Culpable: Aproximación al trabajo de Guy Aroch

Por Juan Pablo Torres Muñiz

La moda y el arte no son, siquiera, parientes cercanos en el orden institucional. La moda es un fenómeno de mercado que busca la identificación del sujeto con una imagen ideal, una comunidad exclusiva, un presente fugaz; el arte, en cambio, es una institución cuestionadora que opera al límite de la razón, no del deseo. Mientras la moda confirma, complace la ficción de la pertenencia, el arte delata cuanto de ficción tienen las instituciones mismas. No hay arte en la moda, pero puede sí que puede haber arte a través de la moda.

Guy Aroch subordinó la prenda o el nombre de quienes retrató a una visión seductora, en principio, tentadora, finalmente confrontativa: la construcción de una imagen atemporal que desestabiliza el orden estético contemporáneo. Su trabajo de hace una década, lejos de quedar en el archivo de la industria, pertenece a la historia de la ficción visual que cuestiona tal archivo.

Su influencia al día de hoy es enorme, a menudo de forma indirecta. Fue de los primeros fotógrafos, pasado el año 2000, en proponer una visión nutrida de la vitalidad del magazine de entre 1960 y 1970, cuyo empleo de la composición, la luz y el enfoque se advierten hasta el hartazgo en variedad de muestras de arte, pero también y, sobre todo, en multitud de galerías personales en redes sociales.

Aroch, en lugar de rescatar el vintage como nostalgia decorativa, como hacen hoy millones de usuarios de Instagram que aplican filtros sepia para simular profundidad, lo planteó como curiosa crítica a la planitud del presente, mientras tributaba explícitamente una forma de exposición de la imagen abiertamente sexualizada. Sus tonos, lejos de ser una mera elección cromática, niegan abiertamente el realismo fotográfico digital. La luz, en lugar de iluminar, envuelve, mas no en cualquier complicidad, sino en clara alusión al voyerismo. El desenfoque fuerza al espectador a no detenerse en el detalle, sino a reconstruir el sentido de la imagen desde la penumbra, casi siempre sicalíptico. La doble exposición, recurso hoy trivializado por las aplicaciones móviles, en sus manos fue una suerte de metáfora de la memoria, de la identidad como superposición de tiempos, de capas que no se resuelven, que no se aclaran ni se explican.

¿Y la moda? En su proceder, Aroch postergó la marca. No fue un ilustrador al servicio de una línea de ropa, sino un dictador estético al que las marcas debían adaptarse. No se trataba de que el modelo luciera bien la prenda; se trataba de que la prenda no arruinara la imagen. Vendía, sí, pero no la marca de encargo, por muy poderosa que fuera, sino una visión a la que ella iba acorde. Lo dijimos ya, atemporal.

Sus modelos evaden el encasillamiento de representantes anacrónicos de décadas pasadas, como pretenden los imitadores que copian su paleta y sus efectos. Son gente cuya presencia no se explica por la moda, sino por una necesidad de representación. No son «bellas» en el sentido convencional, es decir, no encarnan un ideal estético de su tiempo, sino que son excepciones. Imposibilitan la aplicación de categorías estándar para explicar su especial atractivo. Su belleza no es precisamente saludable, ni enormemente simétrica, mucho menos promocional. Cuestiona el concepto mismo de belleza como producto de consumo, como algo que puede ser replicado, masificado, democratizado.

En un mundo saturado de imágenes supuestamente perfectas, eso sí: nítidas, iluminadas con precisión quirúrgica, la propuesta de Aroch no constituye un defecto: es una declaración de autoría, una afirmación de interpretación y contradicción.

En este punto, dado que lo clásico no es lo que se repite, sino lo que obliga a repetirse, Aroch ha llegado bastante más lejos que la amplísima mayoría de sus colegas. Dan fe de ello, no solo decenas de editoriales, sino cada foto de Instagram que usa un filtro de granulado, de contraste bajo, de tonos cálidos. Ha engendrado un kitsch particular. La fotografía de moda, usualmente, propaganda disfrazada de arte, dista de su exposición de personas en una especie de estado de gracia visual, lo que no ha de extrañarnos: esto cuestiona todo lo que no es esencial: el logotipo, la tendencia, el consumo. Cuestiona al gran cliente, al usuario de redes.

Su legado parece sencillo de emular, merced de la tecnología. Pero es mera apariencia. Su uso de la tecnología fue estratégico. No fue artesanal, ni reaccionario. Empleó cámaras digitales, software de edición, todo lo que estaba a su alcance, pero no para mejorar la imagen, sino para transformarla en ficción. No buscó perfección técnica, sino cierta autenticidad expresiva, y entendió que la autenticidad no está en la mano que aprieta el disparador, sino en la racionalidad que guía la operación. Sin la que no es posible aproximársele de veras.

