Desborde: Sobre «Del tiempo y el río», novela de Thomas Wolfe

Por Juan Pablo Torres Muñiz

En el decurso de la tradición novelística occidental, el anhelo por la totalidad ha constituido un motor persistente, una ambición que busca encapsular en la urdimbre de la ficción la experiencia humana en su enorme complejidad. Si la novela decimonónica sentó las bases de esta aspiración a través de frescos sociales monumentales, fue el tránsito al siglo XX el que potenció este impulso con una penetración psicológica sin precedentes y, sobre todo, una audaz experimentación técnica. Figuras como Henry James, con su refinada exploración de la conciencia, Thomas Mann, con sus densas arquitecturas intelectuales y simbólicas, Marcel Proust, con su minuciosa disección de la memoria y el tiempo, y sobre todo James Joyce, con su revolucionaria deconstrucción del lenguaje y la estructura narrativa, redefinieron los límites del género. Esta corriente arribó a los Estados Unidos encontrando eco en la polifonía de John Dos Passos y en la polimorfa saga del sur gótico de William Faulkner. Sin embargo, acaso ningún otro escritor norteamericano encarnó la vocación de totalidad con la fuerza descomunal y la incontinencia verbal de Thomas Wolfe. En su obra maestra, Del tiempo y el río (1935), el lirismo sureño norteamericano se transforma en un torrente expresivo que, si bien desborda a menudo los cánones formales, constituye un hito ineludible en la búsqueda de la novela total.

Del tiempo y el río narra la formación de la personalidad del joven Eugene Gant, desde sus raíces familiares en las montañas de Catawba hasta el despertar de su madurez en Europa. Trasunto del propio Wolfe, Eugene es un protagonista devorado por una avasalladora necesidad de saberlo, leerlo y vivirlo todo, un hambre que lo impulsa a abandonar su hogar para estudiar en Harvard y, posteriormente, a viajar por el Viejo Continente. En este periplo, su poderosa vitalidad y su deseo de convertirse en escritor lo enfrentan constantemente con la soledad, el desamparo y la reflexión sobre la creación artística, el paso del tiempo y la inminencia de la muerte.

Estructuralmente, la novela se divide en dos partes bien diferenciadas. La primera, ambientada en la tierra natal del protagonista, bebe de las raíces familiares y se caracteriza por una intensidad, belleza y lirismo extraordinarios, especialmente en las páginas dedicadas al pasado y a la figura del padre. Esta sección, considerada por muchos la mejor, encapsula el lirismo sureño de forma extraordinaria. La segunda parte narra el viaje de Eugene a Europa, presentando la perspectiva de un estadounidense que contempla el Viejo Continente con ojos extranjeros, lo que a veces provoca un déficit de credibilidad en el escenario, sin mermar por ello la magnificencia de la narración. A lo largo de la obra, el autor superpone tres dimensiones temporales: el presente narrativo, el pasado evocado y un «tiempo inmutable», identificado con el río, que constituye el principal vehículo de la carga lírica.

Los personajes de la novela, nutridos de la propia experiencia vital de Wolfe, son presentados con una pasmosa precisión y considerable penetración psicológica. Cada figura que se cruza en el camino de Eugene, por fugaz que sea, recibe una atención primorosa que la dota de una vida, incluso exuberancia. Podemos clasificarlos en varios grupos. Primero, el clan Gant-Pentland, el núcleo familiar que define el punto de partida y el legado del protagonista. Aquí destaca el propio Eugene Gant, el héroe novelesco por antonomasia, un torbellino de vitalidad, deseo y desasosiego romántico. Su madre, Eliza Pentland, es una mujer de cuerpo pequeño pero macizo, cuyo rostro combina la tersura infantil con una nariz curiosamente masculina, reflejo de una estirpe de carácter decidido y hombruno. Su hermana Helen es una figura trágica, de rostro huesudo y noble, marcado por el frenesí, el desasosiego y una histeria latente, producto de la tensión nerviosa y el agotamiento de su sobreexcitada vitalidad. Su primo, George Pentland, encarna una vitalidad taurina y una sensualidad casi animal, de risa sonora y hueca bondad. El padre, W.O. Gant, aunque a menudo ausente físicamente, es una presencia fantasmal y poderosa, un espectro moribundo consumido por el cáncer, cuya memoria y legado atormentan y definen la búsqueda de Eugene. Luego, encontramos a los encuentros formativos, personajes que marcan el viaje intelectual y existencial de Eugene, como Francis Starwick en Harvard, un joven de extraordinaria sensibilidad y talento, pero trágicamente afectado en su carácter, que introduce a Eugene en un mundo de refinamiento y decadencia. Finalmente, está el vasto elenco de personajes episódicos, desde compañeros de viaje en el tren hasta los irlandeses de Boston, todos tratados con un mimo y un respeto que convierten la obra en un homenaje a las vidas anónimas de las que se nutrió la febril actividad creadora del autor.

