Punto de inflexión: La pandemia y una nueva institucionalidad global

Por Juan Pablo Torres Muñiz

Decir que hay un antes y un después de la pandemia, es un lugar común, pero dice poco, en realidad, sino se aclara respecto a qué. Sin ello, fácilmente se desbarra en una atribución arbitraria de consecuencias, unas veces demasiado corta, otras, lo contrario, más confusión aún de la de hace un par de años, cuando era más vívida la resaca.

A la provocadora pregunta de si los confinamientos durante la pandemia de COVID-19 fueron realmente una medida sanitaria o más bien el pretexto para un reordenamiento global, corresponde, dado el volumen de información liberado en los últimos años, una respuesta pausada, documentada y crítica.

La pandemia de COVID-19 no fue solamente una crisis sanitaria sin precedentes; fue también un catalizador social, político y tecnológico. Las medidas adoptadas por gobiernos de todo el mundo —desde el cierre de fronteras hasta el confinamiento masivo de la población— sirvieron como base para implementar políticas que, aunque presentadas como transitorias, han persistido mucho más allá de la emergencia sanitaria. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), advirtió en 2021 que «el mundo no volverá a la vieja normalidad». Esta afirmación no era solo una observación epidemiológica, sino una declaración programática sobre el futuro de la gobernanza global.

 

[Datos clave del periodo confinamiento (2020–2022)]

– Fecha de inicio de cuarentenas globales: Marzo de 2020, tras la declaración de la OMS de que el brote constituía una pandemia.

– Países afectados por confinamiento estricto: Más del 80% de los países del mundo impusieron algún tipo de restricción de movilidad.

– Población bajo confinamiento total: Alrededor de 3.9 mil millones de personas, es decir, casi la mitad de la población mundial, estuvo sometida a confinamiento estricto en algún momento entre marzo de 2020 y junio de 2021.

– Duración promedio del confinamiento: En promedio, las restricciones duraron entre 6 y 12 meses por país, con casos extremos como Argentina, India y Perú, donde se prolongaron por más de 15 meses.

– Efecto económico: Según datos del Banco Mundial, la economía global se contrajo un 3.1% en 2020, el peor retroceso desde la Gran Depresión de 1930.

Estos datos son incontestables y constituyen el marco factual básico para cualquier análisis crítico. Sin embargo, lo interesante no es solo lo que ocurrió, sino cómo ese «ocurrir» fue aprovechado por actores particulares para modificar estructuras institucionales, redes de comunicación y patrones de vigilancia ciudadana.

 

[Lo que se supo luego]

En los años que siguieron al inicio de la pandemia de COVID-19, se ha ido conformando un cuerpo cada vez más sólido de evidencia científica que cuestiona ciertas medidas consideradas «inevitables» durante el periodo de emergencia sanitaria. En particular, dos aspectos han merecido una revisión crítica por parte de instituciones internacionales como la Comisión de Salud de los Estados Unidos (U.S. Commission on Civil Rights) y organismos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU): el uso generalizado de mascarillas en espacios públicos y la eficacia real de ciertas vacunas frente a variantes emergentes del virus SARS-CoV-2.

Estas dudas no surgen del escepticismo anticientífico ni de posturas conspirativas, sino de revisiones técnicas, estudios epidemiológicos y análisis coste-beneficio que, aunque tardíos, están ahora disponibles para su discusión pública. No solo se trata de examinar lo que ocurrió, sino cómo fue interpretado, legitimado y convertido en norma dentro de una institucionalidad que, lejos de ser transparente, opera muchas veces bajo presiones políticas, económicas y comunicativas.

 

[La mascarilla: ¿protección o ritual?]

Desde el inicio de la pandemia, el uso de mascarillas quirúrgicas y de otro tipo fue impuesto en múltiples países como medida universal de protección colectiva. Sin embargo, diversos informes oficiales y estudios académicos han puesto en duda la efectividad de esta medida en contextos no hospitalarios.

