Otro servicio de inteligencia: Sobre «Operación Shylock», novela de Philip Roth
Por Juan Pablo Torres Muñiz
La obra de Philip Roth ocupa un lugar central en la literatura. Pervive debido a su desconfianza sistemática hacia las certezas más allá de los más elementales móviles vitales, especialmente aquellas que provienen del idealismo moral, político o religioso. Calificado de antisemita, machista y misógino, En sus textos, el maestro de Newark se sirvió tanto de la invención más pura, como, por supuesto, de su propia vida y la historia contemporánea para exponer la complejidad de una realidad por demás imposible de jibarizar, tanto por el gran sueño americano como por otras visiones idealistas. En efecto, previó expresamente, y con enorme acierto, el grado de decadencia en que nos encontramos en el llamado mundo occidental al día de hoy.
En Operación Shylock, alcanza una de sus cumbres más inquietantes, donde la ficción no solo imita la realidad, sino que la invade, la corrompe y la revela, en buena medida, como un tejido de ficciones superpuestas. En efecto, la novela se plantea como un juego filosófico, de manipulación de la percepción y de discursos políticos para desestabilizar al lector, obligándolo a cuestionar no sólo lo que lee, sino lo que cree saber sobre la autoría, la identidad judía, la justicia, el Estado de Israel y la cordura misma.
Operación Shylock narra el regreso de Philip Roth a Israel en 1988, durante el juicio a John Demjanjuk, acusado de ser el guardia de Treblinka conocido como «Ivan el Terrible». Allí, el escritor se encuentra con un hombre que afirma ser él: otro Philip Roth, llamado Moishe Pipik, que predica la «deshibridación» —el retorno de los judíos a Europa, abandonando Israel. Este doble, carismático y paranoico, lo arrastra a una trama de espionaje, identidad usurpada y crisis mental. El narrador, bajo los efectos del Halcion y la confusión, se ve envuelto en una operación del Mossad, confrontando fantasmas personales, dilemas éticos y la disolución de su propio yo. La frontera entre realidad y ficción se vuelve permeable, y la novela se convierte en un laberinto de espejos donde la verdad es siempre provisional, inestable, en disputa.
La estructura de la novela es laberíntica, deliberadamente desorientadora, como un sistema nervioso en crisis. No sigue una línea cronológica clara, sino que se organiza como un conjunto de episodios que se repiten, se contradicen, se amplifican. Cada encuentro con el doble, cada conversación con un agente del Mossad, cada recuerdo de la crisis generada por el Halcion, funciona como una variación temática sobre la misma pregunta: ¿quién soy? La novela se construye por acumulación y refracción, no por progresión lineal. Roth no busca ninguna resolución a partir del entendimiento convencional de la realidad, de su problematización políticamente correcta, sino exponer su impotencia. La forma misma de la narración —fragmentaria, digresiva, de corte obsesivo— es un reflejo directo del estado mental del protagonista, pero también una metáfora del estado del mundo judío, del Estado de Israel, de la cultura occidental: un sistema en el que la razón se tambalea, en el que la verdad es secuestrada por la ficción, y en el que la identidad se desintegra bajo el peso de la historia. La estructura, así, se revela rigurosamente calculada: cada desvío, cada repetición, cada digresión filosófica sirve para erosionar la confianza del lector en la narración, en el narrador, en sí mismo.
Los personajes, más que individuos en el sentido clásico, constituyen fuerzas, máscaras, funciones (en sentido casi matemático) del conflicto, no obstante, una enorme carga psicológica. Philip Roth, el narrador, es un yo dividido, un escritor que ha perdido el control sobre su propia imagen, sobre su nombre, sobre su historia. Es víctima y cómplice, testigo y agente. Moishe Pipik, su doble, no es un villano, ni siquiera un impostor en sentido estricto: es una encarnación del inconsciente colectivo, una proyección de los temores, rencores y deseos reprimidos del judaísmo moderno. Pipik es Shylock resucitado, el judío acusado que ahora acusa, el marginado que se venga usurpando el lugar del privilegiado. Smilesburger, el agente del Mossad, es una figura casi kafkiana: poderosa, enigmática, cuya lealtad al Estado justifica cualquier manipulación, incluso la del propio Roth. George Ziad, el palestino que se vuelve loco tras la muerte de su hijo a manos de soldados israelíes, es la encarnación del trauma histórico, del odio que se alimenta de la injusticia. Cada uno de ellos representa una posición ética, una voz en el conflicto, pero ninguno tiene la razón absoluta, ni mucho menos. Los personajes de Roth tampoco desbarran en simples tipos psicológicos, son entidades de ficción dialécticas: existen para chocar, para generar chispas de sentido en el choque.
