Para servirles: Carta abierta sobre la escuela como negocio de servicios
Por Juan Pablo Torres Muñiz
Lima, 15 de junio de 2025
Estimados F. y A.:
Gracias por sus saludos. Y por tanto más. Son muy generosos conmigo, diría que demasiado. No puedo, sino retribuirles de inmediato, conforme me lo han pedido, al menos con esto: un comentario sobre el asunto de las actividades escolares que pintan más bien como de empresa de servicios… Saben bien que somos pocos quienes tenemos, felizmente, la oportunidad de trabajar donde se nos permite hacerlo bien.
Espero que lo que leerán a continuación les sirva en el foro que dirigirán.
Va con un abrazo:
Tal como andamos, no resulta para nada exagerado afirmar que el mundo se ha convertido en una plaza de feria donde todo es mercancía y cada cual un vendedor. La escuela, que debiera ser, sino un refugio del pensamiento, al menos un espacio para el despliegue de la memoria y la confrontación con la realidad material, no solo se ha visto invadida por esta lógica comercial, sino que ahora se ofrece, muy a menudo, como una guardería disfrazada de institución pedagógica y un club social camuflado de ámbito amistoso en torno a las aulas.
La escuela contemporánea, especialmente en Perú y otros países hispanoamericanos, prácticamente ha renunciado a su misión formativa para convertirse en proveedora de bienestar emocional, en facilitadora de experiencias lúdicas, en constructora de identidades sensibles. En resumen: es contraria al Homo Institutionalis para fabricar, producir (en serie) al Homo Sensibilis: frágil, infantilizado, incapaz de operar en el mundo real…, excelente consumidor.
¿Qué queda entonces de la escuela? ¿De qué sirve un colegio si se convierte en un escaparate de virtuosismos artificiales, en un parque temático de actividades vacías, en un centro de acopio de contactos comerciales entre padres y madres que buscan hacer negocios y no educar?
La institución educativa contemporánea, especialmente en contextos de privatización alabada, se ha alejado de su misión emancipadora para convertirse en un aparato de reproducción de roles sociales preestablecidos. La escuela no forma ciudadanos libres, sino consumidores bien dispuestos, empleados eficaces, hijos emocionalmente dependientes. No hay lugar para la pregunta incómoda. Solo hay espacio para la imagen, para la presentación pulida, para el producto final.
[De la educación como institución a la escuela como mercado]
Esta lógica mercantilizada ha generado un nuevo par de figuras, las del alumno y el padre clientes, cuya voz debe escucharse siempre, cuyo malestar debe ser atendido de inmediato, cuya participación debe validarse incluso cuando carece de fundamento. Este modelo no solo debilita la relación entre profesor y alumno, sino que socava la autoridad docente, reduciendo al maestro a mero acompañante afectivo y cuidador físico.
Este fenómeno es especialmente grave en el ámbito privado, donde las escuelas compiten por matrículas ofreciendo comodidad, no exigencia. Se promueven «ferias de talento», «congresos de habilidades blandas», «proyectos interdisciplinarios» que nada tienen de interdisciplinario y mucho de marketing. Lo peor no es que los niños no aprendan a resolver problemas complejos. Lo peor es que nadie espera que lo hagan. El sistema educativo reproduce una sociedad anestesiada, donde la crítica se considera agresión, donde el desacuerdo se interpreta como falta de gratitud, donde el rigor se percibe como hostilidad. El estudiante termina siendo un ser ajeno a sí mismo, un mero simulador que recita frases políticamente correctas, que expone proyectos que en gran medida no comprende, todo en aras de obtener la sonrisa del padre, el like de la madre, la ovación de los visitantes. Y, claro, las fotos en redes.
La vida puede entenderse como un constante juego de roles, donde uno intenta verse como otro espera que sea. Pero cuando ese juego se instala en la escuela, cuando el alumno simula interés, el profesor simula enseñar y los padres simulan participación, estamos ante una estructura de mentira que corrompe.