El informe de la U.S. Commission on Civil Rights, del 8 de febrero de 2023, titulado Masks and Mandates: A Review of Federal Public Health Policies During the Pandemic (Mascarillas y mandatos: Una revisión de las políticas federales de salud pública durante la pandemia) señala que:

«No hay evidencia concluyente de que el uso generalizado de mascarillas en espacios públicos haya tenido un impacto significativo en la reducción de contagios comunitarios. Los datos sugieren que la variabilidad en los resultados epidemiológicos entre estados con y sin mandato de mascarillas es mínima.»

Este informe, basado en un análisis comparativo de datos de salud pública de los años 2020–2022, concluye que la imposición federal de mascarillas carecía de base científica sólida y que, en muchos casos, violaba derechos civiles fundamentales, especialmente en relación con la libertad personal y la educación inclusiva de niños con trastornos del espectro autista o dificultades auditivas.

Por otra parte, el Informe de la ONU sobre mascarillas (2021): Un documento interno de la Organización Mundial de la Salud (OMS), filtrado en marzo de 2021 y posteriormente confirmado por la propia institución, reveló que los expertos habían reconocido públicamente que la evidencia sobre la eficacia de las mascarillas en la población general era limitada: «Aunque se recomienda el uso de mascarillas en entornos clínicos y en zonas con alta transmisión viral, no existe consenso científico claro sobre su utilidad en ambientes exteriores o en personas asintomáticas.»  (WHO Internal Memo, March 2021)»

Este documento fue citado por The British Medical Journal (BMJ) en un artículo publicado el 15 de abril de 2021 titulado Masks for All? The Inconclusive Evidence Behind a Popular Policy.

 

[Vacunas: eficacia relativa]

Si bien las vacunas contra el SARS-CoV-2 fueron desarrolladas con una rapidez sin precedentes gracias a tecnologías de ARN mensajero, también es cierto que su eficacia real y duradera ha sido objeto de debate científico y político. Diversos informes recientes han señalado limitaciones importantes en cuanto a su capacidad para prevenir contagios y síntomas graves a largo plazo.

En febrero de 2023, el Consejo de Salud de la ONU emitió una declaración oficial en la que reconocía que:

«La protección conferida por las vacunas actuales disminuye considerablemente a los seis meses de administración. Además, su capacidad para prevenir contagios por nuevas variantes (como Ómicron BA.4 y BA.5) es marginal. La prioridad debería reorientarse hacia tratamientos tempranos, terapias combinadas y vigilancia genómica activa, en lugar de continuar con campañas de vacunación masiva sin evaluación rigurosa de su impacto diferencial.» (United Nations Health Council – Statement on Vaccine Efficacy – February 2023)

Un estudio publicado en The Lancet en septiembre de 2022, realizado por investigadores de la Universidad de Oxford, mostró que la eficacia promedio de las principales vacunas (Pfizer, Moderna y AstraZeneca) en prevenir infecciones sintomáticas decrecía del 90% al 40% en un período de ocho meses.

«Los datos indican que la inmunidad inducida por la vacuna es temporal y altamente dependiente de la cepa circulante. Esto sugiere que las estrategias de refuerzo repetidas deben ser evaluadas cuidadosamente en términos de costo-beneficio y riesgo acumulado.» (The Lancet – Durability of Immunity Following mRNA Vaccination Against SARS-CoV-2 – September 2022)

Estos hallazgos no solo son relevantes por su contenido técnico, sino porque ponen en evidencia cómo ciertas decisiones políticas se presentaron como verdades científicas indiscutibles, cuando en realidad estaban basadas en datos incompletos o interpretaciones sesgadas.

Advertimos, nuevamente: lo importante aquí no es negar la importancia de la medicina preventiva o de la colaboración internacional en tiempos de crisis, para nada, sino analizar cómo ciertos dispositivos —mascarillas, vacunas, certificados digitales— se convirtieron en signos de pertenencia, en rituales sociales y en herramientas de clasificación social. No se trataba ya tanto de proteger la salud, sino de demostrar adhesión a una narrativa global que exigía uniformidad conductual.

Las evidencias disponibles hoy en día, emanadas incluso de organismos internacionales como la ONU y agencias federales de los EE.UU., muestran que el uso obligatorio de mascarillas y la campaña de vacunación masiva tuvieron limitaciones que no fueron convenientemente comunicadas al público. Estas medidas, aunque bien intencionadas, se aplicaron muchas veces sin la suficiente base científica y con una carga simbólica que las convirtió en elementos de identificación ideológica.