En su vocación de totalidad, Del tiempo y el río pone en entredicho una vasta red de conceptos e instituciones a través del prisma de la ficción. La novela es, en su núcleo, una implacable reflexión sobre la creación artística y la vocación del arte. Eugene, en su avasallador deseo de convertirse en escritor, encarna la lucha del artista contra las limitaciones de la experiencia y el lenguaje. Su hambre por leerlo todo y vivirlo todo es un reflejo del anhelo del autor por escribirlo todo, una pretensión que, si bien puede ser calificada de errónea según los cánones establecidos, se convierte en un acto de fe en la capacidad de la literatura para abarcar la existencia. Wolfe cuestiona así el valor mismo de la literatura y la autoridad cultural establecida, sugiriendo que la verdadera batalla del espíritu no consiste en conocer lo mejor, sino en descubrirlo, en desenterrar los tesoros ocultos en un millón de libros olvidados. La novela se erige como un monumento al conocimiento experiencial, a la idea de que la vida misma, en su infinita y caótica profusión, es la materia prima del arte. La institución familiar es otro de los grandes temas sometidos a escrutinio. El legado familiar no es presentado como un remanso de paz, sino como una red de tensiones, secretos y neurosis que persiguen al individuo. La relación de Eugene con su familia es una de huida y retorno, de rechazo y anhelo, reflejando la trágica perplejidad del alma que está hecha de la misma sustancia que sus vidas. La muerte, omnipresente en la figura del padre moribundo y en el recuerdo del hermano Ben, se explora no como un final abstracto, sino como una fuerza que redefine constantemente el significado del tiempo y del legado. Wolfe tematiza la naturaleza del tiempo, presentándolo no como una sucesión lineal, sino como un flujo complejo donde presente, pasado y —como ya fue dicho— un «tiempo inmutable» coexisten. El tiempo es un sueño, un milagro amargo y raro, una crónica de humo que nos arrastra como hojas en el viento. La modernidad se manifiesta en la figura del tren, símbolo de la huida, del progreso y de la soledad del hombre norteamericano, lanzado a través de la vasta y anónima faz del continente. En este viaje, el individuo se enfrenta a la voracidad por vivir, a ese frenesí fáustico que lo impulsa a devorar la tierra y que, a la vez, lo condena a una insatisfacción perpetua. Finalmente, la novela pone en duda las certezas del sueño americano, mostrando a sus ciudadanos como seres perdidos, arrastrados por un deseo vehemente, víctimas del impulso cruel de momentos fugaces, sin un muro, un techo o una puerta donde encontrar asidero.

La extraordinaria potencia expresiva de Thomas Wolfe es el rasgo más distintivo de su estilo. Su prosa es una vorágine de palabras y aconteceres, que busca capturar la totalidad de la experiencia sensorial y emocional. El lenguaje es torrencial, exuberante, a menudo desbordado, repitiendo el error que su protagonista, Eugene Gant, comete en la vida: el de querer abarcarlo todo. Sin embargo, esta incontinencia verbal no deviene en superfluidad; cada descripción, por minuciosa que sea, parece necesaria para construir la densa atmósfera de la novela. En esta labor monumental fue crucial la figura de su editor, Maxwell Evarts Perkins, a quien Wolfe dedica la obra con gratitud, reconociendo que, sin su fiel devoción y cuidado inmenso, el libro no hubiera podido ser escrito. Perkins supo encauzar el torrente verbal de Wolfe, dando forma a un manuscrito original de dimensiones casi inconcebibles —se habla de tres mil páginas y dos mil personajes—, sacrificando en el altar de la cohesión interna páginas que el propio autor consideraba «lo mejor que había escrito jamás». Esta poda, si bien lamentada por algunos como una pérdida irreparable de belleza, fue fundamental para dar a la obra una estructura comercialmente aceptable y una dirección narrativa. El resultado es un estilo que, aunque pueda parecer abrumador, posee un lirismo y una fuerza poética que trascienden el género novelesco.

En última instancia, Del tiempo y el río puede constituir, en efecto, una novela formalmente irregular, una obra que desafía los cánones de la contención y la estructura clásica. Su ambición desmedida y su caudalosa verborrea la alejan de la perfección formal. No obstante, estas mismas características la convierten en un hito extraordinario en la escritura poética más allá del género. La novela es un testimonio de la lucha fáustica del artista por capturar la inasible totalidad de la vida, un análisis conmovedor de la soledad y el desamparo, y una celebración de la tierra y del tiempo que nos constituyen. Quizá, como toda gran obra de arte, su valor no reside en su perfección, sino en su capacidad de cuestionar nuestro mundo, de hacernos sentir el milagro extraño y amargo de la existencia.