PREFACIO: Extravío como antecedente inmediato del arribo a la Sala de Exposición

[Primero, porque creí encontrar en alguien alivio auténtico, y porque creí creer, me deshice de las armas y, vulnerable, oré sin tan siquiera bajar la voz, en todo caso, contrito…]

 

Dile, hermano cuervo

Dile, hermano cuervo, que

me encontraste en el balcón,

la vista hacia el noreste,

suspirando, mineral,

                                      así de quieto…

Dile que leíste en mis ojos, de centro

negro como tus alas, la crónica

de un viaje tal, de adentro hacia más dentro,

revelación, al fin, de una amable comedia:

la marcha contigo, no sin sonrisas,

acaso — e incluso

                               en la tragedia…

Dile, hermano, cuervo,

tú, que vuelas,

ave fiera y fiel, que

las canciones de mi mano,

tanta tinta,

brotan de arpegios entre

la roca, el musgo y los helechos,

a la sombra de nuestro bosque —

palabras que cogen viento

todas

           para ella…

Dime, hermano, que guardarás mi aliento

ardiente entre tus plumas,

afán, fuego, tinta (tanta) y — ceremonia;

que me llevarás a mí mismo — beso,

a su cuello, clavículas, cintura

— a cada palmo, arroyo,

                                           con el son de la espuma…

Dile que me viste,

dile que la veo,

llévame, y así,

haz del verbo, de una vez,

                                             con ella,

                                                            cuerpo.

 

 

[Pronto, fue la sangre…]

Daga

Daga,

luz vibrante

esmeralda,

te he dejado… Más:

te he dado a ser

quien (única) abra en surco mi espalda,

desde la huella,

hoja de tilo, descuidado

Sigfrido, hasta

el envés

de mi vientre,

quien exponga a lectura de las hadas

los sí y los peros de

mis vértebras,

quien me vuelva,

ojos al sol,

todo entrañas,

quien me hiere, flor de vida,

ardor, valor, enigma,

Quien sólo podías ser tú,

y vivo

         Vivo.

 

Arden

Arden mil ojos la cúpula

se levanta

                  la piel encendida de cada rama

esperanza tendida en busca de la luz

Pero qué luz

 

Lo sabes,

                bien que lo sabes,

pero no quisiste ver,

siendo la clave esa, precisamente:

Ver, ver, ver…

 

Rasga el ancla el fondo de mentira,

levanta una cortina de notas disonantes

detrás de las cuales se revelan

                                                      mudas las coordenadas

de la verdad.

 

Pero quién sabe de veras lo que ésta es,

                                                                        antes de ser enfrentado por ella…

(Será posible, acaso, que de veras toda la nueva memoria surja directamente en el vacío sobre mis manos, y no debajo de ellos, tinta que no es tinta, vapor de sangre, acaso, nuevo fruto de la llaga que soy yo, que abrió una daga, que llamé mía, cuyo frío fundí yo mismo entre la desesperanza y el ardor resurgido entre mis brazos, abrasador de mis grises…)

 

 

[Entonces, me supe extraviado y las notas del diario cambiaron…]

1

La noche devora el afán, devuelve a cambio, bajo la apariencia de emociones luminosas, apenas vapores de intriga, y debajo, rapaz, la grieta amarga del olvido elemental, de modo que, al dormir, finalmente, el sueño fragua en ráfagas de doble lado, uno deseado, escueto, signo apenas, memorable por lo tentador, engañoso; el otro, amplísimo, una marea completa de unidades sintácticas sin develar, mole de líneas, como el carbón comprimido, joya al microscopio y, sin embargo, en caída permanente, colosal cascada en el ojo cardinal de la sima de la noche común, donde acaso se encuentren todos los deseos posibles, ahogados.

Escribir, así, torna a ser una forma, tan inválida como otras, tan esperanzadora, también, de acogerme a mí mismo en la realidad, de conciliar cuanto es con cuanto quisiera fuera y, presa del sueño, tendía a suponer encajaba en mis categorías, a diferencia de hoy, eso sí, que opero como fantasma, muerto el yo que creía configurar al menos una parte de la realidad, no obstante su habitual escepticismo, no obstante su porfía en verse íntegro material en el espejo, derrotado, pues y, por tanto, repuesto en su lugar verdadero… de palabras interrumpidas, de silencios elocuentes, de intentos apenas, esmerados, pero nada más y, sin embargo, no menos afirmaciones de un yo que se revela a sí mismo, tiempo, no nada más temporal, memoria, no sólo memorioso. Menuda mierda.