[El caso del famoso Día del Logro]
El Día del Logro, antes momento de evaluación colectiva de actividades previas, debidamente programadas como parte del curso anual, y no de una fecha en específico, se ha convertido en una especie de exposición artística donde el contenido importa menos que la apariencia. Maquetas de cartón y plástico de impresiones en 3D, carteles iluminados con luces LED, presentaciones orales memorizadas y ensayadas hasta el cansancio. Niños vestidos como científicos, médicos, astronautas, sin haber comprendido realmente qué significa cada una de esas figuras.
Y detrás de cada exposición, el trabajo invisible de docentes y padres. Algunos padres, incluso, recurren a inteligencia artificial para redactar textos que sus hijos firmarán como propios. Ni qué decir de los proyectos pre hechos, comprados. ¿Dónde queda entonces la autonomía del estudiante? ¿Qué tipo de mensaje envía este tipo de evento? Es claro que, cuando la escuela abandona la exigencia y prioriza la representación, se vuelve cómplice de la simulación.
Estudios de la Universidad de Buenos Aires (UBA, 2023) muestran que más del 60 % de los alumnos que participan en estas ferias escolares desconocen la metodología y el propósito de los proyectos que presentan. Simplemente repiten lo que les han dicho. Actúan.
Acaso lo peor no sea que los estudiantes acaben manipulados por esta dinámica, sino que muchos de ellos llegan a creer que esa es la realidad, que el saber está hecho de cuñas publicitarias, de videos institucionales, de stands decorados, de autoayuda y buenas intenciones. Se les niega la oportunidad de tropezar, de fallar, de levantarse solos. Se les borra la posibilidad de dolor, y con ello, la posibilidad de aprendizaje. Se les quita la vergüenza, la dificultad, la complejidad del ser y se les entrega a cambio mero idealismo.
[La ficción de mérito, la realidad de manipulación]
Los concursos literarios, culturales, científicos y tecnológicos están hoy lejos de ser espacios de descubrimiento y estimulo del talento. Son, más bien, espacios de manipulación y falsificación del mérito, donde prima la intervención parental, la ayuda docente o la utilización de IA generativa.
Un estudio de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP, 2024) revela que en más del 75 % de los concursos escolares de Lima, los trabajos presentados fueron elaborados parcial o totalmente por adultos. Padres que escriben poemas, maestros que diseñan proyectos, y ahora, estudiantes que simplemente copian prompts de ChatGPT y exponen resultados que no entienden.
En el mejor de los casos, lo que se valora no es la originalidad del pensamiento, sino la perfección de la ejecución. Pero cuando se confunde la excelencia con la perfección visual, se traiciona la verdadera misión de la escuela: no mostrar lo que ya se sabe hacer, sino explorar lo que aún no se domina. No celebrar el producto final, sino el proceso formativo.
Vale la pena preguntarse cómo resolverán las dudas de plagio los jurados de los concursos de elaboración de ensayo promovidos por el mismo Ministerio de Educación. Irónicamente, algunos estudiantes con buena redacción, emplearán esta misma competencia suya para dar instrucciones precisas a una IA y, luego, editar apenas un trabajo generado por dicha tecnología.
Por cierto, qué sencillo criticar a los docentes que se ven en enredos sobre estas materias, cuando lo que se les exige son siempre, resultados, a toda costa.
[Ritualización vacía y comercialización de lo afectivo]
La educación, en su sentido instituyente, no es una celebración. Es un proceso. Un despliegue lento, exigente, a veces doloroso, otras veces gozoso. No se trata de entregar diplomas ni de organizar fiestas. Se trata de construir sujetos capaces de operar racionalmente en el mundo, con criterio, responsabilidad y resistencia emocional.
Pero hoy, las ceremonias de clausura y graduación del nivel inicial e intermedio no son actos educativos. Son espectáculos. Ritualizaciones vacías donde se premia la simple supervivencia escolar como si fuera un logro excepcional. Niños de cinco años reciben títulos de «graduados» con trajes de mini-licenciados, mientras los padres aplauden como si hubieran asistido a la defensa de una tesis doctoral.