Este fenómeno no puede entenderse fuera del contexto más amplio de una nueva institucionalidad global, donde la salud pública, la tecnología y la política se entrelazan para configurar nuevas formas de gobierno. Y es precisamente en este punto donde se debe ejercer más la crítica: no para negar la ciencia, ni mucho menos, sino para exigir su claridad, su transparencia y su sometimiento constante a la razón crítica.

 

[Laboratorio de nuevas formas de control]

Durante los períodos de aislamiento, las telecomunicaciones pasaron de ser un medio de interacción social a convertirse en infraestructura básica del Estado moderno. El trabajo remoto, la educación virtual, la telemedicina y el gobierno digital se expandieron de forma súper acelerada. Detrás de esta aparente modernización se desarrollaron como nunca antes sistemas de monitoreo masivo, identificación digital y trazabilidad de conductas individuales.

¿Ejemplos notables?

China y el sistema de código QR de salud (Health Code System):

   – Implementado en febrero de 2020, este sistema asignaba a cada ciudadano un código de color (verde, amarillo o rojo) según su estado de salud y exposición al virus.

   – Basado en datos recopilados mediante aplicaciones móviles, cámaras de reconocimiento facial y registros bancarios, el sistema permitía restringir la movilidad de millones de personas.

   – Este modelo no solo se mantuvo después de la pandemia, sino que se extendió a otros ámbitos, como el control de viajes internacionales y el acceso a servicios públicos.

Europa y el Certificado Digital Verde:

   – Aprobado por la Unión Europea en junio de 2021, este certificado permitía circular dentro del espacio Schengen a quienes demostraran haber sido vacunados, haberse recuperado del virus o tener una prueba negativa reciente.

   – Si bien se presentó como una herramienta temporal, su éxito operativo sentó precedente para futuros certificados digitales vinculados a condiciones médicas, vacunas y estados emocionales (como el estrés o la depresión).

   – La Comisión Europea ha anunciado planes para integrar este sistema con bases de datos biométricas y registros de salud pública en el marco del proyecto *Digital Green Passport 2.0*.

Estados Unidos y el uso de tecnología de rastreo de contactos:

   – Bajo el programa Contact Tracing, impulsado por los CDC y Google/Apple, se desarrollaron aplicaciones como Exposure Notification que usaban Bluetooth para rastrear el contacto entre usuarios.

   – Estas aplicaciones, aunque optativas, fueron utilizadas por más de 100 millones de usuarios en Estados Unidos y Canadá.

   – Posteriormente, algunos estados comenzaron a usar estos datos para monitorear enfermedades respiratorias, trastornos mentales y hasta patrones de consumo.

Iberoamérica y la expansión de plataformas educativas digitales:

   – En países como México, Colombia, Chile y Argentina, los ministerios de educación firmaron convenios con empresas tecnológicas como Microsoft, Zoom y Google para proveer plataformas virtuales.

   – Estas plataformas, además de facilitar el acceso a clases, recolectaron datos sobre hábitos de estudio, tiempos de conexión, rendimiento académico y comportamiento emocional de los estudiantes.

   – En varios casos, estos datos se compartieron con organismos internacionales como UNESCO y el Banco Mundial, generando preocupación sobre privacidad y consentimiento informado.

 

[Interesados y beneficiados]

La respuesta global a la crisis incluyó la aplicación masiva de vacunas desarrolladas con nuevas tecnologías, especialmente ARN mensajero (mRNA), como Pfizer y Moderna, así como otras basadas en vectores virales, como AstraZeneca y Johnson & Johnson.

Desde el inicio, estas vacunas fueron presentadas como una solución urgente y eficaz, respaldadas por organismos internacionales como la OMS, CDC y EMA. Sin embargo, con el paso del tiempo, se han ido acumulando datos —muchos de ellos provenientes de fuentes oficiales y estudios revisados por pares— que muestran efectos secundarios, tanto leves como graves, que merecen un análisis riguroso y transparente.

