¿En paz?: Sobre la escuela de espaldas a la guerra

Por Juan Pablo Torres Muñiz

La educación, en su sentido institucionalizado, no puede desconocer el contexto global en el que opera para la formación de ciudadanos de un estado. En un momento histórico marcado por conflictos armados en Medio Oriente, tensiones entre bloques ideológicos oriental y occidental, y una guerra cognitiva desplegada principalmente en redes sociales y plataformas digitales, la escuela y la universidad no pueden seguir actuando como si vivieran al margen del mundo real, no sin un colapso pronto.

El modelo educativo vigente con más fuerza, idealista y centrado en una pedagogía emocionalizada no sólo aporta poco, sino que contribuye activamente a una infantilización sistemática que aleja a los jóvenes de la comprensión racional del mundo. En lugar de enseñarles a analizar fuentes, contrastar información y desarrollar juicios autónomos, se los invita a decir «qué sienten» del mundo, desde perspectivas subjetivas e identitarias claramente manipuladas por narrativas ideológicas. Esta dinámica es especialmente peligrosa en contextos de guerra, donde la información es de por sí un arma estratégica.

No es ningún secreto lo que confirma un estudio del Pew Research Center (2024): el 68% de los adolescentes estadounidenses obtiene información sobre conflictos internacionales exclusivamente a través de TikTok y YouTube, plataformas dominadas por contenido visual impactante, pero carente de análisis contextual. Y lo mismo ocurre en Europa e Hispanoamérica. Baste como ejemplo de lo que esto produce, el modo en que proliferan en redes sociales identificaciones erradas como la de todo judío con israelí y sionista, obviando, entre otros muchos elementos el del sionismo cristiano de origen luterano y el Destino Manifiesto.

 

[¿Chicos a salvo?]

El sistema educativo actual evita, en general, confrontar a los estudiantes con la complejidad del mundo. Las evaluaciones estandarizadas, lejos de medir capacidades intelectivas reales, se limitan a comprobar atención a detalles y habilidades mecánicas de comprensión lectora, ignorando operaciones intelectivas superiores como la conceptualización, la problematización y la crítica.

Este vacío formativo se traduce en una generación de jóvenes que, cuando se enfrentan a información contradictoria sobre la guerra en Israel, Irán, Gaza, Ucrania o Taiwán, carecen de herramientas para discernir entre propaganda y datos verificables. No están formados para dudar críticamente, sino para sentirse ofendidos o identificarse emocionalmente con una u otra parte.

Incluso UNESCO (2023) advirtió que más del 75% de los sistemas educativos nacionales en Hispanoamérica obvian contenidos sobre alfabetización mediática ni formación en análisis de noticias, lo que convierte a los estudiantes en sujetos vulnerables ante la desinformación y la manipulación ideológica. Si a eso se le añade el cáncer de considerar la Literatura entretenimiento, cuando no simplemente una materia de ejercicio afectivo, el desastre está garantizado.

Una paradoja central del momento actual es que, mientras las instituciones educativas y las familias intentan proteger a niños y adolescentes de contenidos considerados inapropiados, estos acceden cada vez más a información extremadamente sensible a través de redes sociales, foros anónimos y plataformas prohibidas.

(Por supuesto, no nos referimos aquí a gore, pornografía y otros tipos de material inadecuado para menores, así como, en general, adolescentes de todas las edades, sino a información sobre conflictos que sí son de interés general.)

Bien, la brecha entre lo permitido y lo consumido genera en los menores de edad, un doble efecto negativo:

– Desconfianza hacia los adultos: Pues los chicos perciben que sus padres y maestros no son transparentes con ellos. Sienten que se les oculta información crucial, lo cual erosiona la autoridad moral de quienes deberían guiarlos.

– Exposición descontextualizada a la violencia: Al obtener información fragmentada, a menudo sesgada o falsa, los jóvenes no solo no comprenden la complejidad de los conflictos, sino que corren riesgos psicológicos serios, como ansiedad, paranoia y trauma vicario.

Al respecto Common Sense Media (2024) señala que el 61% de los adolescentes estadounidenses usan aplicaciones «prohibidas» para acceder a contenido noticioso relacionado con la guerra en Gaza y Ucrania, por citar tan sólo un ejemplo. En el mismo estudio, el 43% de muchachos admite haber visto imágenes de extrema violencia (ejecuciones, entre otras) sin supervisión adulta. Ninguna sorpresa.

 

[Entrampados]

En los últimos años, el debate sobre cómo se debe abordar la exposición de niños y adolescentes a la información real ha ganado relevancia debido al creciente acceso a internet, redes sociales y plataformas digitales. La tensión entre la necesidad de proteger a los menores y su derecho a una formación crítica e informada se ha convertido en un problema didáctico y psicológico complejo, más aún desde la aparición de la IA, por supuesto, también parcializada.