En este sentido, Aroch no solo limitó a sus imitadores. Después de él, cualquier intento de usar el desenfoque, el sepia, la doble exposición, sin una operación intelectiva detrás, se delata más pronto, torpe, efectista y vacía. ¿Qué queda de la fotografía cuando todo el mundo puede hacerla? El autor. Acaso, artista.

 

[Todas las imágenes, obtenidas de listal.com y trendland.com]

ENGLISH VERSION

Guilty: An Approach to the Work of Guy Aroch

Translated by Carmen Leonard

Fashion and art are not even distant relatives in the institutional order. Fashion is a market phenomenon that seeks the identification of the subject with an ideal image, an exclusive community, a fleeting present; art, on the other hand, is a questioning institution that operates at the limits of reason, not desire. While fashion confirms, pleases the fiction of belonging, art exposes the fictional nature of institutions themselves. There is no art in fashion, but there can indeed be art through fashion.

Guy Aroch subordinated the garment or the name of those he portrayed to a seductive vision, initially tempting, ultimately confrontational: the construction of a timeless image that destabilizes the contemporary aesthetic order. His work from a decade ago, far from remaining in the industry’s archive, belongs to the history of visual fiction that questions that very archive.

His influence to this day is enormous, often indirectly. He was one of the first photographers, after the year 2000, to propose a vision nourished by the vitality of magazines from between 1960 and 1970, whose use of composition, light, and focus is evident to the point of saturation in various art exhibitions, but also and, above all, in countless personal galleries on social media.

Aroch, instead of rescuing vintage as decorative nostalgia, as millions of Instagram users do today by applying sepia filters to simulate depth, presented it as a curious critique of the flatness of the present, while explicitly paying tribute to a form of overtly sexualized image exposure. His tones, far from being a mere chromatic choice, openly deny digital photographic realism. The light, instead of illuminating, envelops, not in any complicity, but in clear allusion to voyeurism. The blur forces the viewer not to dwell on the detail, but to reconstruct the meaning of the image from the penumbra, almost always risqué. Double exposure, a technique trivialized today by mobile apps, was in his hands a sort of metaphor for memory, for identity as a superposition of times, of layers that do not resolve, clarify, or explain themselves.

And fashion? In his approach, Aroch postponed the brand. He was not an illustrator serving a clothing line, but an aesthetic dictator to whom brands had to adapt. It wasn’t about the model wearing the garment well; it was about the garment not ruining the image. It sold, yes, but not the commissioned brand, however powerful it was, but a vision to which it conformed. As we said, timeless.

His models evade being pigeonholed as anachronistic representatives of past decades, as imitators who copy his palette and effects intend. They are people whose presence is not explained by fashion, but by a need for representation. They are not «beautiful» in the conventional sense, meaning they do not embody an aesthetic ideal of their time, but are exceptions. They prevent the application of standard categories to explain their special appeal. Their beauty is not precisely healthy, nor hugely symmetrical, much less promotional. It questions the very concept of beauty as a consumer product, as something that can be replicated, mass-produced, democratized.

In a world saturated with supposedly perfect images—sharp, illuminated with surgical precision—Aroch’s proposal does not constitute a defect: it is a declaration of authorship, an affirmation of interpretation and contradiction.

At this point, since what is classic is not what is repeated, but what forces repetition, Aroch has gone much further than the vast majority of his colleagues. Dozens of editorials bear witness to this, as does every Instagram photo that uses a grainy filter, low contrast, warm tones. He has engendered a particular kitsch. Fashion photography, usually propaganda disguised as art, is far from his exposure of people in a kind of state of visual grace, which should not surprise us: this questions everything that is non-essential: the logo, the trend, the consumption. It questions the big client, the social media user.

His legacy seems easy to emulate, thanks to technology. But this is mere appearance. His use of technology was strategic. It was not artisanal, nor reactionary. He used digital cameras, editing software, everything at his disposal, but not to improve the image, but to transform it into fiction. He did not seek technical perfection, but a certain expressive authenticity, and understood that authenticity lies not in the hand that presses the shutter, but in the rationality that guides the operation. Without which, one cannot truly approach it.

In this sense, Aroch not only limited his imitators. After him, any attempt to use blur, sepia, double exposure, without an intellectual operation behind it, is sooner revealed as clumsy, sensationalist, and empty. What remains of photography when everyone can do it? The author. Perhaps, the artist.

 

[All images, obtained from listal.com and trendland.com]