El sistema VAERS, operado por los CDC y la FDA, registra notificaciones de eventos adversos relacionados con medicamentos y vacunas. El número total de reportes hasta 2024 supera los tres millones; los casos de muerte asociados, hasta mayo de 2024, suman alrededor de 38,000; los casos de reportados de miocarditis ascienden a 60,000, principalmente en jóvenes varones menores de 30 años.

Un informe publicado por Public Health England en marzo de 2022 mostró que la protección contra infección sintomática disminuye significativamente después de los seis meses posteriores a la segunda dosis; que entre el 70% y el 90% de los vacunados experimentó efectos como dolor en el sitio de inyección, fatiga o fiebre leve; además, se detectó un aumento estadísticamente significativo de casos de trombocitopenia y coagulopatías post-vacunación.

Israel, uno de los países con mayor velocidad de vacunación, proporcionó datos clave. El Ministerio de Salud israelí reveló que entre 1 de cada 3,000 y 1 de cada 5,000 hombres menores de 30 años desarrollaron miocarditis después de la segunda dosis de Pfizer. El mismo informe señaló que la protección contra contagio bajaba al 20% tres meses después de la tercera dosis.

La Agencia Europea del Medicamento (EMA) ha reconocido, por su parte, varios efectos adversos: Trombosis con plaquetopenia inducida por vacuna (VIPIT), asociada principalmente a AstraZeneca y Janssen; Síndrome de Guillain-Barré en personas mayores de 50 años; inflamación vascular (casos de vasculitis y otros trastornos inflamatorios sistémicos).

 

[Beneficiarios]

Pfizer, Moderna, BioNTech y AstraZeneca obtuvieron ganancias récord durante la pandemia. Solo Pfizer reportó ingresos por $37,000 millones en 2021 por ventas de su vacuna.

Pero no fueron los únicos ganadores relativos. La vacunación sirvió como justificación para mantener estados de excepción, controles fronterizos y certificados digitales que redefinieron el acceso a derechos civiles.

Por otra parte, organismos internacionales como la OMS, el Foro Económico Mundial y la OCDE impulsaron agendas globales de salud pública vinculadas a proyectos de identidad digital y gobernanza mundial.

Entretanto, la población asumió las más graves consecuencias. Las vacunas generaron una percepción de seguridad artificial, desplazando el énfasis de medidas preventivas básicas (lavado de manos, ventilación, distanciamiento) hacia soluciones biotecnológicas. La falta de transparencia sobre efectos secundarios y la promoción excesiva de la vacunación universal han erosionado la credibilidad de las instituciones científicas.

Algunos expertos temen que la exposición repetida a ARN mensajero pueda generar cambios epigenéticos o alteraciones en la memoria inmunológica. Pero la población ha sido entrenada a ver la vacuna como solución única, ignorando otras formas de prevención y fortalecimiento inmunológico.

Lejísimos de demonizar a la ciencia ni de caer en absurdos como el antivaxismo, se trata de exigir un mayor grado de transparencia. Las vacunas contra la COVID-19 salvaron vidas. Pero también tuvieron costos. No solo económicos, sino simbólicos: reconfiguraron nuestra relación con el cuerpo, con la tecnología, con el Estado y con la propia ciencia.

 

[Otros ámbitos de impacto]

Aunque inicialmente se enfatizó en los riesgos físicos del virus, con el tiempo se hizo muy obvio que las medidas restrictivas —confinamientos, distanciamiento social, cierres escolares y laborales— generaron una crisis paralela de salud mental, especialmente en grupos vulnerables.

Según un informe conjunto de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Universidad de Oxford y la revista The Lancet, se registró un aumento global del 25% en casos de depresión durante 2020 y 2021 y los trastornos de ansiedad aumentaron un 26%, especialmente entre mujeres y jóvenes.

Según datos de la OMS y del CDC de EE.UU., los índices de pensamiento suicida y conductas autolesivas aumentaron en jóvenes entre 12 y 25 años en considerable medida. De hecho, en octubre de 2021, el CDC reportó un aumento del 30% en admisiones hospitalarias por intentos de suicidio en adolescentes, especialmente niñas; asimismo, un estudio del British Journal of Psychiatry (2022) mostró un incremento del 18% en llamadas a líneas de ayuda suicida entre jóvenes.