Desde una perspectiva institucionalista, la educación no puede desconocer las operaciones intelectivas fundamentales (identificación, conceptualización, problematización, entre muchas otras) que permiten a los sujetos interactuar racionalmente con el mundo. Cuando estas operaciones son inhibidas por políticas de sobreprotección informativa, el resultado no es una mayor seguridad psicológica, sino una atroz vulnerabilidad cognitiva que se traduce en trastornos como la ansiedad y conductas agresivas.

Veamos, para hacernos una idea del calado del asunto, las relaciones entre: ocultación sistemática de información real, sobreprotección emocional y educativa; y el impacto psicológico en menores: ansiedad y agresividad:

 

[Censura informativa como mecanismo de control]

La ocultación deliberada de ciertos contenidos considerados «inadecuados» para menores tiene raíces tanto familiares como institucionales. Padres, escuelas y gobiernos suelen justificar esta práctica bajo el argumento de la protección psicológica. Sin embargo, múltiples investigaciones sugieren que esta estrategia no solo es ineficaz, sino contraproducente.

Según un estudio publicado en Journal of Youth and Adolescence (2023), los adolescentes que perciben que sus padres o maestros evitan responder preguntas sobre temas sensibles (como guerra, violencia, política o sexualidad) desarrollan niveles más altos de desconfianza hacia los adultos responsables de su formación.

Esta brecha entre lo que se dice y lo que se sospecha genera una experiencia de incertidumbre constante, base fundamental del trastorno de ansiedad generalizada.

 

[Frustración por acceso restringido a conocimiento]

La sobreprotección informativa también choca con una realidad digital: los menores acceden a información sin supervisión adulta. Telegram, Discord o TikTok son los principales medios a disposición para obtener noticias sobre conflictos armados, violencia urbana o crisis geopolíticas.

¿Qué pasa entonces? Un metaanálisis publicado en Developmental Psychology (2022) mostró que los niños criados en entornos excesivamente protectores tienen mayores probabilidades de desarrollar trastornos de ansiedad en la adolescencia, especialmente cuando son expuestos súbitamente a realidades complejas o contradictorias.

La sobreprotección prolongada no solo afecta la capacidad de regulación emocional, sino también la construcción de la personalidad. Múltiples estudios en psicología clínica han vinculado este tipo de crianza con el desarrollo de rasgos de personalidad pasivo-agresiva. En efecto, como dicen Martínez & Gutiérrez (2023): «La sobreprotección parental, aunque bienintencionada, puede llevar a una internalización de la vulnerabilidad que luego se transforma en externalización de la agresividad.»

El incremento de casos de ansiedad en menores durante los últimos años coincide con un aumento en las políticas de protección emocional y la reducción de espacios de pensamiento autónomo. Un estudio del Pew Research Center (2023) reportó que el 57% de los adolescentes encuestados manifestaron sentirse «constantemente nerviosos o preocupados»; entretanto, el 44% de ellos reconoció haber tenido ataques de pánico. Pero al margen del sesgo subjetivo, el enfoque netamente perceptivo de esta fuente, lo cierto es que la mayoría atribuyó estos síntomas a una percepción de «falta de control sobre su futuro», exacerbada por la saturación informativa y la imposibilidad de entender coherentemente el mundo. No hay casualidades.

Y ocurre que, cuando los niños no pueden comprender ni controlar su entorno, la frustración acumulada se convierte casi siempre en agresividad. Este fenómeno es particularmente evidente en contextos escolares y digitales. Según datos del Centro Nacional de Investigación Juvenil (CNIJ, España, 2024), el 32% de los estudiantes entre 12 y 16 años reconocieron haber participado en algún acto de acoso escolar, mientras que el 25% admitió haber cometido algún acto de violencia física menor en el último año. ¿Las principales razones? «Sentirse subestimados», «no ser escuchados», «tener la sensación de que nadie entiende mi situación».

 

[La guerra como laboratorio]

Los conflictos contemporáneos no solo se libran en campos de batalla, sino también en redes sociales, plataformas de video y chats cifrados. La información se convierte así en un recurso estratégico clave, manipulada por actores estatales y no estatales para influir en la opinión pública y ganar legitimidad internacional.

Este entorno tiene implicaciones directas en la educación:

– Falta de un grado mínimo de neutralidad informativa: Los medios de comunicación, incluso los tradicionales, presentan versiones polarizadas de los hechos. Esto dificulta que los estudiantes puedan acceder a información objetiva y contrastable. 

– Manipulación de la Historia, al punto de configurar ese nuevo constructo llamado memoria histórica: Las narrativas sobre los conflictos se construyen y reconstruyen constantemente, influyendo en cómo los jóvenes interpretan el pasado y proyectan el futuro. Su reconstrucción depende claramente de las conveniencias de quienes detentan el control de medios.

