Juego de ilusión: Sobre «Las esferas del mandala» de Patrick White
Por Juan Pablo Torres Muñiz
La obra de arte exige ser juzgada por su capacidad para tocar lo humano en profundidad, sin evadir sus contradicciones ni su misterio. Con ello no nos referimos a una mera apelación sensible, ni mucho menos. La enorme racionalidad de la obra ha de ser evaluada por cuán lejos es capaz de llegar, llevándonos consigo a concebir nuevas formas de atender la realidad, de pensar y, obviamente, sentir para, en suma, alcanzar una tematización inédita. Forma y fondo, comprometidos.
En el ámbito de la literatura, pocos son los autores que cuentan con más de un par de textos así de valiosos. Patrick White, Premio Nobel de Literatura en 1973, nos ha legado, además de Voss y El carro de los elegidos, Las esferas del mandala, que propone al lector un acto de contemplación, un modo de mirar la existencia desde ángulos inesperados, donde cada personaje, cada situación, cada palabra parece cargada de un peso simbólico que trasciende lo meramente anecdótico. No sin ironía.
Las esferas del mandala sigue las vidas de los hermanos Waldo y Arthur Brown, cuya relación es central tanto en la estructura como en la conformación temática de la obra. A través de ellos, White construye una historia familiar que se expande hacia múltiples figuras periféricas: padres, amigos, amantes, vecinos, maestros. La narración avanza en espiral, repitiendo motivos, nombres, imágenes, como si estuviera siguiendo el modelo del mandala al que alude el nombre del libro: un círculo que gira en torno a preguntas centrales, pero sin cerrarse nunca del todo.
[Uno y otro, juntos]
Waldo es un hombre introspectivo, obsesionado con la escritura, en constante búsqueda de sentido, no obstante, pretenda extraviarse al margen de la palabra bastante a menudo. Su hermano Arthur, más cercano a lo corpóreo y emocional, vive con una simplicidad que contrasta con la rigidez intelectiva de Waldo. Juntos forman una dualidad compleja, su relación, marcada por la dependencia, el rechazo y una profunda conexión que trasciende sus diferencias, refleja uno de los grandes temas de la novela: la imposibilidad de comprender realmente al otro, incluso cuando éste es nuestro propio hermano. Incluso —pero acaso, también— porque podría complementarnos. Esta tensión atraviesa, a todas luces, los tres planos de conformación de la realidad de los personajes: su carne y su sangre; lo sensible, psicológico, así como, finalmente, su forma de entender el mundo.
A lo largo de la novela, asistimos a momentos aparentemente triviales —una conversación banal, un paseo por el campo, una comida familiar— que, bajo la mirada atenta de White, adquieren una densidad casi mítica, hasta alcanzar su culmen trágico.
«La danza de sí mismo» de Waldo, por ejemplo, es uno de esos pasajes que, por su potencia poética y resonancia simbólica, obligan a la relectura. En ella, Waldo se expresa en silencio, algo torpe pero impetuoso; honra con sus movimientos, supuestamente, a mágicas presencias anteriores a nosotros, desfallecientes entre las voces confundidas de los hombres, los que, así, hablando, nada logran salvo tropezar y herirse; de modo que es él, con su cuerpo, quien eleva en su acto una suerte de rezo, al margen de la extrañeza que provoca, del ridículo que para los demás protagoniza.
Detengámonos aquí un instante más: La danza no es una huida del mundo, sino una forma de enfrentarlo desde otro registro. No hay herejía ni rebeldía explícita, sino una afirmación silenciosa de la existencia propia. Waldo no pide comprensión ni aplauso; simplemente se ofrece, sin máscara, sin disfraz. Su cuerpo se convierte en testimonio de una verdad interior que la sociedad moderna tiende a negar: la necesidad de expresión, de ritual personal, de contacto consigo mismo y tal vez, de conexión con algo que trasciende lo inmediato, no necesariamente ideal.
White, con su estilo tan particular —sobrio, minucioso—, conmueve e incomoda.
[Cuestiones]
La tan recorrida cuestión de la identidad personal, es aquí entendida como una construcción constante. Los personajes cambian, dudan, se contradicen, se reinventan, pero permanecen extraviados.
Waldo, por ejemplo, es constantemente atravesado por preguntas sobre quién es, qué quiere decir con sus palabras, si su escritura tiene algún valor. Esta inseguridad no es solo personal, sino que refleja una condición moderna: la imposibilidad de sostener una identidad coherente en un mundo fragmentado.