El uso de togas, birretes y diplomas en ceremonias de clausura para estudiantes de nivel inicial o primaria no solo es absurdo. Es ideológico. Su propósito no es reconocer un avance real, sino simular una transición simbólica que inexistente: la de la infancia a la madurez académica.
Lamentablemente, resulta justo decir que muchas ceremonias de clausura han mutado en verdaderos carnavales escolares, pródigos en diplomas. Resulta bastante claro que el objetivo de dichos eventos es que ningún padre se sienta excluido, que ningún alumno se enfrente al fracaso.
Este modelo no solo debilita la noción misma de mérito, sino que corrompe la relación entre esfuerzo y recompensa. El estudiante espera siempre algún reconocimiento; a fin de cuentas, oye decir cada tanto que «todos son únicos y especiales».
A estos eventos, las familias acuden como si asistieran a un casamiento o un cumpleaños: llevan cámaras, regalan souvenirs, compiten por quién saca más fotos. La escuela se transforma en plaza de encuentro. Lo peor no es que los padres celebren, sino que la escuela los anime a hacerlo, y que los profesores se conviertan en animadores.
Cuando el mundo real exige esfuerzo, rigor y compromiso, muchos jóvenes descubren, tarde y dolorosamente, que ningún aplauso ni diploma les garantiza competencia real.
Muchas escuelas usan estos eventos como herramientas de marketing. Publican videos en redes sociales, muestran niños llorando de emoción, padres abrazándose, maestros emocionados. Todo ello bajo las etiquetas #FormaciónIntegral o #EducaciónParaElFuturo, etcétera.
Pero si revisamos los contenidos curriculares que preceden a estas ceremonias, encontramos que muchos estudiantes egresan de la educación básica sin saber redactar un texto coherente, resolver problemas matemáticos elementales o comprender textos históricos básicos.
El problema no es el ritual en sí, sino confundirlo con la formación.
¿Más ejemplos?
El Día de la Madre y el Día del Padre han dejado de ser momentos de reflexión para convertirse en rituales protocolarios donde el afecto se convierte en objeto de consumo. Y se contenta a quienes pagan las pensiones, claro.
¿Qué aprenden los alumnos en esos días? A repetir palabras bonitas. A fingir gratitud. A cumplir expectativas sentimentales. En estos casos, no se educa en el amor, sino en la representación del amor. Y esa diferencia es fundamental. Hasta los gestos se vuelven idénticos entre niños que poco o nada tienen que ver el uno con el otro, tal como ocurre con la utilización de un mismo meme por dos personas desconocidas entre sí.
[Concursos literarios: idealismo, politiquería y abandono de la crítica]
La literatura no es un juego de buenas intenciones. Es confrontación. Es crítica. Es riesgo. Pero muchos concursos literarios escolares premian lo contrario: la dulzura, el idealismo, la corrección política. Textos llenos de metáforas vagas, frases bonitas, ideas insulsas. No hay conflicto, no hay ironía, no hay ambigüedad. Solo hay certezas baratas, mensajes edulcorados, historias sin riesgo.
Numerosos análisis comparativos de concursos escolares en Chile, Colombia y México muestran que los ganadores suelen ser aquellos que evitan la polémica, que proponen temas neutrales, que usan un lenguaje trufado de jerga políticamente correcta, mas sin densidad crítica alguna. Como si la literatura fuera un remedo de terapia grupal.
Pero en el contexto actual, la literatura se reduce a una actividad de autoexpresión, sin exigencia técnica ni conceptual. Y así, el joven no se forma como escritor. Se entrena como narrador de sueños personales, donde la única audiencia legítima es él mismo.
[El facilitador]
El rol del maestro ha cambiado. Ya no es quien transmite conocimiento, quien guía, quien corrige. Ahora es un «facilitador», «acompañante emocional» y/o «guía de procesos». En definitiva, un técnico de la alegría escolar. Su autoridad no está basada en su dominio del contenido, sino en su capacidad de hacer sentir bien al estudiante.
Los profesores que evitan dar notas bajas, que temen corregir, que prefieren la armonía sobre la exigencia, producen estudiantes que no saben gestionar la frustración ni el fracaso. Lejos de ser un accidente, se trata del resultado esperado de una pedagogía que confunde la contención con la protección total, y la empatía con la omisión de juicio.