Ahora bien, debemos recordar siempre que la Historia, con mayúscula, no la escriben los vencedores, como suele decirse, sino los supervivientes.

La guerra cognitiva no solo distorsiona la información, sino que divide a las sociedades en bandos irreconciliables. Esta dinámica se reproduce inevitablemente en las aulas, donde alumnos y profesores llevan consigo las mismas posturas radicales que circulan en Internet.

 

[El sesgo pacifista posmoderno y la realidad…]

La enseñanza sobre la guerra en la mayoría de los sistemas educativos occidentales se reduce a imágenes impactantes de víctimas civiles, bombas cayendo y discursos emotivos sobre la paz. Esta visión, aunque casi siempre bienintencionada, carece de profundidad histórica, política y filosófica. No se explica, por ejemplo, que no todas las guerras son iguales; ni que existen diferencias éticas entre una guerra de agresión y una guerra de defensa.

La guerra no puede ser reducida a un simple fenómeno de violencia irracional, mucho menos a una exposición de retraso humano, cuando, por el contrario, requiere la mayor competencia posible en el desarrollo de las ciencias y otras disciplinas de corte científico en pro de la supervivencia de la comunidad. Las raíces históricas, políticas, económicas y morales de la guerra debieran explorarse en el ámbito educativo como algo más que un mal a evitar.

Filósofos, desde Aristóteles hasta Bueno, pasando por Tomás de Aquino han desarrollado teorías sobre la guerra justa (bellum iustum), basadas en criterios como la autoridad legítima, la causa justificada, la proporcionalidad y la última ratio. Sin embargo, estas ideas prácticamente han desaparecido del currículo escolar.

Un informe de la UNESCO (2022) señala que en más del 85% de los países europeos, los manuales de historia y ciencias sociales omiten cualquier mención a teorías clásicas de la guerra justa. En lugar de eso, se repite una y otra vez que sólo pueden ser mala.

Cuando jóvenes enfrentan conflictos reales (como el enfrentamiento entre Rusia y Ucrania o el conflicto israelí-palestino), carecen de herramientas para comprender las decisiones de los actores involucrados, y terminan adoptando posturas radicales o paralizadas, casi siempre desde reduccionismos conceptuales, como el de la identificación absoluta entre violencia y fuerza, siendo en realidad que mientras la primera puede definirse como uso injustificado de la coacción física, la segunda es un instrumento necesario para garantizar la seguridad y el orden social.

El pacifismo radical que domina hoy en día tiene sus raíces en corrientes posmodernas que rechazan todo fundamento objetivo de conocimiento y valoran únicamente la experiencia subjetiva. Este enfoque, influido por autores como Foucault o Deleuze, reduce toda relación humana a una dinámica de poder y opresión, sin reconocer la necesidad de instituciones que regulen el uso de la fuerza en condiciones de igualdad legal. Convierte a todos los conflictos en simples batallas entre buenos y malos, sin permitir la reflexión sobre causas estructurales, intereses nacionales o legitimidad internacional.

 

[Entonces…]

Consideramos muy importante rechazar, como a otros, al fundamentalismo pacifista, que niega la realidad institucional de la guerra. Quienes pretenden reducir la guerra a «métodos de resolución de conflictos», niegan que se trata de una institución propia del hombre (dado su carácter civilizatorio fundacional). De ningún modo, es un mal absoluto, sino una —lamentable— condición, inherente a la organización humana, especialmente en sociedades políticas estructuradas en torno al Estado.

El pacifismo de corte luterano, hoy instalado en escuelas bastante más al sur y oriente del mismísimo EE.UU., rechaza cualquier legitimidad de la guerra ajena a los intereses del mundo anglosajón; en consecuencia es, cuando no tremendamente hipócrita —y aquí nos plegamos a lo dicho por Otero Novas y Gustavo Bueno—, burdamente idealista, pues niega la realidad histórica y social de la guerra; inconsistente, ya que muchos de sus defensores han apoyado guerras concretas en momentos cruciales —como Bertrand Russell y Churchill, para no referirnos a ejemplos de un nivel mucho más bajo como Obama y Trump—; y utópico, al buscar abolir la guerra sin reconocer su función en la dinámica histórica.

El mismo Otero Novas, propuso en su momento una visión cíclica de la historia, donde alternan épocas apolíneas —de orden, paz relativa y estabilidad— con épocas dionisiacas —de conflicto, guerra y transformación—. Esta concepción nos parece acertada pues rechaza la idea de una paz perpetua kantiana como objetivo final de la humanidad, pura ilusión. De hecho, la paz no es el estado natural ni el fin último, paradisiaco, sino un momento en un proceso dialéctico donde también tiene lugar la guerra.