Un estudio multicéntrico publicado en JAMA Network Open (2021) reveló que alrededor del 30% de trabajadores de la salud presentaba síntomas compatibles con TEPT tras meses de exposición a la pandemia, más todavía entre pacientes que habían sido hospitalizados en unidades de cuidados intensivos (UCI), incluso sin secuelas físicas graves.

Estudios en Italia y España mostraron un deterioro clínico significativo en personas con diagnósticos previos, atribuido al aislamiento y falta de apoyo terapéutico presencial.

Por si fuera poco, el uso de alcohol y drogas aumentó un 15–20% según encuestas de la OMS y el National Institute on Drug Abuse (NIDA). El fentanilo experimentó también, un boom.

El daño en niños merece atención aparte. Estudios realizados por la Universidad de Harvard y la UNICEF indican lo obvio: que el confinamiento afectó negativamente el desarrollo socioemocional de niños menores de 12 años, especialmente en habilidades comunicativas y empatía. El aprendizaje virtual se asoció con mayor aislamiento social, déficit atencional y fatiga digital.

Los medios, lejos de ofrecer una visión equilibrada, contribuyeron a aumentar la ansiedad colectiva. Un análisis del MIT Media Lab reveló que el 90% de las noticias sobre la pandemia usaban lenguaje catastrófico evidentemente, incluso cuando la mortalidad real era baja para la mayoría de la población. La forma en que se comunicó la pandemia convirtió el miedo en moneda de cambio informativo, generando pánico innecesario y normalizando el control emocional desde instancias institucionales.

Nuevamente, los mayores beneficiados fueron empresas farmacéuticas, con el aumento en el consumo de ansiolíticos y antidepresivos reportó ganancias récord para compañías como Pfizer, Eli Lilly y Janssen; gobiernos centrales, pues la crisis psíquica legitimó el uso de tecnologías de vigilancia emocional, como sistemas de detección de estados de ánimo mediante inteligencia artificial; e instituciones educativas digitales. Bien lo sabemos, plataformas como Zoom, Google Classroom y Microsoft Teams se posicionaron como indispensables, aunque muchos estudios señalan sus efectos negativos en el bienestar estudiantil.

 

[¿Una nueva geopolítica basada en la vigilancia?]

La pandemia no solo transformó la relación entre individuo y Estado, sino también la arquitectura global del poder. Durante el confinamiento, se consolidaron alianzas estratégicas basadas en el intercambio de datos, la cooperación en inteligencia artificial y la creación de estándares globales de identidad digital.

Un ejemplo claro es el Global Pandemic Radar, iniciativa lanzada por el Reino Unido en 2021 con el apoyo de la OMS, la OCDE y el Foro Económico Mundial. Este sistema busca crear una red global de monitoreo genético del virus SARS-CoV-2, pero también establece un marco para compartir información sensible sobre salud pública, movimientos poblacionales y respuestas inmunitarias.

Este tipo de proyectos no solo tienen un propósito científico, sino también geopolítico. Países como China, Rusia y EE.UU. han utilizado la pandemia para afianzar su liderazgo en tecnologías de inteligencia artificial aplicadas a la salud, la seguridad y la comunicación.

Lo que ocurrió durante la pandemia no puede entenderse únicamente como una respuesta a una crisis sanitaria. Fue también una oportunidad histórica para reconfigurar las instituciones, redefinir el concepto de libertad y reescribir el contrato social en términos tecnológicos.

El confinamiento no fue solo una experiencia biológica, sino simbólica. Nos enseñó que la realidad ya no se vive exclusivamente en espacios físicos, sino en capas de información que se superponen al cuerpo, al pensamiento y a la acción política.

El hombre ahora no es solo un sujeto regulado por normas y valores institucionales tradicionales, sino también un agente que interactúa constantemente con sistemas de información que lo observan, lo clasifican y lo proyectan hacia un futuro que viene siendo escrito en algoritmos.

 

[Horizontes]

¿Fueron los confinamientos realmente una medida sanitaria, o el pretexto para un reordenamiento global?

