Dentro, en la noche: Sobre la propuesta de Alessandro Sicioldr Bianchi

Por Leyla Justo

… De hecho, estaba pensando en que de entrar a una sala con solo estas pinturas colgadas, me sentiría terriblemente observada, juzgada. Como si luego no pudiera salirme de allí. Es una primera impresión.
Como si algo, alguien quisiera aprisionarme. Con ella, con él…
En todo caso, aquí alrededor hay dos tipos de miradas. Las que recaen sobre ti, y las otras, que van de uno a otro personaje: aquel que te mira…
Son trabajos de Alessandro Sicioldr Bianchi…

Los rostros son en realidad uno, el mismo. Y siempre del mismo ángulo.
Por su parte, las miradas, la actitud en los ojos de cada personaje, aunque compuesta en todos los casos de la misma manera, expresa cada vez algo ligeramente distinto. Todas, sin embargo, juzgan: las que nos atrapan, a nosotros, y las otras, a las demás criaturas.

El juicio es exclusivo de la mirada.
Ellos, ellas no dicen nada: son criaturas mudas, de bocas cerradas (otro encierro, o el mismo, manifiesto de otro modo). También por esto, si acaso piden ayuda, no lo dicen, no pueden decirlo. Pero ¿es que a lo mejor no quieren?
¿Por qué? ¿Cuál es el motivo? El motivo del encierro… Porqué Alessandro encierra a sus personajes…
Y dónde lo hace…
Vamos por partes.
Hay dos tipos de escenarios: claustros y campos abiertos. Aunque varíen, aunque sean distintos en uno u otro cuadro, se sitúan en un único territorio: continúan, así, un mismo lugar, con el mismo paisaje por fondo. Se trata de un único mundo particular.
Aunque las influencias de Alessandro sean fáciles de hallar retrocediendo en el tiempo, el mundo que representa no es, digamos, antiguo. Es distinto, otra región. Una suspendida entre las épocas: un día extraviado pero en cierta hora fija, cuando cae la noche y surgen los demonios.

La oscuridad predomina en todos los cuadros. Rige también la vestimenta de los personajes: túnicas sencillas, negras, muy apropiadas para un ritual. Corresponden acaso a un culto. Uno oscuro, sin duda, pero –ojo– a la luz de luna.

Fijémonos también en los personajes y su relación con este astro. Sus cabezas tan redondas sin cabello, se le asemejan. Y este mismo rasgo nos lleva, por otro lado, más allá: dificulta la distinción de género en buena parte de los casos. Nuestra deducción al respecto se deberá más bien a la forma en que el mismo rostro en cuadros distintos, nos resulte más o menos delicado, se incline a una actitud más o menos común de uno u otro sexo.

(Recuerdo que Juan Pablo me dijo, a propósito: ¿Y si consideras la melancolía, al caso, como erotización de la pena…?)

La mirada que juzga proviene siempre de la oscuridad. De un ámbito más oscuro, de más allá; es decir, de más hondo en el mismo sueño. Su acceso, sin embargo es cómodo: ventanas, puertas, pozos o bocas en la propia cabeza, ceden el paso. Podría ser que inviten a él.
Y los mirones asoman, pero es válido, también, e igualmente significativo decir que penetran.

Es curioso que las mismas cabezas que ingresan en escena a través de portales (construidos obviamente para ello) guarden semejanza con la propia luna, de signo comúnmente femenino.

En estos cuadros, quienes penetran, juzgan. La correspondencia parece fácil. Pero –otra curiosidad– tienen más claramente rasgos femeninos.
Llegado este punto, podría tomarse por turbias las miradas. Indecisas. Referentes de un conflicto.

En la sala toda para A. S. Bianchi, hay una imagen que se ofrece quizá como salida.
¿Qué tan atrevido sería decir que se trata del más íntimo de los retratos del personaje de Alessandro?

Veamos: Ahora de lejos –algo muy poco usual–, la criatura que juzga al caído, el pequeño a los pies de este, se pinta claramente como una representación, por vez excepcional menor, de cuerpo entero, traspasado el umbral, que es esta vez una raja en el probable muro ¡y está de blanco!

Aquí, si hay juzgamiento, definitivamente no condena.
Hay esperanza…