tan remotas a lo inmediato, incluidas las preocupaciones de padres que ya no podían disimularlas, así como esperanzas pares a las de los míos, cuando las confesaban: vernos pronto a todos lejos, lo más lejos posible de donde nos hallábamos, de las noticias, del ruido incesante, de la amenaza de turbas que, cada tanto, cerca, bien cerca de la quinta, se hacían oír cuando un nuevo paquete de reformas económicas hacían inaccesibles productos y servicios para quienes no se habían enroscado debidamente entre las argollas de tíos que entonces se llamaba en las plazas, cuando pasaban, sinvergüenzas, ratas, aunque a riesgo de un puñetazo por respuesta, moneda común, por otra parte, nada de correrse, incluso si la sangre salpicaba a la camisa, todo tan distinto de ahora, en que se sonríe mientras el encargo se anota y coordina a los minutos por el móvil, por la espalda, entre pliegues de luz y anuncios, entre melodías preprogramadas, voces falsas y capturas de pantalla…, cuando eran cuerpos, papel, voces de veras y la transpiración por miedo — sólo una vez los límites reales habían sido superados, los intentos fallidos recontados, la testa contra el suelo, las uñas negras, el aliento rebotando sin culpas, afuera, afuera —…
Eran jóvenes y con ellos iba y venía, seguro de cierto aprecio — por mi ceño fruncido, mi resistencia a llorar si me caía, los raspones, la risa fácil, así como por la fuerza de la que presumía sin mayor provocación, moretones, sólo un niño, lo mismo que mi memoria y los dibujos — interesante, raro, incluso curiosoinquietante — que hacía para ellos, — para ellas, más suaves temas distintos sueños campos — papel, hojas y más hojas recordando — animalesfieras bosquesfrondosos ojos suspendidos entre alas nubes, sobre pirámides y ríos y riscos y entre columnas en perspectiva fauces y manos cuyos dedos se elevan como torres a cuya sombra vigilan ¿ves? agazapados soldados y más soldados, atentos al guiño, los ojos entre las flores los jarrones los puñales — para ver qué cara ponían, y entonces, luego, para mí mismo, más líneas trazos jaspes sombras — ojosalmendrados un bosquefértil y unrío bajo lalluvia cosquillas sobrelashojas su risacampanas corona de mi juego a su sombra, mujer árbol fuente — suslabiossuboca — sus ojos, ver — ver…, con quién compartir tanto, que se acaba…
