EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 17

Primer día — el patio frío — el lavabo, el agua fría — y, en torno, el barro —, pero — vuelta atrás, el portón, con la enorme barra de fierro cruzada como seguro; nada de retornos, no cabía siquiera como juego, aventurilla de la imaginación. Para nada. Ahí empecé a recordar. Pero no directamente. De ser el caso, hubiera sido primero — Ella, y no. Me pudo más la sorpresa, todo nuevo…, en su vejez prematura. (Lo pienso ahora mismo y me digo, fue bueno; mis expectativas fueron en buena medida condicionadas por episodios como ése, la primera mudanza que sí que recuerdo, la apertura a un nuevo ámbito, nuevo, donde germinó el recuerdo — mil veces Ella, y con ella, desde su rostro, sus ojos, — el bosque más allá…

Primer día…) Fueron, entonces, no los recuerdos en sí mismos, sino la memoria que buscaba donde instalarse… No cabía sólo en mí, me parecía; de hecho, me acompañaba…; luego cobraría materialidad en dibujos, junto con los de los sitios remotos, todo — un solo mundo, y las leyes, explicación de su asombro, aparte lo improbable, absurdo, cuanto escapaba de lo dicho y discutido, la apuesta de la ciencia, todo cuanto pretendía memorizar…

Un lugar. Donde yacer. Desde donde mirar…

Pero todo alrededor eran cajas… y, más allá, mi hermana y los juguetes…

Me asomé, entonces: las voces —

El dormitorio, — su cielo raso a más de tres metros del piso enmaderado. Su color verdadero lo conoceríamos recién en unas horas. Ahora mismo era todo oscuro, devoraba la luz de la puerta. Entonces, mamá y Brígida tomaron unas botellas de vidrio, — sonó su quiebre, golpes secos, luego, la escoba, restos, — y emplearon pedazos gruesos sujetos por un lado con trapos, para quitar la capa negra. Fueron horas. Y conversaban. Afuera, entretanto, la mañana rodaba al pie del lavabo de piedra, con nuestros juguetes. Sus voces nos acompañaban. Algo de música, también, la radio vieja, encima de unas cajas de cartón, pegada a la pared de la otra habitación, acomodada pronto: sala-comedor, no tengo claro en qué momento, quizá antes de que nosotros mismos llegáramos, obra de papá, a lo mejor, antes de partir al trabajo. Madrugaba.

Pasada la hora del almuerzo, en que fuimos juntos a una pensión cercana, gente mayor, toda, osca, atentos a la tele, fue la vuelta al trajín con el vidrio y barrer virutas negras, rizos de una melena demoniaca, todo en un tacho de pintura viejo, con los restos de las botellas y más basura. Los niños, a jugar, entre hiatos de contemplación… ¿qué es esto?

Cuando acabaron, la habitación respiraba distinto, — cera y — un nuevo brillo — rubio. Las paredes, en beige pálido original, curiosamente a salvo, ahora, encendido levemente — esperanza — la luz amarilla del único foco en lo alto. Entonces fue meter del patio todo lo demás, ya con papá, que había vuelto de la jornada.

El primer frío de la nueva casa, la dirección de la brisa, una lengua ascendiente, lerda, tan distinta de la del jardín de la casa anterior…

El primero frío, el primer rumor amortiguado de la noche, de calles saturadas no muy lejos, a pocas cuadras, todas de casas viejas de fachadas parchadas de letreros, una burla a los frisos, las rejas de hierro con florituras y las fechas sobre los pórticos, — carcoma del medro pululante, sin entusiasmo, la voracidad que nace del desespero. Las noticias eran, de hecho, terribles siempre, pero la crisis era esto: aquí, irguiéndose por sobre las voces de los programas de concursos, la verdad de la piedra fría mordiendo polvo en la juntura de la calzada, y humo, y mugre diaria, sin derecho a sombra, hasta la noche, cuando todo lo era, y el brillo de los faros resbalaba de ella, asqueada, a alumbrar otra historia, algo menos lamentable…, más espectacular.

Caminaría tanto de la mano de mi padre, forzado a llevarme con él, que confundía mi asombro con gusto…

Pero era apenas la primera noche, y entonces no sabía de los perros hinchados de veneno, los rostros surcados de cicatrices, las uñas deshechas de quienes, no obstante, ayudaban, sí que lo hacían, por unos billetes, a gente como nosotros, — también vinimos de lejos.

Primera noche… bocinas, a lo lejos. Y, poco a poco, conforme más negro se veía afuera, al patio interior, de tierra oscura, baba melancólica, se hizo inmensamente preferible volver a las imágenes de las revistas, esos cuadros, los libros de papá, al fin fuera de las cajas…

Entonces, sí, debió ser, — con la memoria algo enseñoreada —

Pero, chicos, deben dormir pronto; se ha hecho tan tarde…

— Dos camas: la de mamá y papá, y el camarote de mi hermana y mío; al medio, una cómoda y un ropero de espaldas a la sección de los hijos, preservando la intimidad de su espacio, lo suficiente.