[El negocio de la tranquilidad parental]
Las escuelas privadas en Hispanoamérica han adoptado un modelo de gestión educativa que bordea explícita y orgullosamente lo empresarial. No se trata de formar ciudadanos libres, sino de vender tranquilidad a los padres, confort emocional a los alumnos y empleabilidad a los docentes.
Y en ese entorno, las relaciones entre padres se vuelven redes de contacto profesional. La escuela, convertida en un medio estupendo para networking parental…, mientras los hijos son cuidados especialmente, es decir, (sobre) protegidos por un conjunto de servidores atentos a la menor queja.
[La prolongación de la infancia]
Donde se premia al niño feliz, se celebra al adolescente seguro de sí, se exige casi siempre que el profesor sea su amigo, que abandone cualquier intento de establecer límites, de exigir precisión, de enfrentarlo y hacerlo desarrollar auténtico pensamiento crítico. Como es obvio, esto redunda en perjuicio del estudiante, pero también expone al docente a enormes riesgos de malinterpretación y manipulación que, no pocas veces, destrozan su carrera.
A nadie lúcido pasará inadvertido que los nuevos adolescentes presentan niveles crecientes de dependencia emocional hacia los adultos, dificultades para tomar decisiones autónomas y menor tolerancia a la frustración. Esto coincide con una tendencia pedagógica que evita el conflicto, el debate, la confrontación.
La adolescencia se alarga porque no se permite que termine. Asunto de estrategia: cuanto más infantiles sean los jóvenes, más controlables resultan.
[La falsa tradición de la educación sentimental]
Se ha instalado una narrativa según la cual la educación debe centrarse en la emoción, en la sensibilidad, en la autoexpresión. Esta visión, heredada del romanticismo alemán e inglés, ha sido revitalizada por movimientos pedagógicos que equiparan la formación con el fortalecimiento del yo sensible.
Nos vemos ante una domesticación progresiva del estudiante, bajo el pretexto de su «empoderamiento emocional». El dolor del estudiante, su ansiedad, su fragilidad, se han convertido en moneda de cambio. Se justifica la eliminación de pruebas, la supresión de calificaciones negativas, la simplificación de contenidos, todo ello en nombre de la salud mental. Pero pocas veces se pregunta por el origen de ese malestar, ni por su tratamiento real.
Un informe de la Organización Panamericana de la Salud (OPS, 2023) muestra que en los últimos cinco años ha aumentado un 97 % el número de licencias médicas otorgadas a menores por trastornos mentales, muchas veces derivadas de observaciones hechas por docentes y coordinadores escolares, no por especialistas.
¿Otros resultados? ¿Algo positivo?
La formación clientelista, eso sí, garantiza la rentabilidad de la dependencia masiva. Los nuevos egresados de escuela suelen ser clientes que pagan por tranquilidad, por diplomas, por títulos, por certificados de conducta ejemplar. Clientes que exigen resultados garantizados, que reclaman calificaciones, que protestan ante una nota baja, que demandan explicaciones a gritos. Lamentablemente, la realidad, luego, los pone en su sitio, los tritura…
En esas andamos, como se dice. Felizmente, lejos de ustedes y de quien firma aquí.
Les deseo lo mejor.
Su profe.
Referencias bibliográficas:
– Organización Panamericana de la Salud (OPS). (2023). Salud mental en la infancia y adolescencia en América Latina.
– Instituto Latinoamericano de Tecnología Educativa (ILATTEC). (2023). Impacto de la sobreprotección en la adolescencia.
– Universidad de Buenos Aires (UBA). (2023). Formación del pensamiento crítico en escuelas secundarias de América Latina. Facultad de Filosofía y Letras.
– Universidad de Buenos Aires. (2023). Calidad educativa en América Latina. Facultad de Filosofía y Letras.
– Lippmann, W. (1922). El público de la opinión pública. Aguilar.
– Ministerio de Educación de Colombia. (2023). Análisis de rituales escolares en contextos urbanos.