La paz no existe en abstracto: solo tiene sentido político en relación con la victoria que previamente un Estado haya logrado alcanzar sobre otro. Es decir, la paz no es un estado neutro ni ideal, sino el resultado de una relación de fuerzas. No hay paz sin un orden establecido tras un conflicto, ya sea mediante negociación, rendición o imposición. Al respecto, Bueno introduce una distinción importante entre paz genérica, que se refiere a un estado de ausencia de violencia en organismos vivientes en general —animales, colonias de insectos, etc.— y paz específica antropológica, propia de sociedades políticas organizadas en Estados. La guerra, entonces, no ocurre entre individuos ni entre animales, sino entre estructuras políticas soberanas. Solo puede haber paz cuando hay un orden institucional reconocido tras una confrontación.

Ahora bien, la guerra no es consecuencia inevitable de contradicciones económicas, sino que tiene raíces políticas, culturales e institucionales y surge de la lucha por el poder entre entidades estatales. No es irracional per se. Al contrario, puede tener una lógica estratégica y racional, incluso si sus efectos son destructivos. Puede verse, de hecho, como una extensión de la razón práctica, aunque mediada por la violencia física. Requiere siempre un análisis contextualizado.

 

[Contra la (de)formación ciudadana]

Insistimos: la falta de una educación que prepare para la complejidad del mundo tiene efectos devastadores: desconfianza hacia las instituciones, extrema vulnerabilidad ante extremismos y parálisis ante el conflicto real. Entretanto, claro, suenan los mantras del tipo «libertad, igualdad, fraternidad» surgido durante la Revolución Francesa, un periodo marcado por la violencia, la represión y la muerte de miles, que vaya que requiere reflexión. Pero es que toda clase de enseñanza acrítica no solo oculta la complejidad histórica, sino que refuerza una visión utópica del progreso humano, incompatible con la realidad material.

Lejos de promover el intercambio racional y la argumentación crítica, las instituciones educativas se ven obligadas a evitar ciertos temas por temor a generar conflictos. Esto refuerza el silencio institucional frente a la complejidad del mundo.

Lejos de pretender que surjan soluciones a conflictos de enorme complejidad, lo que sí tendría que evitarse son confusiones como las que hoy vemos tan groseramente expuestas en redes sociales.

No basta con enseñar sobre la guerra; es necesario que los estudiantes aprendan a criticar cómo se presenta esa guerra en los medios, cómo se selecciona la información, quiénes son los agentes interesados y qué estrategias se utilizan para manipular la percepción pública.

¿Qué implica? Formación en alfabetización mediática; capacitación en análisis de fuentes, así como en detección de propaganda, sesgos y desinformación.

Acaso la respuesta se encuentre al margen de la escuela. Y mucho más, todavía, de la universidad. Acaso en círculos de estudios como los de antaño, presenciales, bajo la guía de adultos responsables, y en espacios virtuales mucho menos publicitados que los de chatarra al servicio de la infantilización y adolescentización masiva… Acaso…

 

 

 

Referencias bibliográficas:

– Amnesty International. (2024). Censorship and Algorithmic Bias in Gaza Coverage.

– Brookings Institution. (2023). Education and the Ethics of War.

– Brookings Institution. (2024). Classroom Conflict: Teaching the Middle East Crisis.

– Bueno, G. (2011). Paz, Democracia y Razón. En El Catoblepas, número 116, octubre 2011.

– Common Sense Media. (2024). Digital Access Among Teens: Hidden Platforms and Forbidden Content.

– Common Sense Media. (2024). Teens’ Use of Social Media for News Consumption.

– Centro Nacional de Investigación Juvenil (CNIJ). (2024). Violencia escolar y agresividad en adolescentes españoles. Madrid: Ministerio de Educación.

– History Today. (2024). The Contradictions of Republican Values.

– Johnson, R., & Lee, S. (2022). Overprotection and Emotional Resilience in Children. Developmental Psychology, 1892–1905.

– Martínez, A., & Gutiérrez, L. (2023). Passive-Aggressive Traits in Overprotected Children: A Clinical Study. Child Development.

– Oxford Research Group. (2023). Peace through Deterrence: Historical Lessons and Modern Misunderstandings.

– Pew Research Center. (2024). How Teens Get News About the Israel-Hamas War.

– Smith, J., Lee, K., & Chen, M. (2023). Parental Avoidance of Difficult Conversations and Adolescent Anxiety. Journal of Youth and Adolescence.

– University of Paris. (2023). Political Awareness Among French Youth.

– UNESCO. (2023). Media and Information Literacy in Education.

– UNESCO. (2022). Teaching History Without Context: The Crisis of Modern Education.