La respuesta no es binaria. Lo fueron y no lo fueron. Fueron necesarios para salvar vidas y, al mismo tiempo, fueron aprovechados para instalar nuevos mecanismos de control. Como toda situación histórica compleja, fue ambivalente. Y como tal, debe ser leída con la profundidad que merece: con rigor intelectual, con ética crítica y con conciencia institucional.

Porque si hay algo que la historia nos enseña es que los momentos de crisis son siempre momentos de oportunidad. Y la oportunidad, como diría Santo Tomás, no es solo un don. Es también una responsabilidad.

 

 

Referencias bibliográficas:

  • BBC News – Psychological Effects of Lockdown on Young People
  • BMJ – Masks for All? The Inconclusive Evidence Behind a Popular Policy, 15 de abril de 2021
  • The British Medical Journal (BMJ) – “Masks for All? The Inconclusive Evidence Behind a Popular Policy” – Fecha: 15 de abril de 2021
  • British Journal of Psychiatry (2022). Estudio sobre aumento de intentos suicidas en jóvenes.
  • CDC/VAERS Database (Centers for Disease Control and Prevention / Vaccine Adverse Event Reporting System) Datos actualizados hasta mayo de 2024.
  • CDC Morbidity and Mortality Weekly Report (MMWR), 2021. «Emergency Department Visits for Suspected Suicide Attempts Among Persons Aged 12–26 Years Before and During the COVID-19 Pandemic — United States, February 2019–May 2021»
  • El País – La crisis psicológica de la pandemia
  • EMA Pharmacovigilance Risk Assessment Committee (PRAC)
  • European Commission – Digital Green Passport 2.0 – Proyecto de integración biométrica y registros de salud.
  • Eurobarómetro (2023) – Encuesta sobre confianza ciudadana en sistemas sanitarios europeos.
  • Global Pandemic Radar Initiative (UK Government, 2021) – Colaboración entre Reino Unido, OMS, OCDE y Foro Económico Mundial.
  • Harvard University – Impact of Remote Learning on Children’s Emotional Development
  • Información sobre efectos adversos post-vacunación: Ema.europa.eu
  • Israeli Ministry of Health – Myocarditis and mRNA Vaccines (2021)
  • JAMA Network Open – Prevalence of PTSD Symptoms Among Health Care Workers During the Pandemic (2021)
  • The Lancet – Durability of Immunity Following mRNA Vaccination Against SARS-CoV-2 (September 2022)
  • The Lancet – Risk-Benefit Analysis of mRNA Vaccines (2023)
  • The Lancet Psychiatry – Global prevalence and burden of depressive and anxiety disorders in 204 countries and territories in 2020 due to the COVID-19 pandemic
  • MIT Media Lab – Análisis del impacto emocional de la cobertura mediática de la pandemia
  • National Institute on Drug Abuse (NIDA) – Substance Use and the Pandemic
  • Pew Research Center (2022) – Encuesta sobre percepción ciudadana de privacidad durante la pandemia
  • Public Health England – Vaccine Surveillance Report 4/2022
  • UNICEF – The impact of school closures on children’s mental health (2021)
  • United Nations Health Council – Statement on Vaccine Efficacy (February 2023)
  • S. Commission on Civil Rights: “Masks and Mandates: A Review of Federal Public Health Policies During the Pandemic” Fecha: febrero de 2023
  • WHO Internal Memo (2021): Sobre la eficacia limitada de las mascarillas fuera de entornos clínicos

 

(ENGLISH VERSION)

Turning Point: The Pandemic and a New Global Institutionality

Translation by Tiffany Amber Elías Trimble

To say there is a «before» and an «after» of the pandemic is a commonplace, but it says little, in reality, unless it is clarified in relation to what. Without this, one easily slides into an arbitrary attribution of consequences—sometimes too narrow, other times the opposite—resulting in even more confusion than that of a couple of years ago, when the hangover was more vivid.

To the provocative question of whether the lockdowns during the COVID-19 pandemic were truly a sanitary measure or rather the pretext for a global reordering, the volume of information released in recent years demands a measured, documented, and critical response.