De modo que — soy llaga…

Mana de mí la sangre. Que sirva de algo, que su hedor sea el de la tinta que mancha la piedra, de la cual queda algo más, acaso una huella — advertencia…

Es que — he repartido dagas…

                                                  Acaso para rubricar mediante otros una orfandad que recién se revela radical. Sin víctimas, en realidad, salvo acaso, por mi ingratitud, mi propia madre, mi padre, mis hermanas…, a cuyo calor me es imposible reaccionar.

Así que quiero irme, pero no en huida, sino a refundar. Y a fundirme con el bosque…

Quizá sea la única manera. Es la única que veo. Salvo, acaso, entre las imágenes…

 

2

Mi alma como un vagón de hierro, cicatrices, y la culpa que encadena, en cada estación, su paso, en pozo, sin tregua, aferrado a la riel, indispuesto a elevarse, a creer…

Acaso esas melodías suenan sólo para mí… Certeza, enfermedad.

Aunque conozco bien, bien las calles, me pierdo en ellas.

Y la música me hace pedazos. Duele lo suficiente como para preguntarme si es o no peor que no sentir rechazo por ella, como cuando fui diagnosticado, grave. Al menos, ahora siento que vivo.

Pero lo sabía. Se lo escribí a mi mejor amiga, Ana:

«Tengo la impresión, aunque remota, de que van a romperme en pedazos… (risa cascada, que bien conoces)…

»Inestable, al parecer, más dudosa que escéptica (esto último sí que lo comprendería), de silencios graves…

»Y tengo miedo. Me angustia. ¿Por qué? Obvio. Y eso que he tratado de despedazar dentro de mí, eso que brota…

»Me miro a mí mismo, a ojos cerrados, y sé que no puedo tenderme yo mismo la mano… Yazco.

»Por supuesto, por fuera, sigo siendo un motor. Pero, ¿sabes?, en serio me duele… Y ya no quiero sentir que me arrancan la médula de la columna por la boca, hecha un tramado de palabras confusas…

»Tengo miedo. Y me siento vivo. Y temo. Como hacía mucho, no.

»Y…, como puedo, me dispongo a ese quizá atroz, tan sencillo, tan pronto, tan… previsible, como, no obstante, dadas las circunstancias, indeseable, barrido entre besos.

»Un tonto, Ana, más: un idiota…

»A la vera de vías de tinta donde me deshago…»

Así, me he convertido en una llaga abierta…

Lo que es bueno, a fin de cuentas. Estaba cerrado, bajo toneladas de hierro, y ahora, sencillamente expuesto… De modo que la oportunidad de ver el daño de años, de hacer algo, al fin, por mí, se me presenta, pero del modo ciertamente más inesperado…

Todas estas tardes — he caminado. Escrito y — escrito. Vuelto a caminar. Me digo que ya pasará…

Por ahora, es como meterse en una casa al cabo de un incendio y ver bajo los escombros, apenas brasas, pero que prenden a la menor brisa…

 

3

(Tarde)

Impregnado de silencio, todo,

cada superficie, sus reflejos,

y el espacio —

Aroma de flores púrpuras.

 

La caricia amenazante:

sobre todo: mansos perfiles —

Es la tarde, en haces,

que araña la roca y el verdor,

que corre

el manto, también púrpura,

(próximo, más y más)

— telón del insomnio.

 

4

(Llaga)

Qué — una llaga

tajo certero — de

la estocada manantial

de noche sueño cielo abierto

 

Un golpe ciego entre

cantos risueño

acaso sin maldad

flor púrpura — Deseo

 

Sin reparar de hecho

en — la ceremonia la

estocada en el ruedo

ni en el sol que rueda y

las sombras quebradas de la astada

 

Sin pañuelos ni clamor

sin testigos ni

por consiguiente

nadie que asevere de justicia una o dos orejas

 

Y pasa pronto al espectáculo

apenas de los buitres dedos

ágiles qué hurgan

prestos los antecedentes —

que descreen de lo úniconfesión

 

Así hasta hoy que juega la niña pasitos charolados saltos

ajena la sospecha del origen

del metálico eco — rumor magenta la canción

Única canción.

 

5

(La víspera)

Kilómetros…

El sol acabó de rodar, las sombras que se ven las tienden los cuerpos desgarrados por los faros del auto, apenas instantes. De vez en cuando, otro par de ojos amarillos saluda desde el frente, y luego suena el zumbido del paso al costado: rumbos contrarios.

Quisiera estar ya mismo de vuelta, es la verdad. ¿Para qué, exactamente? Si dijera que no lo tengo claro, habría de admitirlo: serían puras pamplinas. Bien me vendría tu risa…

Y quiero un café. Y los ángulos de las sombras leves intersecándose, a escondidas de las lámparas, abrigadoras de sueños, de temores… Que vence la vista, una vez se posa en ellos. Porque hay voluntad. Compromiso.

                                                               Voracidad.