Tanto Waldo como Arthur viven en un estado de desconexión respecto al mundo exterior, pero también a sí mismos. La sociedad en que se mueven —una Australia burguesa, conservadora, hipócrita— no les ofrece respuestas, sino normas vacías, rituales sociales huecos. White muestra cómo la vida urbana moderna produce una especie de anestesia emocional, una pérdida progresiva de autenticidad. Las conversaciones entre los personajes rebosan de malentendidos, de silencios significativos, de palabras que no llegan a comunicar nada real. En este aspecto, la novela funciona como una crítica implacable de la superficialidad, del culto a la idea de éxito consumista y el conformismo social. Así como de las falsas salidas.
A diferencia de muchos escritores contemporáneos, White no renuncia a lo sagrado, aunque lo redefine radicalmente. Para Waldo, la trascendencia no reside en dogmas religiosos ni en instituciones, sino en ciertos momentos privilegiados: un gesto, una mirada, una frase inesperada, una luz particular. Estos momentos no son espectaculares, sino fugaces y delicados, como las esferas de cristal que contempla durante toda la novela. Esas esferas representan, metafóricamente, lo que para él es el núcleo de la experiencia humana: frágil, precioso, siempre amenazado por la indiferencia del mundo. Pero he aquí la trampa: Waldo es alguien incapaz de desarrollarse en comunidad, de hacerse valer con, ante o contra otros, salvo por la más terrible violencia. Y las esferas acaso no son más que canicas…
[Sociedad]
La sociedad que recrea White en Las esferas del mandala es una imagen ampliada de la modernidad occidental, dominada por el consumo, la rutina, la burocracia y la apariencia. Donde la vida interior, en tanto cultivo de la razón, se ve eclipsada o por la ensoñación o por obligaciones sociales aparentemente bobas. Donde la familia aparece como una institución en decadencia, más marcada por las tensiones y resentimientos que por el amor genuino.
White retrata con crudeza la hipocresía de las clases medias, su obsesión por mantener las formas, su miedo a lo diferente. Y su irresponsabilidad por los hombres y mujeres que surgen de ella, para enfrentar un mundo, no obstante, distinto del de su niñez. En ese sentido, la novela tiende nuevamente una fina red: Podría leerse como una denuncia de los mecanismos de exclusión y control que operan en nuestras sociedades y, por tanto, también como un llamado a resistirlos, a buscar formas alternativas de vivir, de pensar, de sentir. Pero, entonces, nuevamente, nos vemos de golpe ante la encarnación de dicha alternativa: alguien incompleto que se revuelve sobre sí mismo, en una soledad atroz desde la que resulta prácticamente absurdo esperar dé fruto alguno.
Con todo, White no cae en el pesimismo nihilista ni en la moralina edificante. Más bien, se mantiene en una zona intermedia, donde conviven la ironía, la ternura, cierta melancolía y humor. Esta ambivalencia es, en sí misma, una forma de confrontación. Mediante ella, expone no sólo a los protagonistas de Las esferas…, sino también a los demás personajes ante el lector.
Veamos el caso de Dulcie, sujeto del deseo de Waldo. Ella representa la promesa de conexión, pero también el fracaso de alcanzarla plenamente. No es solo una mujer, sino una imagen móvil de la esperanza y el desengaño. Más ideal. Su presencia en la novela tiene una función casi mitológica: es el lugar donde se proyectan los deseos, pero también donde éstos se desvanecen. El desengaño ocurre apenas ella actúa de veras por sí misma, y esto es percibido con algo de objetividad.
Los padres de los hermanos Brown, por su parte, son figuras que encarnan la generación anterior, aquella que vive según normas establecidas sin cuestionarlas. Son representantes de una ética burguesa que transmite a sus hijos tanto herencias materiales como cargas emocionales que estos últimos deberán aprender a llevar por sí mismos.
De manera que cada personaje, en definitiva, lleva consigo una herida, una pregunta no resuelta, un vacío que intenta llenar de distintas maneras. Y en esa multiplicidad de voces, White construye un coro humano que resuena con fuerza universal.
[Expresión]
White desarrolla una prosa sobria, minuciosa, a menudo fría, pero profundamente evocadora. Además, maneja con maestría el diálogo para revelar las fisuras, las máscaras, las incomunicaciones entre los personajes. Sus diálogos son, con frecuencia, encuentros sesgados por la proyección personal y deseos no reconocidos.
Por esto y su evidente interés por lo alusivo y simbólico, por lo espiritual sin dogma, por lo íntimo como espacio de confrontación con el mundo, la obra de White se aproxima a las de autores como Thomas Mann, D.H. Lawrence o incluso William Faulkner, aunque inconfundible.
White evita una respuesta concluyente, en cambio, plantea las cuestiones que le interesan con tal fuerza y belleza que resulta injusto, por decir lo menos, desatenderlo.