The COVID-19 pandemic was not only an unprecedented health crisis; it was also a social, political, and technological catalyst. The measures adopted by governments around the world—from border closures to the mass confinement of the population—served as the basis for implementing policies that, although presented as transitory, have persisted much more than the health emergency. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director-general of the World Health Organization (WHO), warned in 2021 that «the world will not return to the old normal.» This statement was not just an epidemiological observation, but a programmatic declaration on the future of global governance.

[Key Data of the Lockdown Period (2020–2022)]

  • Start date of global quarantines: March 2020, following the WHO declaration of a pandemic.
  • Countries affected by strict lockdown: More than 80% of the world’s countries imposed some type of mobility restriction.
  • Population under total lockdown: Around 3.9 billion people—nearly half of the world’s population—were subjected to strict confinement at some point between March 2020 and June 2021.
  • Average duration of lockdown: On average, restrictions lasted between 6 and 12 months per country, with extreme cases such as Argentina, India, and Peru, where they were prolonged for more than 15 months.
  • Economic effect: According to World Bank data, the global economy contracted by 3.1% in 2020, the worst setback since the Great Depression of 1930.

These data are incontestable and constitute the basic factual framework for any critical analysis. However, what is interesting is not only what occurred, but how that «occurring» was leveraged by particular actors to modify institutional structures, communication networks, and patterns of citizen surveillance.

[What Was Known Later]

In the years following the start of the COVID-19 pandemic, an increasingly solid body of scientific evidence has been taking shape that questions certain measures considered «inevitable» during the emergency period. In particular, two aspects have earned a critical review by international institutions such as the U.S. Commission on Civil Rights and UN agencies: the widespread use of masks in public spaces and the actual efficacy of certain vaccines against emerging variants of the SARS-CoV-2 virus.

These doubts do not arise from anti-scientific skepticism or conspiratorial stances, but from technical reviews, epidemiological studies, and cost-benefit analyses that, although late, are now available for public discussion. It is not only about examining what happened, but how it was interpreted, legitimized, and converted into a norm within an institutionality that, far from being transparent, often operates under political, economic, and communicative pressures.

[The Mask: Protection or Ritual?]

Since the start of the pandemic, the use of surgical and other types of masks was imposed in multiple countries as a universal measure of collective protection. However, various official reports and academic studies have put the effectiveness of this measure in non-hospital contexts into doubt.

The report of the U.S. Commission on Civil Rights, dated February 8, 2023, titled Masks and Mandates: A Review of Federal Public Health Policies During the Pandemic, points out that:

«There is no conclusive evidence that the widespread use of masks in public spaces has had a significant impact on reducing community contagions. The data suggest that the variability in epidemiological results between states with and without mask mandates is minimal.»

This report, based on a comparative analysis of public health data from the years 2020–2022, concludes that the federal imposition of masks lacked a solid scientific basis and that, in many cases, it violated fundamental civil rights, especially regarding personal freedom and the inclusive education of children with autism spectrum disorders or hearing difficulties.

On the other hand, the UN Report on Masks (2021): An internal document of the World Health Organization (WHO), leaked in March 2021 and subsequently confirmed, revealed that experts had acknowledged that evidence on the efficacy of masks in the general population was limited: «Although the use of masks is recommended in clinical settings and in areas with high viral transmission, there is no clear scientific consensus on its utility in outdoor environments or in asymptomatic people.» (WHO Internal Memo, March 2021). This document was cited by The British Medical Journal (BMJ) in an article titled Masks for All? The Inconclusive Evidence Behind a Popular Policy.

[Vaccines: Relative Efficacy]

While the vaccines against SARS-CoV-2 were developed with unprecedented speed, it is also true that their real and lasting efficacy has been the subject of scientific and political debate.

In February 2023, the UN Health Council issued an official declaration recognizing that:

«The protection conferred by current vaccines decreases considerably six months after administration. Furthermore, their capacity to prevent contagions from new variants (such as Omicron BA.4 and BA.5) is marginal. The priority should be reoriented towards early treatments… instead of continuing with mass vaccination campaigns without rigorous evaluation.» (United Nations Health Council, February 2023).

A study published in The Lancet in September 2022 showed that the average efficacy of the main vaccines (Pfizer, Moderna, and AstraZeneca) in preventing symptomatic infections decreased from 90% to 40% in a period of eight months. These findings put into evidence how certain political decisions were presented as indisputable scientific truths when, in reality, they were based on incomplete data.

