Convocatoria: Sobre «MANIAC», novela de Benjamín Labatut

Por Juan Pablo Torres Muñiz

La literatura que aborda la ciencia y la filosofía del conocimiento no solo amplía el campo de la ficción, sino que puede, cuando su propuesta es los suficientemente original, reconfigurar su función: dejar de ser mero reflejo para convertirse en interrogante activo sobre las estructuras que constituyen nuestra realidad. Benjamín Labatut se supera a sí mismo largamente y, tras la interesante Un verdor terrible, postula en MANIAC, la transformación a que nos referimos, con una intensidad y lucidez muy destacables. Más que narrar la historia de la ciencia moderna, la pone en crisis, desvelando los límites de la razón cuando esta se enfrenta a sí misma. Esta es, sin duda, su obra más lograda.

MANIAC traza un periplo intelectual y existencial a través del siglo XX, centrado en la figura de John von Neumann, padre de la computación moderna y estratega nuclear. La novela combina biografía, ensayo filosófico y ficción especulativa para narrar cómo las matemáticas, la lógica y la tecnología forjaron un nuevo orden del mundo. A través de voces múltiples —científicos, testigos, fantasmas del progreso—, Labatut reconstruye el nacimiento de la inteligencia artificial, la bomba atómica y la guerra fría, mostrando cómo el deseo de control absoluto desembocó en una pérdida de humanidad. La máquina no sustituye al hombre; lo revela como un ente fracturado, ambicioso y vulnerable.

La estructura de la novela es coral, fragmentaria, deliberadamente descentrada. No hay un narrador único ni una línea temporal continua; en su lugar, domina una sucesión de testimonios, reflexiones y monólogos que se superponen como capas de un estrato geológico del pensamiento moderno. Cada sección actúa como un eslabón en una cadena de consecuencias: el descubrimiento de un teorema, la construcción de una máquina, la toma de una decisión bélica. La novela no progresa linealmente, sino que irradia, como una explosión en cámara lenta. Esta forma no es un recurso estilístico, sino una exigencia del contenido: la comprensión del mundo contemporáneo exige abandonar la narrativa lineal y asumir la complejidad sistémica de sus orígenes. La estructura, por tanto, es capital para el argumento.

Los personajes no son sólo individuos en el sentido clásico, sino figuras humanas complejas, cuyo perfil epistemológico sobresale y se impone a los demás. Se trata de encarnaciones de ideas en conflicto. Von Neumann es el Prometeo racional, el hombre que creó el futuro sin poder controlarlo. Ulam, su contraparte, representa la intuición creativa que desconfía del cálculo total. Cantor encarna el pensador que descubre infinitos y pierde la razón. Gödel es la conciencia que demuestra los límites de la lógica desde dentro de ella. Barricelli, el olvidado, simboliza la utopía de la vida artificial, suprimida por el poder institucional. Cada uno es un nodo en una red de pensamiento que no busca resolver, sino desestabilizar. No evolucionan; irradian. Su función no es conmovernos, sino confrontarnos con la tensión entre conocimiento y existencia.

El lenguaje de Labatut es denso, preciso, cargado de tensión. Lejos de la estética decorativa, alcanza, por medio de una considerable intensidad conceptual, belleza discursiva. Usa oraciones cortas como detonaciones, seguidas de párrafos largos que simulan el flujo de la conciencia científica. El estilo oscila entre el tono del informe técnico y el del aforismo filosófico, entre el testimonio crudo y la metáfora cósmica. Esta ambivalencia es puro método: lleva al lector a navegar entre disciplinas, entre lo objetivo y lo subjetivo, entre el dato y la revelación. El lenguaje, en lugar de describir una forma de pensamiento, directamente lo simula.

La riqueza temática de la novela radica en su capacidad para trascender la anécdota científica y plantear preguntas ontológicas de lo más serias. Labatut no se interesa por la inteligencia artificial como objeto tecnológico, sino como espejo de la conciencia humana. Pone en cuestión la institución de la ciencia, revelándola no como búsqueda desinteresada de la verdad, sino como sistema de fuerza institucional necesario, lo que conlleva un poder ligado al militarismo y al control geopolítico.

Por otra parte, cuestiona la racionalidad misma, al mostrar cómo el pensamiento lógico, llevado a cierto extremo, genera monstruos: la bomba, la guerra termonuclear, la automatización del juicio. Pero también cuestiona el mito del progreso, al demostrar que cada avance tecnológico es, simultáneamente, una pérdida: de inocencia, de comunidad, de sentido. Lo más profundo no es lo que dice sobre las máquinas, sino sobre nosotros: que hemos construido un mundo que ya no podemos habitar con plenitud, porque hemos confundido la predicción con la comprensión y el cálculo con la sabiduría.

Lo que distingue a MANIAC de otros textos sobre ciencia es que desborda la curiosidad intelectual; de hecho, se sirve de ella como medio de seducción, para una inmersión mucho más arriesgada en la teoría del conocimiento y sus implicaciones antropológicas. En vez de fascinar con datos y anécdotas, obliga al planteamiento de ciertas preguntas; entre ellas: ¿qué significa pensar cuando una máquina puede hacerlo, en parte, mejor? ¿Qué es ser humano cuando la vida puede simularse en un juego de códigos? ¿Qué valor tiene la verdad si puede ser manipulada por algoritmos? Nada de erotemas; son condiciones de nuestra existencia actual. La novela tienta con la idea de que el universo digital no es una extensión del mundo, sino una nueva realidad que nos constituye y nos desfigura. Y en este proceso, la razón absoluta, que muchos sueñan, debía liberarnos, obviando que el racionalismo ha de contemplar siempre, la imposibilidad de explicación racional absoluta, así como la irracionalidad misma, se convierte en la cárcel más perfecta: una prisión sin barrotes, hecha de datos, predicciones y certezas vacías.

Labatut logra esto porque rechaza el relativismo fácil y la ironía posmoderna. Su tono es de urgencia trágica y exige cierta responsabilidad. El lector, en vez de entretenerse, acaba siendo convocado. Así, fuerza a la crítica a apartarse del simple juicio estético, con una exigencia ética. Como en el mejor de los casos, la literatura cumple su función institucional: cuestionar los fundamentos mismos de nuestra convivencia con el conocimiento. MANIAC opera como una advertencia sobre el presente de la humanidad. Y asoma al futuro desde su interpretación y discusión.