EN LA SALA DE EXPOSICIÓN - 12

Un

largo,                largo

suspiro —

                   cuatro tiempos,

                                                más,

como si no fuera el cuerpo, necesidad,

paredes de carne transparentes…;

una,

mientras, afuera, más allá de las pinturas, de esta carne que se deshace como tal y da paso a una sustancia diferente, de espesor equívoco, absorbente, pasta viva,

allá afuera, — sí,

por detrás del rumor de voces y la música machacante, de los transeúntes de cervices rendidas quebradas de lenguas adormecidas, todo eco eco eco de lo programado, ojos de azul reflectantes huecos — vidriosos — allá, afuera —

muda, la tormenta: arena, fango y agua negra, esparcida levitante gangrenada — y corre así el más áspero barrido — indescifrable, ninguna pesadilla: — el tiempo desdoblado de ecuaciones, como una fuente, rayos patentes en los trazos minúsculos, suma inmensa, — cada pero, cada silencio y amago de objeción, pausa dubitante, derrota de la lucidez, multiplicada hipertrofiada dialatada en un manto múltiple electrizado, capas de capas una red cien mil redes puentes — pendientes, rayos, pendientes — de extravío — amenazante, todo tan cierto como falaz, que impulsa — hiere: ah, cerrar los ojos o sangrar por ellos — los oídos rebosantes de ecos de sueños idiotas, grosero disimulo de olvido, elevación de la forma — por sobre y contra ella…; caricia desesperada del vientre de la noche, donde de veras yace la simiente del pecado, bastardía del afán de virtud, yerro en la forma, para empezar, pues luego se precipita pronto tan pronto, de inmediato como — fondo — súplica o asentimiento dócil, rendido quebrado — y su lengua adormecida, dada a lo que no se entiende, cuyo horizonte parece siempre — la destrucción, tan tentadora como el silencio estéril, el olvido, el olvido…;

como fuere, suspira nuevamente…, hondo, cuatro tiempos…, de vuelta…: vuelve…, volver…, hasta que,

en efecto,

como un pulso, se reanuda — uno y cero, sentido y plenitud — un compás — y es posible retomar el hilo, apartarse del exterior, de la ilusión de compartir tu lucidez, ilusoria, de su asentimiento ojos almendrados — no

sí —

un haz, rayo que se abre, vibra cerca — cerca y revela, haz, haces — las pirámides, los bosques, ojos de pupila elíptica vertical, escamas, plumas, pétalos, alas transparentes, y vuelta abajo a la sombra de los helechos, libélulas, la vida — que brota, surge del agua y vuelve a ella, nombres y más nombres de especies, memoria, crujido de piezas móviles y las fotografías de las revistas, la colección, cada vez más grande, enciclopedias viejas por entregas, números perdidos, álbumes, todo dibujado, reproducciones de fotografías imposibles, y Sputnik, números ninguno repetido — además de tarjetas postales quién sabe de quién y para quién, imágenes, imágenes, ventanas a un mundo doblemente inmenso, matemáticas paradójicas  y — los ecos de mitos de ciclos inmensos, ecos a su vez de otros, más cerca, más lejos, gente alrededor del fuego, — no simplemente una ilusión, un mundo amplísimo, un cosmos, antes de tu obsesivo hurgar etimológico, cosmos, orden — con lugar en lo nombrado la institución el aliento espíritu, antes de todo eso…,

que quise compartir, que creí posible comunicar por dentro, en un plural mayestático pleno de sentido, cuando acaso lo que cabe es el enfrentamiento: he aquí, he aquí y ve tú, como tus imágenes, Ana, tus imágenes, una vez libres…