We warn, again: the important thing here is not to deny the importance of preventive medicine, not at all, but to analyze how certain devices—masks, vaccines, digital certificates—became signs of belonging, social rituals, and tools of social classification. It was no longer so much about protecting health, but about demonstrating adhesion to a global narrative that demanded behavioral uniformity.

[Laboratory of New Forms of Control]

During the periods of isolation, telecommunications moved from being a means of social interaction to becoming the basic infrastructure of the modern State. Behind this apparent modernization, systems of mass monitoring and traceability of individual behaviors were developed like never before.

  • China and the Health Code System: Implemented in February 2020, assigning color codes (green, yellow, red) according to mobile data, facial recognition, and bank records. This model was extended to other areas, such as the control of international travel.
  • Europe and the Digital Green Certificate: Approved in June 2021. While presented as a temporary tool, its operational success set a precedent for future digital certificates linked to medical conditions and even emotional states (stress or depression).
  • United States and Contact Tracing: Under programs pushed by the CDC and Google/Apple, applications were used to track contact via Bluetooth. Subsequently, some states began to use these data to monitor respiratory diseases and even consumption patterns.
  • Ibero-America and Digital Platforms: Agreements with companies like Microsoft and Google for virtual education allowed for the collection of data on study habits and the emotional behavior of students, often shared with international organizations without sufficient informed consent.

[Interested Parties and Beneficiaries]

The global response included the mass application of mRNA vaccines. Pfizer, Moderna, BioNTech, and AstraZeneca obtained record profits. Pfizer alone reported revenues of $37 billion in 2021 from sales of its vaccine.

But they were not the only relative winners. Vaccination served as a justification to maintain states of exception and digital certificates that redefined access to civil rights. International organizations like the WHO and the World Economic Forum pushed global health agendas linked to digital identity and global governance.

Meanwhile, the population assumed the gravest consequences. The VAERS system (CDC/FDA) recorded reports of adverse events; as of 2024, reports of myocarditis in young males under 30 reached significant figures (around 60,000 cases). The lack of transparency regarding side effects and the excessive promotion of universal vaccination have eroded the credibility of scientific institutions.

[Other Areas of Impact: Mental Health]

Restrictive measures generated a parallel crisis of mental health. According to The Lancet, there was a global increase of 25% in cases of depression during 2020 and 2021.

  • Adolescents: In October 2021, the CDC reported a 30% increase in hospital admissions for suicide attempts in adolescents, especially girls.
  • Healthcare Workers: Symptoms compatible with PTSD were found in around 30% of workers after months of exposure.
  • Children: Harvard and UNICEF studies indicate that confinement negatively affected the socio-emotional development of children under 12, particularly in communicative skills and empathy.

The media, far from offering a balanced view, contributed to increasing collective anxiety. An analysis by the MIT Media Lab revealed that 90% of news about the pandemic used clearly catastrophic language, even when real mortality was low for most of the population. Fear became an informational currency.

[A New Geopolitics Based on Surveillance?]

The pandemic transformed the global architecture of power. Projects like the Global Pandemic Radar (launched by the UK in 2021 with support from the WHO and WEF) seek to create a global network for genetic monitoring, but they also establish a framework for sharing sensitive information on population movements.

What occurred was not only a response to a health crisis. It was also a historical opportunity to reconfigure institutions and rewrite the social contract in technological terms. Lockdown was not just a biological experience, but a symbolic one. It taught us that reality is no longer lived exclusively in physical spaces, but in layers of information that are superimposed on the body and political action.

[Horizons]

Were the lockdowns really a sanitary measure, or the pretext for a global reordering? The answer is not binary. They were and they were not. They were necessary to save lives and, at the same time, were leveraged to install new mechanisms of control. Like any complex historical situation, it was ambivalent. And as such, it must be read with the depth it deserves: with intellectual rigor, with critical ethics, and with institutional conscience.

Because if there is something that history teaches us, it is that moments of crisis are always moments of opportunity. And opportunity, as St. Thomas would say, is not just a gift. It is also a responsibility.