La prosa de Roth en esta novela es de una precisión quirúrgica, pero también de una densidad casi alucinatoria. No hay ornamentos gratuitos, pero cada frase está cargada de intención. El lenguaje es directo, a veces brutal, pero nunca simple. Roth combina el registro coloquial con el filosófico, el testimonial con el satírico, el íntimo con el político. Su ironía no es elegante, sino corrosiva: desarma al lector, lo hace reír y luego lo deja desnudo ante una verdad incómoda. La repetición de ciertas frases —«Tú y yo somos un caso de sincronismo», «¿Quieres causalidad? Muy bien, pues toma causalidad»— funciona como un leitmotiv, como un mantra que desestabiliza la lógica lineal. La prosa representa la ansiedad y la paranoia, de la una lucidez extrema. Y en ese estado de tensión permanente, Roth logra una potencia expresiva inusual: cada diálogo, cada descripción, cada reflexión, trasciende lo literario y se convierte en acto político, ético, moral, existencial.
La ficción de Roth desmonta instituciones enteras: el Estado de Israel, como proyecto de normalización que ha generado nuevas formas de anormalidad; el sistema judicial, como teatro de la venganza disfrazada de justicia; el antisemitismo, no como fenómeno marginal, sino como pulsión estructural del mundo árabe y occidental; la salud mental, como categoría que colapsa cuando la realidad misma se vuelve insostenible. Pero también cuestiona conceptos más abstractos: la autoría, como propiedad del nombre; la verdad, como construcción narrativa; la identidad, como ficción necesaria o, manipulada, ideologizada, un mero constructo. El autor, de hecho, no se detiene ante ningún ideal. Rechaza la nostalgia por la diáspora, el sionismo triunfalista y patán, el pacifismo ingenuo, el multiculturalismo superficial. Su mirada es materialista: ve en las pasiones humanas —el odio, el amor, la venganza, el deseo— fuerzas concretas, históricas, corpóreas, no como productos de ideas, sino como impulsos que las moldean. No hay idealismo redentor en Roth; solo personas—materiales— que sufren, que se desean, se traicionan y se matan.
Lo más radical de Operación Shylock es cómo conjuga forma y fondo en pro de una experiencia de desposesión. Al dudar del narrador, al sospechar que todo puede ser una alucinación, una invención, una operación de desinformación, el lector pierde su natural punto de apoyo. Esta pérdida se presenta como el eje mismo de la obra y no como un efecto ni mucho menos. El abandono de la comodidad de la interpretación unívoca, para aceptar la ambigüedad como posible condición humana. La forma —el juego de voces, la superposición de registros, la disolución del yo— trasciende los usos de recurso estilístico, para ser la manifestación directa del contenido: vivimos en un mundo donde ya no hay sujetos estables, solo roles, máscaras, operaciones de manos de gente que simplemente se las ha arreglado para orientarse algo mejor, a un costo elevadísimo, a menudo sanguinario. Estado, justicia, literatura, psiquiatría, no resuelven el caos, sino que lo organizan, lo disfrazan, incluso los perpetúan.
En última instancia, Operación Shylock es una obra sobre el poder cuestionador de la ficción. Lo que importa no es si un doble de Roth realmente existe, si el Mossad lo reclutó, si todo fue un delirio del Halcion, sino la experiencia narrada —la angustia, la confusión, la violencia, el amor— como materia, como realidad. En tal sentido, como el Shylock de Shakespeare, Roth exige su libra de carne, pero no de la judía, ni «americana», ni israelí: sino su equivalente, la materialización en palabra, obra y omisión… del pensamiento, la de cada yo, la que sangra cuando se enfrenta a la verdad de que no hay verdad, a la realidad eminentemente material, intolerante con el idealismo.
